miércoles, 4 de septiembre de 2013

Hombres en tránsito






 Con motivo de la celebración de lo s 150 años de Pereira, comparto con ustedes esta reflexión sobre la obra de tres de nuestros  más valiosos narradores.

I

 La tierra éramos nosotros.

“Río Quindío, río Quindío” es la  voz interna y a la vez remota que a manera de señuelo anima los pasos de los personajes   de El río corre  hacia atrás, la novela de Benjamín Baena  Hoyos que supone uno de los momentos más destacados de la  llamada literatura de la colonización antioqueña.  Escrita en un lenguaje del todo ajeno a los  alardes verbales de una época signada por el efectismo y por lo tanto estropeada por la excesiva adjetivación,  la historia nos narra la aventura  vital de unos hombres  y mujeres  quienes, al tiempo que disfrutan y padecen la belleza  y las asperezas del paisaje, exploran  un universo interior surcado de símbolos, de  ambiciones y de las grandezas y miserias propios de los seres en trance de hacerse a un territorio.

El tiempo es  el de finales del siglo XIX; el espacio una sucesión  de ríos y montañas que un día se antojan promesas y al siguiente se convierten  en obstáculos insalvables. Los protagonistas, un puñado de aventureros forjados en el fragor de las guerras civiles y curtidos en las lides de las esperanzas aplazadas. Con ellos, el narrador reconstruye    uno de los momentos que en muchos sentidos  definieron el perfil mental y moral de una generación de colombianos que hicieron del acto de descuajar montañas y plantar  su simiente  en el vientre de hembras milenarias  un resumen de su propia cosmovisión.
Autor del volumen de poemas  titulado Otoño de tu ausencia,  Baena Hoyos logra sustraerse   a las seducciones  del romanticismo tardío propio de su época, para forjar  una serie de personajes que  por momentos  se emparentan con las criaturas  de   un universo recreado por esa clase de literatura que dejó su impronta en el tránsito del siglo XIX al XX :   la del naturalismo que intentaba dar cuenta del carácter épico de unos pueblos  todavía anclados en los códigos y valores  de un pasado reciente, mientras el mundo se debatía en medio de las transformaciones ocasionadas  por la   Revolución Industrial en cuyo seno se forjaron pensamientos tan vigorosos como los de  Federico Nietzche y Karl Marx.


En el caso de  El río corre hacia atrás, los arquetipos son los de la tierra hostil y pródiga a la vez. Sobre  ella se teje y se desteje el destino de esas mujeres primordiales,  estoicas y silenciosas en su tozudez, cuya máxima expresión sería la desmesurada  Úrsula  Iguarán creada por el genio de García Márquez. A su  lado caminan y libran su propia  batalla los  hijos de esa tradición católica y conservadora tan ligada a la propiedad rural, que en el caso de los colonizadores  no es otra cosa que la expresión de  la fe en su capacidad para transformar la naturaleza y apropiarse de  sus frutos.  Es  por eso que las metáforas sobre la siembra y la cosecha abundan  en sus páginas, así se hable de la conquista de una mujer, de las pugnas políticas  o del resultado de una riña de gallos. De cualquier  manera es el destino lo que se juega en cada uno de esos territorios.  Con todo y los riesgos propios de este tipo de experiencia narrativa, el escritor  logra sortear el más peligroso de los escollos: el de convertir a sus personajes  en meras caricaturas de una realidad  social  que las sobrepasa en su complejidad. Nada  de eso: los  que habitan la novela de Baena Hoyos son seres humanos ambiguos  y contradictorios anclados en la encrucijada de un destino personal y colectivo del que apenas  pueden ser dueños a ratos: cuando escuchan la tonada de un tiple,  al disfrutar el aroma del sancocho hirviendo en la  cocina, cuando acarician el lomo de un perro o al presentir la  respiración de la mujer amada en la habitación contigua.
Entre  esos grupos   humanos enfrascados en una batalla sin tregua por domeñar la naturaleza surgió un sistema de valores que literatos y políticos por igual, no tardaron en convertir  en seña de identidad: palabras como pujanza, gesta, titanes, casta y raza devinieron pronto  un diccionario sobre el que se acuñó la idea de una hipotética vocación colonizadora  y mercantil. De allí surgió la creencia en una supuesta singularidad de los habitantes de esta zona y sobre todo de la ciudad de  Pereira, en lo que corresponde a su habilidad para el comercio, olvidando de paso- acaso  porque era conveniente a la hora de forjar el mito- que todos los pueblos avocados a la tarea de conquistar un territorio acaban por desencadenar dinámicas comerciales  más relacionadas con la supervivencia que con algo parecido a una suerte de destino manifiesto.

