martes, 1 de abril de 2025

El guardián entre el centeno

 




                                            El guardián entre filósofos


En el calendario de la liturgia católica existen fechas entrañables: el 8 y el 25 de diciembre, el 6 de enero y el Domingo de Resurección. Todas aluden a una forma de renacimiento, a un nuevo giro de la rueda del tiempo en el que los humanos cambian de piel y se aprestan para otro ciclo de su vida.

Todo empieza- es un decir, porque el acontecimiento se da en la eternidad-  la víspera del 8 de diciembre con la fiesta del alumbramiento. Por eso, en muchos lugares se encienden velas y faroles para conmemorar el momento de la Inmaculada Concepción. En la casa de mi abuela Ana María, ubicada en una vereda llamada El Tigre, se preparaba sancocho, natillas y buñuelos para repartir entre los vecinos. Siempre asumí como un honor la tarea de llevar la ofrenda a los habitantes de las casas cercanas y de convocar a los más lejanos para que se acercaran al banquete. Muy pronto comprobé que se trataba de los mismos participantes en los convites organizados a lo largo del año para arreglar caminos, reparar puentes, tender conductos de agua o trasladar enfermos a la cabecera municipal.

 De modo que lo sucedido el lunes 8 de diciembre de 1980 tuvo un significado especial para mí. Las noticias no viajaban tan rápido como hoy cuando, gracias a Internet, resulta imposible no enterarse de las cosas. Hasta la medianoche del día siete había estado encendiendo velas con algunos amigos del vecindario en la carrera octava con calle doce de Pereira: José Ferney Escobar, Nelson Marín, César Patiño y Mario López se contaban entre ellos. Eran los mismos con los que jugaba fútbol en cuanto potrero podíamos encontrar en Pereira y Dosquebradas, en perjuicio de las vacas y caballos que se veían desplazados por unas horas.

Y entonces llegaron los portadores de la noticia. Se trataba de Alberto Berón y Jorge Enrique Osorio, dos muchachos   apenas adolescentes que había conocido en la Taberna Akí, una suerte de pequeño templo del rock ubicado en la antigua Cámara de Comercio de Pereira, regentado por los hermanos Álvaro y Jorge Guarín.  “¡Mataron a John Lennon!”, exclamaron al unísono con voz trémula y una peligrosa palidez en el semblante. Después se supo que un tipo llamado Mark Chapman, en cuyo poder, aparte de una pistola todavía humeante, se encontró un ejemplar de The Catcher in the rye, la novela de J.D. Salinger traducida en algunos países como El cazador oculto y en otros con el título de El guardián entre el centeno. La obra fue objeto de culto entre  los lectores adolescentes después de su publicación en 1951. Resultó ineludible entonces que algunos encontraran relaciones entre Houlden Caulfield, su protagonista, y el asesino del músico.


                                                     Colorado, Osorio y Berón

Por supuesto, esa noche fui a la mencionada taberna a emborracharme hasta el delirio y a  escuchar, con la complicidad de Álvaro Guarín, el cancionero completo de Lennon en solitario y el de su carrera con The Beatles a lo largo de una década. Unos cuantos feligreses hacían lo mismo y de vez en cuando nos abrazábamos en busca de consuelo. Éramos, sin lugar a dudas, el club de los corazones solitarios. En esa taberna había conocido en el mes de marzo a una muchacha de mi edad llamada Gloria Cecilia Gómez que trabajaba en una tienda de ropa- es decir, mi “ Chica de la boutique”- que una noche lluviosa me ofreció sus labios a modo de recompensa por haberle descubierto una canción de Fleetwood Mac titulada  Never going back  again.  Fue toda una premonición: justo a los tres meses se fue de mi vida y nunca más volví a tener noticias suyas.

