jueves, 16 de marzo de 2017

Solo queda el coraje



                                          Diana  Pérez   Fotografía: Hans Lamprea


Salvo  el inesperado final, la de Leoncio Pérez es la historia de miles de campesinos colombianos.

Poseedor de una pequeña parcela en el  departamento del Quindío, el  hombre se endeudó con los bancos con el propósito de conseguir el capital para la siembra de mora y lulo.
Pero las cosas no salieron como Leoncio lo esperaba: la cosecha se perdió, el banco no renovó el crédito y el hombre se lanzó a las calles a la desesperada.

Se trataba de pagar las deudas o perder la tierra.

En esas estaba cuando conoció personas que se enteraron de  su situación, el chisme se regó y no tardaron en aparecer los redentores. Gente que ofrecía fórmulas expeditas para sortear la encrucijada.
Y entonces  Leoncio emprendió viaje hacia Leticia, capital del Amazonas colombiano. Desde allí lo había contactado un posible comprador para su finca.

O al menos, eso les dijo a su mujer y a su hija  Diana cuando salió de casa un día de febrero de 2013.



No  existían razones para no creerle: era uno de esos hombres firmes y francos que parecen  amasados con la misma tierra que cultivan.

Desde ese día  pasaron dos semanas sin saber  de él: como a uno de los personajes de La Vorágine, la novela de José Eustasio Rivera, parecía habérselo tragado la selva.

Hasta  que, dos semanas después, Diana recibió la llamada.
-“Señora Diana, le habla el cónsul de Colombia en Shanghai. Debo comunicarle que su padre se encuentra detenido en  China. Le encontraron 1200 gramos  de cocaína en el equipaje. Es  importante que lo sepa: las leyes en este país son bastante drásticas. El castigo podría ser incluso  la pena de muerte. Quedo  a su entera disposición”.

Cuatro años después, Diana recuerda que fue como un mazazo en la cabeza.  “¿Shanghai? ¿Cocaína? ¿Pena de muerte? ¡Pero sí mi padre a duras penas había salido del Quindio!”
“Durante un buen rato creí que era una broma o una de  esas tretas utilizadas por los delincuentes para extorsionar incautos”, les dijo a los periodistas de Ecos 1360 radio durante una entrevista  el viernes 10 de marzo de 2017.



Ahora su padre lleva cuatro años  detenido  en una cárcel ubicada a 15000 kilómetros de casa  y Diana, motivada por su propio drama, decidió ocuparse del de los demás y por eso creó una organización para ayudar a los colombianos prisioneros en China, buena parte de ellos provenientes del Eje Cafetero .
Esto último no es casual. La zona es  el centro de acción de poderosos carteles de la droga,  a los que las autoridades  llaman de “microtráfico”, como  si el eufemismo minimizara la magnitud del problema. Según organizaciones como la Fundación Esperanza,  en la región también se concentran las  redes de trata de personas.

El mecanismo es simple: las mafias controlan circuitos que les permiten ubicar a personas con  dificultades económicas y se presentan como salvadores dispuestos a prestarles plata. Cuando las deudas se hacen impagables se quitan la máscara y ponen a la gente contra la pared: o usted hace lo que le decimos  o acabamos  con su familia.

Por esa ruta  se tejió el destino de  ciento setenta colombianos que aguardan su sentencia en China. En algunos casos esas condenas  pueden contemplar la pena de muerte.



Son personas como Leoncio, enfermo de la próstata y con  tres hernias en la columna vertebral. Desconocedor del mandarín, solo atina a comunicarse por señas para pedir analgésicos, porque los otros medicamentos debe pagarlos de su propio bolsillo lo que, dadas las circunstancias, resulta imposible.
“Por eso, porque son muchas las personas  que padecen como mi padre y muchas las  familias en circunstancias parecidas a la mía, me empeñé en crear la Asociación de Familias Colombianas Unidas, vocera y defensora  de los colombianos  presos en China.  Miren, si  a mí que tengo una formación profesional y he logrado  hacer contactos se me dificultan las cosas,  a personas  de origen humilde con dificultades de comunicación  a veces no le queda salida distinta  al llanto. Imagínense que una llamada de nuestros familiares no puede durar más de  seis minutos, que solo alcanzan para  saludar y nada más. Si a eso le sumamos la poca o nula colaboración del gobierno colombiano, para no hablar de las autoridades locales o departamentales, tenemos un panorama en el que se necesita mucho coraje si uno no quiere doblegarse en la impotencia



Y coraje es lo que ha sobrado hasta ahora a Diana Pérez. Hija única y economista de profesión, se las arregla para distribuir el tiempo y las fuerzas entre su condición de hija, esposa, gerente de una empresa comercial de la región y ahora líder de la organización que lucha por los derechos de los colombianos prisioneros en China.
“Cuando me pongo  a pensar en la lejanía, en el desconocimiento del idioma, en la extrañeza de la cultura  y el hacinamiento de todas esas personas como mi padre me digo que la vida sigue, y por eso emprendo la lucha.  Imagino a mi padre encerrado  en un una celda  de seis metros de largo por tres de ancho con doce personas más, la mayoría de  de otras nacionalidades, incluidas  las de algunos paises africanos , sin poder comunicarse con ellas. Esa imagen me da fuerzas para seguir luchando por su repatriación, a pesar de la insolidaridad de las autoridades, a las que ni el caso reciente de Ismael Enrique Arciniegas, ejecutado hace  unas  semanas, ha movido a buscar otras alternativas”.

Paradojas terribles tiene la vida. Como que la única esperanza de repatriación para estos colombianos sería el diagnóstico de una enfermedad terminal. De esa clase de retorcida esperanza se alimentan las familias de ciento setenta connacionales que un día salieron de su tierra con  un par de  trajes en  la valija, un puñado de  ilusiones, un pasaporte sin estrenar y unos cuantos gramos de droga que al final les abrieron de par en par las puertas del infierno.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada



4 comentarios:

  1. Un respetuoso saludo a Leoncio y a todas las otras víctimas de este cruel tráfico.

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  2. Con seguridad, algunos ya han tomado nota de su sincero saludo, mi querido don Lalo.

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  3. El tráfico de personas en nuestra región no es nuevo, hay verdaderas mafias dedicadas a ello y ni a las autoridades ni a nadie pareciera importarle este terrible comercio de seres humanos...

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  4. Eso es lo grave, señor Pablo: que el horror se nos volvió rutina.

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