II
  

Estaba la Pájara pinta…

La década del sesenta del siglo pasado representó para los colombianos afincados en los centros urbanos la posibilidad de asomarse, aunque fuera  a través de los visillos, a los cataclismos que transformaban al mundo. La revolución sexual, las utopías revolucionarias y la carrera por la conquista del espacio afectaron de muchas maneras la forma de ver el mundo de las miles de  personas que alimentaban el crecimiento de las grandes ciudades. Muchas  de ellas  incluso habían  participado en las jornadas de colonización que ampliaron  las fronteras agrícolas en distintas direcciones, para  acabar  alimentando la periferia de las  capitales luego de que  fueran despojadas de las    parcelas  que , al hacerse productivas, representaban una tentación irresistible para los dueños del capital.


En el ámbito literario, asistimos a la irrupción del llamado boom  latinoamericano, fenómeno  ilustrado con profusión de detalles. Entre la nutrida lista de autores de esos días figura  Albalucía Angel, una escritora  nacida en Pereira a quien su condición de andariega  ha llevado varias veces a darle la vuelta al mundo. Entre su rica producción narrativa, para el  caso que nos ocupa merece especial atención la novela Estaba la pájara pinta Sentada en el verde limón, una historia  ambientada en la Colombia y la Pereira de  los tiempos de la guerra entre liberales y conservadores. Más allá de la atrevida propuesta  novelística-  que algunos no dudaron en calificar de experimental- resulta significativo como la autora recrea el mundo, su mundo particular  rescatando las palabras y giros lingüísticos propios del universo de su infancia. Esa infancia transcurrida entre  familias que, al igual que muchos integrantes de las élites locales de ese entonces, creían  haber accedido a  la modernidad y se sentían ilustradas porque viajaban a Europa en barcos transoceánicos y regresaban con pianos, lámparas de Murano y vestidos  a la usanza de París  que marcaban su diferencia con el resto de la población habitada por zambos y mulatos. Esos privilegios fueron posibles  gracias a la acumulación de capital generada por la producción de café, que en el ámbito urbano se tradujo en un conglomerado comercial constituido en esencia por almacenes de telas y tiendas de alimentos. Pero de repente, esa especie  de  pequeño paraíso de lujos y  exclusiones saltó en pedazos como consecuencia de una violencia  partidista que era en realidad la expresión visible de las viejas y siempre renovadas pugnas por  el monopolio de la tierra. Por eso podemos decir que estaba la pájara pinta sentada en el verde limón cuando las ínfulas de prosperidad se derrumbaron en medio de las muchas formas que los colombianos hemos acuñado  para reimplantar la barbarie. Una vez, más se truncaba el mito de la pujanza y el progreso sin límites: seguíamos siendo buenos salvajes dispuestos a descuartizarnos ante el menor síntoma de desavenencia.

III




 Mucho tiempo después.

