jueves, 14 de noviembre de 2013

Espejos y laberintos





 Todos conocen las anécdotas. En la historia de Lewis  Carroll Alicia encuentra al otro  lado del espejo su propio mundo vuelto de revés.  En ese universo,  el rey Carmesí y el Sombrerero Loco son trasuntos de nosotros mismos, solo  que caminando cabeza abajo, como creían en la antigüedad que andaban los habitantes de las antípodas. Por su lado, en la mitología  griega la reina Pasifae se apasiona por un toro y acaba engendrando al Minotauro, una criatura  mitad hombre y mitad bestia  confinada en el laberinto de Creta. A ese lugar llega Teseo, liberado finalmente con la ayuda del Hilo  de Ariadna.
No sé si esa era la intención. Probablemente no. Pero  las dos imágenes resumen  con precisión el sentido último de la literatura y la filosofía, esos territorios contiguos que, como los grandes amores, se atraen y repelen de acuerdo a las urgencias del momento. De allí en adelante, las figuras del laberinto y el espejo regresan  cuando los humanos necesitamos saber  acerca de nosotros mismos algo más de lo insinuado en nuestras precarias biografías. Para  las grandes escuelas filosóficas,  la tarea suprema de la existencia  es el conocimiento de uno mismo. Solo de esa manera es posible  eludir la alienación  y encontrar el lugar  de cada quien en el mundo. “Hallar  en sí mismo al poeta, y de ese modo llegarser quien realmente se es”, era el consejo de Píndaro. Para  ver el propio rostro se precisa, cómo no, de un espejo. Pero pocos quieren verlo: por eso, en el cuento infantil, cuando  la madrastra de Blancanieves le pregunta al espejo quién es la más bonita se enfurece al no obtener la respuesta esperada. Siempre resultará doloroso enfrentar nuestras verdades últimas.
La literatura es entonces  la hondura donde podemos mirarnos. “Un poema es un juego con espejos que se  desplazan”, traduce bellamente Jorge Luis Borges  los versos de William Butler  Yeats. Solo el relato   de nuestra historia individual o colectiva nos da una pista del pasado, del presente y de lo que podemos o anhelamos llegar a ser. Siguiendo esa bifurcación, la metáfora de Hamlet, calavera en mano, remite  ineludiblemente a los versos de  don Antonio Machado cuando evoca la imagen de un  hombre consagrado a contemplar “El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza”.
Mientras la literatura es espejo de azogue, de agua o de palabras, la filosofía opta por la  figura del laberinto. Aquí la vida no  solo es relato: es ante todo un viaje iniciático desde el oscuro corazón del individuo hacia las incertidumbres del afuera. Ese es el sentido último de la metáfora de la  caverna de Platón. Para conocer el mundo tal como es debemos abandonar la comodidad de la cavernaSi  ustedes se fijan con atención, ese viaje siempre debe hacerse  en soledad, con todos los riesgos implícitos en una aventura de esa índole. No hay guía ni gurú. Por eso  resulta  tan sugestiva la idea de la secta, el partido o la congregación: nos exime del riesgo de la búsqueda personal a través del laberinto. El precio, desde luego, es la renuncia a la libertad. Allí reside, entre otras cosas, la clave del éxito de  los caudillos y los mesías: la masa enajena su autodeterminación a cambio de la garantía de seguridad. Hasta hace unas décadas  ese ejercicio de alienación de la voluntad se hacía en la plaza pública. Hoy ni siquiera se necesita: para eso existen la publicidad y los medios de comunicación.
A la figura del espejo y el laberinto, el poeta William Blake añadió otra no menos inquietante: la puerta. En ella  se conjugan los dos primeros. Nos permite asomarnos a lo otro, pero conlleva también el riesgo de perderse una vez franqueada. No  especulaba  el músico Jim Morrison cuando eligió ese nombre para su banda: The  Doors. Al fin y al cabo la obra completa de Blake, como la de todo gran artista, es una invitación constante a adentrarnos en  ese juego perpetuo de espejos y laberintos que es toda vida digna de ese nombre. La  recompensa será ese conocimiento de   sí y del mundo que empujó a  Odiseo y a tantos otros a abandonar   Ítaca  para descubrir al final que su  aventura era en realidad una historia urdida por   Penélope para tratar de entender el  sentido de su propia espera.




8 comentarios:

  1. No sé donde (tal vez en alguna entrada anterior de tu blog) leí hace unos días que la puerta, como apuntaba Blake, es uno de los símbolos clásicos de ambigüedad y destino, porque se abre o se cierra, nos libera o nos encierra, deja entrar la luz o nos ciega a ella. Muy bello post, Gustavo, con múltiples alusiones para saborear. Está Borges, cómo no, un experto en laberintos y espejos, autor de esa frase perfecta del heresiarca de Uqbar, "Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres", que nos da la idea (entre otras) de que el amor también es un laberinto. Muchas gracias, he disfrutado leyéndote.

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  2. No sabe cuánto le agradezco este perpetuo diálogo, mi querido don Lalo. El placer de conversar, así sea por medios virtuales, es una de las cosas que nos ayudan a mirarnos en ese espejo que son los otros, y por ese camino a salir del laberinto... o al menos a intentarlo.

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  3. Mil perdones por comentar algo tarde, afortunadamente el texto suyo es de interés universal y válido para cualquier momento y, por lo tanto, ajeno al desgaste del tiempo como la buena literatura. “Desconfío de mi imagen ante el espejo, por la misma razón de que éste ha sido fabricado por otro hombre”, decía -cito de memoria- el personaje de alguna obra que recuerdo haber leído, incapaz de reconocerse y aceptarse a sí mismo, como si la figura allí representada no reflejara toda la potencialidad de su ser, achacándole los defectos a la imperfección del propio artefacto. Ah, el sentido de la existencia, la principal preocupación de los mortales, frágiles y erráticos como somos. Y pensar que en estos últimos tiempos, a pesar de que vivimos la era de la información -y he ahí la paradoja-, las sectas y demás grupos brotan como setas, dispuestos a medrar con los miedos y temores de los individuos, incapaces de asumir el desafío de valerse por sí mismos, como en una especie de infantilismo perpetuo, tierra de abono donde hacen de las suyas caudillos como el astuto cocalero que reina en mi país. Ay, cómo me reconozco en algunos de sus párrafos: Bolivia es la perfecta y dolorosa metáfora.

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  4. Más que oportuna su cita, apreciado José : siempre será más tranquilizador contemplarse el ombligo que asomarse a un espejo capaz de revelar cosas terribles sobre nuestra condición. En este caso , el concepto vale tanto para los individuos como para las sociedades y los países.

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  5. Muy interesante el artículo, lo disfrute mucho, además es grato encontrarse con el dialogo generado a partir de los comentarios.

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  6. Muchas gracias. Esa es la idea: recuperar el diálogo y la conversación como condiciones esenciales de lo humano.

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  7. Gustavo, apartándome un poco de la idea del artículo, y tomando estos tres objetos: el espejo, el laberinto y la puerta, creo que podría agregar un incitador, la locura: abre la puerta, se refleja en el espejo o recorre el laberinto. Pero habría que preguntar quién es el loco: la persona que ve en estos objetos un fin solo pragmático o quien le insinúa un asombro, alguna magia.
    Abrazos.

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  8. Creo que en la locura convergen todos los demás, apreciado Eskimal : el extravío del laberinto, el ensimismamiento del espejo y la opción de la puerta como alternativa de encierro o de fuga.

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