En muchos sentidos, la muerte violenta de Lennon marcó un antes y un después en la vida de mi generación. En lo externo fue la década de la caída del Muro de Berlín y con ella el derrumbe de la utopía socialista y el comienzo del reinado del ultraliberalismo encarnado en la dupla Reagan- Thatcher, que lo puso todo en manos de las implacables leyes del mercado. Cuatro décadas y media después, tipos como Trump, Milei, Bukele y compañía son la fiel expresión de esa manera de ver el mundo donde nociones como respeto, legalidad y solidaridad han sido borradas de la faz de la tierra… por ahora, espero. En Colombia gobernaba un siniestro y patético individuo empeñado en ser una caricatura de sí mismo, a lo que ayudaba bastante su infaltable corbatín, del que no se despojaba ni a la hora del sexo, según el decir de algunos caricaturistas. Se llamaba Julio César Turbay Ayala y fue el artífice de una figura llamada Estatuto de Seguridad, que le dio patente de corso a los militares para detener, torturar, desaparecer y asesinar a todo el que consideraran un enemigo real o imaginario del régimen. En medio de esa oleada de locura perdí a Cristina, una novia de mis tiempos de universidad, cuyo único delito conocido fue ser militante de la Juventud Comunista, una especie de escuela preparatoria para quienes después serían cuadros del partido. Ese horror prefiguró lo que después sería el exterminio de la Unión Patriótica, el partido político de izquierdas que vio caer acribillados a tiros a miles de sus militantes en todas las regiones de Colombia. Entre ellos se cuenta el dirigente Gildardo Castaño Orozco, quien fuera mi profesor de Economía Política, asesinado a balazos en las calles de Pereira el 6 de enero de 1989. De modo que el Día de Reyes también tuvo en mi vida su momento de oscuridad.




Buenas nuevas

Como toda vida es un paisaje de luz y de sombras, cinco años después de lo de Lennon Alberto Berón y Jorge Enrique Osorio, con admirable vocación salesiana, me trajeron un regalo que no me cansaré de agradecerles ni a ellos ni al hecho de estar vivo: me presentaron a Juan Carlos Pérez Salazar en la Semana Santa de 1985- otra vez las fechas litúrgicas-. Acordamos una visita a la finca La Coronaria, algo así como un señuelo del paraíso, donde a veces se refugiaban sus padres, el cardiólogo Joel Pérez Soto y Celina, la madre, una conversadora infinita que parece más bien una banda sonora desenrollándose en el tiempo bajo el impulso de una memoria inagotable: basta con mencionar un nombre, una anécdota, un lugar, para que de inmediato se active en ella un  mecanismo capaz de reconstruirlo todo con inaudita precisión.

A los pocos días, Juan me prestó varios libros de cuentos de J.D. Salinger y de H.P. Lovecraft y  ese fue el comienzo  de un diálogo que no cesa de renovarse, en el que pasamos del fútbol  a la gran literatura, de ahí al rock- en ese tiempo el hombre era fiel devoto de la banda  británica Queen- y de  éste  a los chismes parroquiales que, aún hoy, repasamos con  deleite cuando me llama  algunos sábados en la tarde desde su Londres de niebla.




Cuarenta años después, esa amistad se convirtió en una hermandad de la que participa la familia entera. El viejo, Joel, de cuya compañía disfruté en medio de veladas animadas por libros, por ideas políticas y por muchas botellas de ron, murió en octubre de 2012. Pero quedan Celina y sus hijos, Juan Carlos, Mauricio y Felipe, de quien tengo una imagen impagable: la de un niño de trece años que jugaba al tenis con una raqueta más grande que él. A Mauricio lo envolvía- lo envuelve-  el mutismo de quien contempla un mundo incomprensible cuyos misterios trata de descifrar con la ayuda de muchos libros. Como dice el Antiguo Testamento, Felipe engendró a Ema y Maripaz y no sabemos a quién vayan a engendrar ellas. Por ahora, nos reunimos   cada 24 de diciembre a rezar la novena de Niño Dios, un rito que tengo el privilegio de oficiar desde hace por lo menos treinta y cinco años y al que se ha sumado mi hija Angie.

Juan vive desde hace veintisiete años en Londres, donde ejerce su oficio de contador de historias. Pero ni diez mil kilómetros de distancia ni las aguas del Atlántico han hecho mengua en la hermandad. Es más, durante su reciente visita a Colombia me sorprendió con una prueba que no admite refutación: una parte de su colección de cartas, telegramas y postales que le envié durante un par de décadas desde ese abril de 1985, hasta que Internet las convirtió en un anacronismo

 

De modo que ahí vamos: 8 y 24 de diciembre, 6 de enero, Semana Santa. Motivos de sobra para darle la razón al narrador de la obra de Antoine de Saint- Exupéry: Los ritos son necesarios.


PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=2CeO8I0cwQo