jueves, 8 de enero de 2015

Viejos queridos



                                                          Joel Pérez (+) y sus alegres pillastres

 Hace cosa de dos décadas, cuando la cruzada de la corrección   política decidió que no llamar las cosas por el nombre equivalía a la solución de los problemas en los que están inmersas, uno de los sectores afectados por esa  voluntad aséptica fue el de los viejos. Desde entonces,  no  solo se les despojó de su condición individual sino que se les agrupó bajo generalidades bautizadas con nombres tan impersonales como: tercera edad, edad dorada, adultos mayores y otras perlas.
Desde que lo descubrí en mi  ya lejana adolescencia- ahora también  soy un viejo- me  sedujo la diversidad de matices del vocablo anglosajón ancient: antiguo, anciano, viejo, añoso, es decir, lleno de años  y, por lo tanto, de conocimiento del mundo. Por eso,  en civilizaciones  acaso  más decentes que la nuestra a los viejos se les tributaba un  respeto especial como depositarios de la memoria y  a nadie se le ocurría someterlos al escarnio de llamarlos “adultos mayores”.
Pero así vamos. Obsesionados  con parecer jóvenes, nos olvidamos de aprender a ser viejos y por ese camino a asumir  el deterioro y la muerte con dignidad. Una mujer de mi generación, es decir, una vieja, se ha gastado una fortuna  en remendar el cuerpo, obviando de paso lo esencial: que cada  noche la almohada le recuerda el talante inapelable de nuestra mortalidad.

                                                              Miguel en sus dominios

“¡No  me jodan carajo que no soy ningún adulto mayor!” “¿No ven, pendejos, que soy un simple viejo?" Truena Miguel González, el papá de mi mujer, cada vez que alguien le llega con sensiblerías al uso. Siempre  que lo escucho pienso en el anciano loco de la tribu, esa entrañable figura que en sociedades pasadas encarnaba toda forma  posible de conocimiento : la crianza de los niños,  las plantas curativas, la reproducción de los animales, el ritmo de las cosechas, los códigos éticos, los criterios de valoración, el cumplimiento de la palabra empeñada y muchas cosas más. Al menos en lo personal, mis abuelos Martiniano y Ana María  no solo siguen siendo los ancianos locos de la tribu, sino  que permanecen prestos a acompañarme a la hora de las decisiones más  esenciales.

                                           Martiniano y Ana María (+), cuando aún no eran viejos

Vuelvo  al viejo Miguel: cuando reinventa el mundo al ritmo de su voz cadenciosa y de su prodigiosa memoria, me devuelve de  golpe un montón de cosas perdidas: la solidaridad, la amistad, la complicidad y, por encima de todo, el respeto a toda criatura  viviente. Su mirada de agua parece auscultar  a un tiempo el pasado y el futuro, lo que le permite vivir el presente sin  esas  ilusiones absurdas alimentadas por quienes, fieles al tono de los tiempos, quieren convertir sus tormentos  y necesidades en una cuestión  de mercadeo. Al menos  eso leo   en un plegable publicitario: “La edad no importa. Déjenos ocuparnos de  su felicidad...”. No sé, debe ser mi mala leche. Pero sospecho que detrás de esos puntos suspensivos alienta el ángel de la muerte.
No puedo terminar  mi conversa de hoy sin ocuparme de otro viejo querido: mi amigo, el médico cardiólogo Joel Pérez Soto. Desde  hace dos años  duerme el sueño  eterno a la sombra de uno de sus grandes amores: un joven árbol de ceiba que se alimenta de sus cenizas y lo devuelve al  mundo hecho una fiesta de colores, olores y sonidos: los  tonos de sus cuadros amados, el olor del ron curado en toneles de roble y los acordes de sus  músicos  predilectos: Stravinsky, Haydn, Chopin, Mozart. Cuando lo evoco en tardes de domingo sin fútbol pienso  siempre en la certera sentencia de algún sabio cuyo nombre olvidé  “Uno debe vivir como piensa, o no pensar en absoluto”.


Arrinconados por un sistema  que desprecia el conocimiento del ser y privilegia la producción y el derroche de bienes de consumo, nuestros viejos malviven hoy a merced  de un puñado de tecnócratas entrenados para lucrarse de su extrañamiento del mundo. Por ellos apuro un trago largo de ron de las Antillas a la espera de tiempos mejores.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta  entrada
 https://www.youtube.com/watch?v=An2a1_Do_fc

4 comentarios:

  1. Nunca hay que perder de vista los signos vitales que sobreviven de generación en generación, esos que los viejos, algunos viejos, detectan como pepitas en la arena. Siempre me ha causado gracia el dicho de que uno sabe que se está volviendo viejo cuando descubre que los policías son jóvenes. A esto se podría agregar que uno ya sabe que está muy viejo cuando descubre que hasta los jueces son jóvenes. (Y no cuesta imaginar que algún día resultará evidente que hasta el Papa es joven.) Vaya un saludo para tus viejos queridos.

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  2. Recibido y transmitido el mensaje, mi querido don Lalo. De paso, recuerdo la frase de un artículo de Gabriel García Márquez,escrito con motivo del asesinato de John Lennon. Dice así : " Viejos no somos los que tenemos muchos años, sino los que no se subieron a tiempo en el tren de sus hijos".
    Creo que a los muchachos les resultaría saludable subirse de vez en cuando en el tren de sus viejos.

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  3. Hablando de tardes de domingo, bien recuerdo que cuando hace años acudía al estadio, no había mejor insulto para una hinchada que gritar “viejo” o “abuelo” a los jugadores más veteranos del equipo contrario para supuestamente agraviarlos o hacerles sentir que no valían nada. Y ahora con esto de la corrección política, mentar esas palabras equivale a delito, prefiriendo escudarnos en la hipocresía de los eufemismos, como si eso desmintiera lo que viene ocurriendo desde hace mucho en nuestra sociedad devorada por el consumismo: desde que una persona deja de ser productiva, según los cánones actuales, pasa a ser considerada “gente de la tercera edad” e inmediatamente retirada de circulación como un objeto obsoleto o inservible. A propósito, su reflexión de hoy me hizo recordar una, poéticamente dolorosa, película de Imamura, “La balada de Narayama”, que seguramente la ha visto, y que desgraciadamente la ficción cobra realidad actualmente con los innumerables casos de desalmados que abandonan a sus viejos en gasolineras o puertas de asilos, como vergonzosa muestra de degradación de la sociedad.

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  4. Apreciado José : el sistema de " seguridad social" en Colombia tiene una definición lapidaria para clasificar a las personas según el riesgo de enfermedad y los costos que implique el tratamiento de esta . Así, los mayores de 45 años estamos en la " edad catastrófica".
    De ese tamaño andan las cosas en una sociedad para la que el único valor digno de tener en cuenta es el de uso.

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