Décadas después de escrita y publicada  El río corre hacia atrás, el  ensayista y narrador risaraldense  Rigoberto Gil Montoya le  apuntará a la  invención de otra épica en un  paisaje  no menos hostil, aunque el escenario  ya no serán las montañas si  no el cemento y el bullicio urbano. Los  protagonistas bien podrían ser los descendientes d e esos hombres    y mujeres que un siglo antes atravesaron los caminos del Quindío buscando un lugar  para fundar su propia tierra prometida. La  novela en cuestión lleva el título de   Perros de Paja, en un explícito reconocimiento  a la influencia del cine en su ya rica producción literaria. Una  mujer llega hasta las calles sinuosas del barrio San Judas  con la idea de hacer  un registro fotográfico de la peripecia vital de sus habitantes, que durante todo el tiempo tendrá como contrapunto la referencia a   Perros de paja, película  dirigida por Sam  Pekinpah, considerado por muchos como el sumo sacerdote de la violencia cinematográfica. Desde ese momento  resulta claro que la  relación textual no es  un simple  truco narrativo :  de hecho hay demasiados elementos comunes entre la obra del director norteamericano y esos personajes  duros y  ásperos  que cada día se juegan el  pellejo en medio de un  laberinto configurado en varios sentidos como  una ciudad aparte.
San  Judas es,  si se quiere, la contracara de ese universo  de “ allá arriba” : la otra ciudad que se postula como una réplica de las bondades  de la modernidad  y la globalización  reducidas a  la capacidad para el derroche  y el consumo. A este lado del mundo o, mejor dicho “ aquí abajo” malviven los que se quedaron por fuera del pastel y amasan entonces su destino con una mezcla de rabia y frustración  que, como en todos los lugares de la periferia, no tardará en encontrar en  los reinos de la trampa  y el delito la única posibilidad de redención, como si las utopías de igualdad y justicia soñadas por los jóvenes  de dos generaciones atrás solo fueran alcanzables por el camino de la transgresión   de la ley ,mas no por el de la revolución política, como se soñó alguna vez.
Especialmente atraído por ese tipo de marginalidad y de exclusión que es hija natural de las injusticias sociales y económicas el  escritor crea su propia  gesta de malandrines que por momentos recuerdan el compendio  atrabiliario y barriobajero de las novelas del argentino  Roberto Arlt, ese cronista de la otra cara de una Buenos Aires  encandilada por el brillo de oropel de una burguesía  confeccionada a la medida de la metrópolis. Sin embargo, el reto de Gil Montoya va más allá, pues el suyo es un intento por darle categoría estética   y existencial  a unos tipos humanos apenas reconocidos por las secciones judiciales de los periódicos.  Es  por eso que elige el cine  y no otro género como punto de inflexión.   Después de todo, el llamado arte del siglo XX fue desde un comienzo el escenario natural para la recreación de esas vidas cultivadas en la sombra, que estallan de repente como materialización de  las ambiciones y miserias de una sociedad. De Dillinger  a Bonnie and  Clyde  y de  Bugsy Siegel a los amos latinos del crimen  en la Nueva  York contemporánea, el cine  sigue alimentando su propia saga de aventureros y arribistas, auténticos como nadie en la desmesura de sus  ambiciones.


Por las 164 páginas   de esta novela breve e intensa se pasean, además de esa inquietante muchacha cuyo verdadero nombre solo conoceremos al final, personajes tan  duros  y tiernos a la vez como Coringa, Cantinflas, Carrroñato y  Carecrimen,  hijos del asfalto y la necesidad  cuyos apodos denuncian la esencia misma de su condición. Con un manejo de las técnicas narrativas que es  por momentos parodia de los formatos periodísticos, el narrador explora los códigos culturales propios  de la sociedad de masas, al tiempo que invita a echar una mirada al fondo de esas almas roídas por  el desasosiego y poseídas por la certeza de que la muerte siempre acecha a la  vuelta de la  esquina y bien puede habitar en los ojos de una muchacha que baila como ninguna en las discotecas del centro  de la ciudad.
Pero hay más, claro. Porque los personajes de Gil Montoya, al igual que los de  Baena Hoyos y Albalucía Ángel, van por  el mundo en pos de  unas quimeras  que a ratos se hacen carne viva y palpitante bajo las faldas de una mujer. Debe ser eso lo que los hermana: la sospecha del amor y la inminencia de la muerte como telón de fondo de unas historias que tienen más en común de lo que puede parecer a primera vista. Al fin y al cabo las tres son un  intento de aproximarse al alma de un puñado de hombres en tránsito.

