jueves, 7 de enero de 2016

Evasiones




Despliego las páginas  del  periódico y contemplo el desfile interminable. Muy prendados de sí mismos, pronuncian discursos,  firman pactos, declaran la guerra o  buscan la paz, marcan goles, cierran negocios, baten marcas. En las páginas sociales nacen,  se casan, se gradúan, viajan, regresan, se reproducen, se enferman y mueren en medio de una feria de vanidades. En las notas judiciales, los pobres y marginales  pagan sus quince minutos de fama con la única moneda de que disponen: la propia vida.  Llego a las páginas de opinión y me veo a mí mismo, muy   tieso, intentando en vano exorcizar, en una cuartilla, el peso  enorme de mi desazón.
Como en la vida, en las páginas del periódico todo el mundo cumple su propio rol: los ricos  y poderosos por aquí, los arribistas  por allá y los eternamente frustrados por este la lado. Al fin y al cabo, eso de  que  en un futuro no lejano a cada niño nacido le  implantarán  un dispositivo  electrónico con el libreto de su propia vida, es decir, con su improbable identidad, no deja de ser un malentendido : en realidad esa práctica  es  tan antigua como el homo sapiens. Solo que, hasta ahora, esa tarea  la han desempeñado las instituciones llamadas pilares: la familia, la escuela y la iglesia. Más tarde llegaron los medios de comunicación  a cerrar el círculo imponiendo modelos de vida medidos por la capacidad de producción y consumo. Nada nuevo, en verdad.


Como es imposible desempeñar  el mismo papel durante todo el tiempo sin caer en la  demencia, los mortales nos inventamos las evasiones a modo de  puertas de escape. Hay  que ver como fábricas  y oficinas engullen gente a primera hora de la mañana. Ellos llegan  bien bañados y recién afeitados. Perfumadas y emperifolladas ellas. A las seis de  la tarde esas mismas oficinas los vomitan hechos una piltrafa, sin más anhelos que la  expectativa del fin de semana o de unas vacaciones  que aguardan al final del camino como un salvavidas ilusorio.
Entonces cada quien pone a prueba su capacidad de evasión, dependiendo de sus recursos. Está el turista que empaca sus maletas y escapa hacia cualquier lugar de la tierra, para regresar un par de semanas después cargado de fotografías y chucherías, solo para descubrir que su colección de máscaras lo aguarda detrás de la puerta


Un  poco más abajo, ya son legión  quienes  se arrojan a chapotear en un lago de alcohol y fantasías químicas, del que emergen un poco más pálidos y nimbados de una singular lucidez que se evapora una vez  reasumido el papel  de todos los días.
Los más, optan por el más expedito de los recursos: el sexo, ese puente hacia el reino animal, en  el que, liberados  por unos minutos de taras y prejuicios, todos nos hundimos en un recinto  donde, entregados a los instintos primordiales, reina  el olvido de nosotros mismos en una siempre renovada promesa de liberación, que se diluye  y nos devuelve esa condición de animales tristes después de la cópula de que hablara san Agustín.
Queda, claro, el  eterno  recurso de la religión. Aunque  en estos tiempos  los dioses hayan sido secuestrados por toda suerte de timadores, prestos a  engordar la cuenta  bancaria con los  miedos  y desesperaciones del prójimo. No es casual que en cada  cuadra se multipliquen  dos tipos de negocios: los templos de sectas religiosas y los puntos de apuestas.


Ante la imposibilidad del escape, casi todos optamos por gritar gol en una veintena idiomas   como una patética  forma de consuelo: hace una semana, mi mujer me sorprendió festejando un gol de la liga rusa. Entre apenado y cínico, ensayé  una justificación: qué le vamos a hacer- le dije – si al igual que en  aquél  viejo poema,  yo tampoco tengo donde esconderme.

2 comentarios:

  1. Ja, mal vamos si nos consolamos reaccionando por pura inercia ante un gol, y hacerlo cuando alguien empuja el balón en la línea ya es enfermizo o patológico. Debería curarse en salud como yo más o menos hice, evadiéndome durante unos diez días al cerrar el año, en una suerte de apagón digital que me propuse, sin siquiera mirar las noticias o los resúmenes deportivos. Bien dice, no tenemos dónde escondernos, pero podemos desenchufarnos todavía, aunque sea por un rato, de la realidad y todos sus tentáculos. Aunque esto último tampoco es plenamente satisfactorio porque suena a fugaz o ilusorio. Ay, esa “condición de animales tristes” parece marcar nuestro sino como pesado fardo desde que nacemos.

    PS. Esta banda sonora le viene bien a su entrada de hoy, a modo de cierre, aunque me temo que es otra efímera válvula de escape… ¡qué le vamos a hacer!

    https://www.youtube.com/watch?v=xGytDsqkQY8

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    1. Mil gracias por la banda de escape... perdón: sonora, apreciado José. el problema es que los diez días de exilio hacen más patéticos los restantes 365 : se lo puede uno pasar todo el tiempo añorando ese paraíso perdido.

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