lunes, 10 de marzo de 2014

Los años y los siglos




Aunque  lo parezca,  un siglo y cien  años no son la misma cosa. El primero da la sensación de cosa hecha, de asunto concluido.  Tanto, que se recurre a una etiqueta  para definirlo.  El siglo de Pericles.  El siglo de oro español, el siglo de la reina Victoria o el siglo de la Ilustración. De siglos está hecha la Historia con  mayúsculas, con su  profusión de acontecimientos magnificados por los expertos en   organizar el pasado. En los siglos cada cosa tiene su lugar y nada parece resultado del azar o de los sobresaltos  desencadenados por las pasiones humanas. Ese orden, siempre artificioso, es el padre de la creencia en el sentido de la Historia. Cada suceso generaría otro, en una  cadena de causas y efectos capaz de explicar  por si sola  las expresiones más sórdidas  o sublimes de la aventura humana. Con los siglos no hay, pues, apelación. Su sino es, si se quiere, el de la fatalidad. Y su reino el de las grandes masas y los líderes capaces de conducirlas hacia  la utopía  o el desastre, que al final resultan ser lo mismo
Los años en  cambio nos remiten a las pequeñas dichas y desventuras de los hombres. No hay en ellos lugar para las grandes gestas. Apenas , sí, para el ensayo   recurrente de ese relato inacabado que es toda vida. Si los siglos parecen  una amplia  autopista  hacia alguna tierra de promisión, los años se acercan más a una madeja  tejida  y destejida por alguien que aguarda su recompensa diaria expresada en asuntos tan simples e irremplazables como un beso, un adiós, una  melodía  o un plato servido en la mesa. Su territorio es el de los juglares, los contadores de historias, los poetas  o los místicos. Los años son las letras, las palabras y las frases de un relato  a veces entrañable y en otras doloroso dirigido a preservar nuestras breves  historias individuales de la disolución definitiva.
Tomemos  dos obras maestras de la literatura  latinoamericana. Imaginemos una  novela titulada Un siglo de soledad ¿Habría allí lugar para  la anónima y por eso mismo ilustrativa saga de la familia Buendía, extraviada en los meandros de la sangre  y en los caminos tortuosos de la guerra? Me temo que un siglo no sería suficiente: se  precisa del  paciente  inventario de los años para dar cuenta de ese  éxodo hacia una suerte de paraíso vuelto de revés donde todos los actos conducen hacia la desmemoria y la desolación.



Pensemos en cambio en un libro titulado Los cien años de las luces. Algo no encaja. Alejo Carpentier se hubiese extraviado en un laberinto de pequeñas anécdotas sin encontrar  la esencia de ese momento  de la historia anclado en una fe ciega en la ciencia  y la razón como instrumentos capaces de alejar las tinieblas de la ignorancia y la superstición, facilitando de paso la feliz convivencia entre los  seres humanos. No importa  si al final  la medicina resulta peor que el mal.


La elección de títulos como Cien años de soledad o El siglo de las luces no es, pues, aleatoria: responde a  la necesidad de ubicar la materia  narrada en un contexto capaz de ayudarnos a  recordar que la Historia grande está  amasada con pequeñas historias sin las cuales ni el más épico de  los relatos  sería posible.

9 comentarios:

  1. Don Gustavo, hace rato que pasamos de los siglos y los años, a los 15 minutos de Andy Warhol. Hay que aprovecharlos, porque son desechables. Mañana en portada habrá "la nueva estrella de...", "los diez nuevos mejores autores de..", "las cinco nuevas películas que tienes que ver antes de...", o las "5 más grandes novelas de...", que desbancan con una rapidez fulminante a las que habían cosechado la gloria y los elogios el día anterior.

    Yo, cuando pienso en eso, me acuerdo de los frailejones en la Laguna del Otún, que llevan medio milenio o más, viendo pasar el mundo, sin ponerse a hacerle reverencias a nadie: que los imperios nazcan y sucumban, mientras ellos ganan unos cuántos centímetros más en su búsqueda de la inmensidad.

    Saludos. Cami.

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  2. Qué bello eso del final, apreciado Camilo : " Que los imperios nazcan y sucumban, mientras ellos ganan unos cuantos centímetros en su búsqueda de la inmensidad". Como , según dicen, en literatura todo lo que no es autobiografía es plagio, no se sorprenda si un día le robo esa imagen.

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    1. Húrtela sin cuidado. Pertenecemos a la misma legión de plagiarios.

      Saludos.

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  3. Cuánta razón tienen sus percepciones, amigo Gustavo. No sería lo mismo la Guerra del Siglo que la Guerra de los Cien Años, en la que Inglaterra y Francia se desangraron lentamente. El solo evocar tantos años, transmite claramente la idea de un conflicto larguísimo, inacabable, desesperante por lo eterno que debió parecer. Un siglo suena tan corto como un resumen, como una vida, más o menos. Cien años, evoca al “inventario de los años” de muchas vidas y, por ende, un torrente interminable de historias y experiencias. Me anoto también eso de “inventario…” por si las moscas, para un plagio futuro, claro que sí. Y qué bueno que haya retornado a la red para seguir disfrutando de sus anotaciones.

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  4. Adelante , apreciado José. Digo, con lo del inventario. Después de todo cada ser humano contribuye con lo suyo a la escritura de esa Historia grande tejida con los hilos de las historias pequeñas.

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  5. Dices bien, porque la medida del devenir cronológico no tiene necesariamente su correlato idéntico en el plano del espíritu, de la transformación y representación de las ideas. Tuve el primer atisbo de esto cuando comencé a escribir en un diario. No tenía mucho respeto por las palabras: creía que estaban a mi servicio, que importaban por su sonido, no su significado. Me despertó con un sopapo verbal el secretario de redacción, que era un escritor de verdad (de nombre Antonio Di Benedetto). Me dijo en un pasillo: "Usted ha escrito en un epígrafe 'los montes milenarios'. Cuántos años cree Ud que tienen los montes"? Todavía recuerdo el calor de ese día de hace unos cien años. Mis montes milenarios eran una mala imagen poética, mientras que el periodista debía hablar de la edad geológica de los montes si no quería pasar papelones.

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  6. Qué lección, mi querido don Lalo. Por eso pienso que la lectura de buena pesía debe hacer de la formación del periodista. El sentido del ritmo, el silencio, la palabra precisa, lo que apenas se sugiere constituyen la esencia de una buena historia... Y, de paso, nos ayudan a entender la diferencia entre un siglo y cien años.

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  7. No lo había pensado Gustavo. Pero recuerda usted con este artículo que hay que tener mucho cuidado con las palabras, cada una pone o quita algo en la literatura, en la vida misma.
    Saludos, desde un cerro mexicano.

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  8. Esos si que sabian de los asuntos del tiempo... digo, los mayas y los aztecas, apreciado Eskimal.

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