8 comentarios:

  1. En un futuro no muy distante, cuando la tecnología de las (in)comunicaciones nos haya terminado de sepultar bajo trillones de palabras huecas e ideas desorbitadas, los historiadores responsables acudirán a fuentes como las de estos paisanos tuyos para determinar qué ocurrió realmente en Pereira, Colombia y el mundo. El relato, la ficción, la imaginación, la poesía, nos devolverán una realidad que, tal como la describen ahora los medios más “esclarecidos”, tiene muy poco que ver con la verdad.

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  2. Ha dado justo en el blanco, mi querido don Lalo: la realidad se puede prefabricar a pedido del interesado. En cambio es tarea de los poetas- en la más amplia acepción de ese concepto- contar y defender la verdad. A propósito me vuelven a la memoria unos versos necesarios de Leonard Cohen. Dicen así : "El dinero puede compar casi todo / menos la verdad/ Y a casi todos/ menos al poeta poseído de la verdad".
    Hago énfasis en el sentido la última idea: No poseedor de la verdad, sino poseido de la verdad.

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  3. Ah Colombia, siempre me ha parecido que alli los narradores se dan naturales como las papas, nacidos de la tierra.No por nada tiene el honor de disputar, si es que no lo es, el constituir el epicentro del Boom, obvio por Gabo, que quiza por su brillo terrible opacó sin querer a otros escritores locales. Hace poco descubri a don Alberto Salcedo Ramos y sus cronicas tan llenas de sencillez no tienen desperdicio.Hace bien en resaltar a sus colegas pereiranos. No son buenos tiempos para la escritura en general, estando tan inundados de literatura de rapido consumo cual si fuera comida chatarra. Un saludo.

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  4. Literatura chatarra, debería ser la expresión exacta, apreciado José. Entre manuales de autoayuda, "memorias" de cuanto personajillo produce el mundo de la política y la farándula, además de textos dirigidos a explotar el morbo natural del Homo Sapiens hacia las cosas macabras, la buena literatura aguarda con paciencia la llegada del lector que a su vez la busca con la presteza de un amante ansioso. No desesperemos.

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  5. Gustavo, excelente texto que me hace reconocer una vez más el valor de nuestros narradores. Si nos lo permite lo vamos a publicar en Las Artes, esto hay que difundirlo para que las actuales y futuras generaciones de escritores pongan los pies sobre la tierra.
    Alberto Rivera

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  6. Por supuesto, Alberto. Puede difundirlo cuantas veces lo estime pertinente.
    Gustavo

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  7. Gustavo, genial recordar estas novelas. No sé, me pregunto si se debería de hablar más en los colegios sobre esta narrativa regional, al lado de las clases de literatura universal y latinoamericana. Quizá faltaría una especie de taller. Hacer revivir estas historias en los municipios de Risaralda. Crear publicidad para ello. Nunca he visto en las fiestas de Pereira que se haga énfasis en el tema. Hay gente que lo estudia, hay lectores, hay festivales de poesía, algunas revistas, algunos concursos, no se ha perdido aún, no hay olvido por completo, se puede incitar, alentar. Se podrían hacer muchas cosas pero claro, hay un problema, no hay gobierno interesado y ese llamado colectivo con el que se construyó Pereira piedra por piedra, el cual citamos con orgullo por fuera, no se practica para estas ´"cosas". Así se cataloga cuando no interesa, como cosa.

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  8. Por supuesto, se deberían leer esas y otras novelas en colegios y universidades, apreciado Eskimal. Pero con profesores dedicados a divulgar libros de auto superación, o consagrados al adoctrinamiento ideológico la tarea se hace muy difícil.
    Por lo demás , uno no entiende como al diseñar los proyectos educativos institucionales no se tiene en cuenta la producción literaria como fuente de conocimiento individual y colectivo.}

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