jueves, 23 de abril de 2015

Los niños intocables




 Fui testigo de la escena en la caja registradora de un supermercado. La madre, una  atractiva rubia entrada en la treintena, empujaba el carro de la compra repleto de una variada gama de marcas. De repente, su  pequeño hijo , de unos seis años, corrió hacia la góndola más cercana y regresó con una de esas bebidas que, según los mensajes publicitarios, poseen propiedades chamánicas.
-¡ Maaami, maaami, cómprame esta! , ordenó el chico.
- No tenemos más plata, mi vida. Replicó, firme, la señora.
- ¡ Que me la cooompreees, quiero que me la cooompreees! Aulló el pequeño, convertido de repente en un emisario de las furias.
- ¡ Noooo, noooo y no!  Sentenció la mujer,  esgrimiendo sus tarjetas para pagar.
Fue entonces cuando el niño arrojó la botella contra  el piso, haciendo de paso añicos la paciencia de la madre. Los guardas de seguridad  del local no tardaron en llegar, obligándola a  pagar el importe de la bebida estropeada.


No  cuesta  mucho trabajo imaginar a ese chico, convertido dentro de veinte años en uno  de esos adultos  histéricos que, ante la tardanza en el servicio por parte de los meseros de un restaurante, o frente a los requerimientos de algún  representante  de la autoridad,  repiten  a gritos la  frase conocida por todos : “¿ Es que usted no sabe quién soy yo?”. Bueno, la verdad, nadie tiene por qué saber quienes son, pero están en todas partes como materialización de la soberbia  y la estupidez juntas.
Incapaces de encontrar la justa medida, parecemos solo capacitados para vivir en los extremos. En  el caso de la educación de los niños, pasamos de las más oprobiosas  formas de  castigo a la permisividad absoluta. Convertidos en víctimas perpetuas- de los padres, de los maestros, de los compañeros de juegos- los pequeños se volvieron intocables. Cualquier intento de reprimenda, por leve que esta sea, es objeto de  la mirada  inquisidora de una legión entera de justicieros.
El  resultado es una  variante  de  los seres humanos, definida no solo por la pertenencia a una clase social y económica, sino por una condición que los hermana: la idea de que  las demás personas fueron puestas en el mundo para  estar a su servicio.  Se ve en las relaciones profesor- estudiante,  jefe-subordinado, amado- amante y, por supuesto, padres- hijos. En esos códigos el otro deviene entonces un proveedor, alguien que debe estar siempre dispuesto a la satisfacción de mis caprichos.
 Y allí aparece una palabra clave para entender el estado de las cosas: satisfacción. El  niño  y el adulto proclives a las pataletas nunca están satisfechos : siempre sienten que el mundo les debe algo más : un producto, una ofrenda, un gesto de sumisión, pero siempre  algo más. Por eso confunden con tanta facilidad el servicio con el servilismo. A ese ritmo, acaban arrojando al suelo no solo el objeto que no les quisieron o no les pudieron regalar, sino la vida misma de los demás.
Quizás  con el fin de mantenerse despierta, toda  época  crea sus propios monstruos. Los nuestros,  gestados   en los hogares y perfeccionados en la escuela a través de una metódica falta de rigor y disciplina, van por el mundo haciendo de sus caprichos ley. Son los que en las encuestas de satisfacción- una suerte de plaga moderna- siempre responden que nadie los atiende bien. Va uno a mirar y  resulta que simplemente alguien no inclinó lo suficiente  la cerviz.


“ No consigo satisfacción/ no consigo reacción/ y lo intento/ y lo intento/ y lo intento”, cantaban  The Rolling Stones hace medio siglo. Si los buenos poetas cumplen muchas veces el papel de visionarios, quizá esa pareja  genial  integrada por  Jagger y Richards ya prefiguraba en esos versos las cosas que se avecinaban. En nuestro caso,  varias generaciones de intocables siempre  insatisfechos porque nadie supo  recordarles  a tiempo que todo tiene un límite.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
https://www.youtube.com/watch?v=3a7cHPy04s8

8 comentarios:

  1. A propósito de Mourinho, Santiago Segurola le dedicó una columna donde le llamaba “consentido” haciendo mención al mal comportamiento que tuvo con el Real Madrid luego de que se le cumpliera prácticamente todo lo que pedía o exigía. El consentir demasiado a los hijos, es una de los motivos que genera el comportamiento caprichoso que usted nos ilustra. La sobreprotección y la permisividad de los padres ocasionan también que la prole sea cada vez más egoísta, insegura e indisciplinada. ¿Recuerda el episodio de Los Simpson donde George Bush padre nalguea a Bart por una travesura terrible?...A veces hace falta una acción así para corregir a tiempo. Aunque con esto de los defensores de los valores familiares, ya no se puede ni decir nada porque podrían acusarnos de crueldad.

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  2. Leo tu post poco después de mi dosis diaria de Doonesbury, la historieta político/social de Garry Trudeau, ahora reducida a la tira de los domingos y a una repetición de viejas tiras durante los otros días, debido a que Trudeau está ocupado con una serie de TV, Alpha House. Uno de los temas recurrentes de Doonesbury que más me gusta es el de los embrollos en el ficticio Walden College (no confundir con Walden University), entre ellos el de modificar y/o mutilar los planes de estudio para satisfacer a los alumnos por encima de todo, en vez de llenar una función educativa. Es decir, la educación universitaria como una pieza del mecanismo de ganar dinero. Es como tu escena del comienzo del post, solo que se trata de las exigencias de estudiantes universitarios y no de un chico de seis años. Son más o menos lo mismo, no?

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  3. Apreciado José : una de las pocas cosas en las que estoy de acuerdo con el actual Papa es en el poder pedagógico de las nalgadas. Esas acciones apuntan al sustrato animal o instintivo de todos nosotros. Pero sucede que el endiosamiento de la razón- más acentuado cuanto más irracional es nuestro comportamiento- convierte en criminal a cualquier adulto que intente corregir a un niño.

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  4. Exactamente lo mismo, mi querido don Lalo : las pataletas o berrinches tienen idénticos orígenes , independiente de la edad, la profesión o el oficio del protagonista. Al final tendremos siempre una legión que pretende hacer de los demás esclavos de sus caprichos.

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  5. Yo no estoy de acuerdo con el castigo corporal, en ninguna forma. Me parece un fracaso total de la inteligencia que un adulto tenga que golpear a un niño -así sean sólo unas "nalgadas"- para hacerlo entrar en razón por algo. Creo que buena parte de la violencia que vive Colombia se debe a que los adultos de hoy la aprendieron desde los hogares.
    Juan Carlos.

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  6. Me parece bien, querido Juanito, que sientes tu posición. Eso sí, considero que todo el tiempo asistimos a muestras contundentes del " Fracaso de la inteligencia", expresado en los más racionales -y razonables- de los seres.

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  7. Si yo fuera editor le pondría de título al artículo "Los niños resabiados" y le daría con los 60 centímetros de roble fino al vergajo zurrón que lo escribió, para que aprenda a poner títulos buenos, por aquello de que la letra con sangre, etc, etc.

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  8. Mil gracias por la sugerencia, querido niño resabiado, pero los editores me lo advirtieron: esa expresión es un regionalismo cuyo significado en otras latitudes no alcanzarían a captar.

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