jueves, 3 de septiembre de 2015

El blues del vecindario



                                            
                                                                      Para Felipe Pérez Salazar

 Aunque  nacionalismos y regionalismos invoquen por igual las músicas vernáculas para  afirmar una probable identidad, la  vida cotidiana nos recuerda una y otra vez que las músicas no son de  parte alguna , porque en realidad son de todas partes. Eso explica, por ejemplo, que los japoneses hayan acogido el tango como si fuera propio o que el cancionero gitano cale tan hondo en tantos lugares distintos.
Al abrevar en la fuente inagotable de los miedos, las ilusiones, las desdichas y las alegrías de la gente, las músicas pulsan una cuerda común : la de la memoria colectiva. Esa condición le permitió al viejo  José Barros- sí : el compositor de La Piragua y  uno de  los más frondosos artífices del cancionero del Caribe  colombiano-  anidar en el corazón de los argentinos con una docena de tangos de su autoría. En Fuerte Apache, la barriada donde nació el futbolista Carlos Tévez, los malandrines del siglo XXI escuchan cumbias en las esquinas, con el mismo fervor  que sus bisabuelos les dedicaban a los poemas  escritos por Enrique Santos Discépolo. En contraprestación , en los bares de Pereira se escucha Yira- Yira o Cambalache como si fueran cánticos religiosos vueltos de revés.


Todo lo anterior explica  que un músico como Carlos Elliot Jr., nacido  aquí  en el vecindario, en  cercanías del río Otún –un vocablo de origen africano- haya encontrado en el profundo sur norteamericano a sus hermanos de ritmo.  Al fin y al cabo, en Pereira también tuvimos negros cimarrones  atrincherados en palenques, último refugio ante la persecución de sus amos esclavistas.

                                          Río Otún

Siguiendo ese hilo misterioso, el músico llegó a las riberas del Mississippi, a uno de esos lugares donde, según la leyenda,  Robert Johnson  le vendió el alma al diablo a cambio del genio musical que lo haría célebre en el mundo entero. Allí se encontró, entre otros, con The Cornlickers,  una banda tradicional reconocida como parte del patrimonio del blues contemporáneo. Aunque Carlos Elliot Jr. Se había formado en los años noventas, escuchando el grunge de Seattle, pronto descubrió en  Eric  Clapton el puente que lo conduciría a las raíces del blues,  esa poética del dolor en la que   guitarra,  armónica,  bajo y  batería se  conjugan con voces broncas y desgarradas para curar las heridas de los eternos  exiliados.
Son las mismas heridas de los desterrados del Caribe  llegados a Nueva York después de la Segunda Guerra Mundial. Si estos crearon la salsa  para mitigar sus nostalgias, los  esclavos de las plantaciones de algodón habían hecho de los spirituals, el gospel y finalmente el blues su forma particular de resistencia.

                                               Bailarines de bambuco y pasillo

En ciertas  vertientes del bambuco y el pasillo- dos ritmos “ autóctonos” de la región andina colombiana- alientan músicas llegadas  desde  África. Venían en la sangre de los millones de esclavos secuestrados por los traficantes  en  aldeas remotas donde  coros y tambores marcaban los ritmos del nacimiento y la muerte, de la cópula  y la invocación a los dioses  de la tierra, el aire y el fuego.

                                                Río Mississippi

Tal  vez sin darse cuenta, Carlos Elliot Jr., un músico dotado de una asombrosa capacidad para la improvisación  ( Jam session, le dicen   en el mundo anglosajón) identificó desde muy  temprano en esos acordes parte de los fragmentos rotos de unos ritmos que se remontaban a los albores de la sangre. Buscando el resto, llegó a orillas del Mississippi, ese río cantado por poetas de muchas razas, hasta  que se cruzó en el camino con un puñado de hombres consagrados a buscar lo mismo, pero en dirección contraria. Por eso, ese blues suyo creado al alimón con The Cornlickers suena tan nuestro, tan de todos.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.
 https://www.youtube.com/watch?v=8e65OrJ8XMg

7 comentarios:

  1. Supongo que no soy el único que encuentra semejanzas textuales entre las letras de Yira Yira y Like a Rolling Stone. Hay un enlace, un nexo, un nervio que conecta todos los ámbitos que mencionas. La soledad, la amargura, la desesperación, genera música y poesía de contenido semejante, tanto en el Río de la Plata como en el Mississippi o el Orinoco.

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    1. No es el único , mi querido don Lalo. Existe un lazo entre las músicas que conecta con cualquier corazón roto o gozoso.
      No es casualidad que , a partir de los años noventas, toda banda de rock en español que se respete tiene su cover de Julio Jaramillo, Javier Solís, Carlos Gardel, Agustín Lara, Daniel Santos y otros poetas del cancionero hispanoamericano.
      A propósito, le comparto enlace de la versión que la banda argentina Ataque 77 hizo de la célebre Dame fuego, de su paisano Sandro.
      https://www.youtube.com/watch?v=VoYLgIc1wd4

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  2. Me alegra el trabajo de Carlos Elliot Jr, Gustavo, me alegra porque nos trae otras opciones, otras formas de la música, porque ayuda a innovar, a elevar la calidad, en fin, a crearnos otras nostalgias de Pereira, a unirla con el mundo. Usted tiene razón, no hay duda de que suena nuestro y es tan de todos. Ponerle barreras chovinistas al arte solo traerá moldes que no se estiran. Claro, se respeta la raíz, pero respetar no es dejarlo estático, es recordar y agradecer.
    Su entrada me hace pensar en la cumbia, en sus maneras de ser cantada y tocada en América Latina, en el sur de Estados Unidos, en partes de Europa, en su origen caribeño, en su Edén africano. Es, me parece, un género que no tiene mucha diferencia con el blues, hablando en su esencia, no en la forma.
    Saludos Gustavo.

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    1. Apreciado Eskimal: ahí nada más , en su vecindario mexicano, alienta la herencia que dejaron los bambuqueros colombianos llegados a Veracruz a comienzos del siglo XX. Bambuco yucateco le dicen a esa fértil fusión.
      Y sí, tiene usted razón : por cuestión de supervivencia, las raices deben renovarse constantemente. Es la única manera de conjurar los poderes de la muerte.

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  3. Heme aquí de vuelta, amigo Gustavo, luego de un receso provechoso que, al margen de una necesaria ociosidad, estuve empleando el tiempo en desempolvar mis viejos archivos de John Lee Hooker, Muddy Waters, BB King y demás virtuosos del blues. Debo decir honestamente que nunca había oído hablar del padre de todos, esa suerte de Fausto del Mississippi que fue Robert Johnson. Curioso aquello de que tanto por el Otún como el delta del gran rio norteamericano sean canalizadores del mismo sentimiento, de esa misma melancolía existencial que arrastra la gente sufrida.

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    1. Ah, y qué tendra de especial el vocablo 'cimarrón' que en inglés se oye mas exquisito y evocador, tal vez por esta canción del country, otro ritmo de raices profundas y entrañables.

      https://www.youtube.com/watch?v=1dd8Yj1Zqkc

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    2. La clave está ahí, en las raíces, apreciado José. Es lo que tenemos en común todos los mortales: la conexión ineludible con la tierra, en el sentido metafórico y literal de esta palabra.
      Ah... y mil gracias por el enlace.

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