miércoles, 18 de agosto de 2010

Con otras palabras


GUSTAVO COLORADO GRISALES
Tengo  el vicio impune de releer. De todo: desde los clásicos hasta la reseña del último partido de fútbol jugado en una remota aldea de Tanzania. En el ejercicio gozoso de esa manía me encontré   un ejemplar de  La Tarde, donde el periodista Juan Antonio Ruiz publicó una columna  titulada  “Lo que cuesta tener un ministro”, fechada el jueves 3 de  Junio, es decir,  cuatro días después de la primera vuelta de las elecciones que llevaron a Juan Manuel Santos y todo lo que el  representa a la presidencia de la república. En el artículo, el columnista  hilvana algunas puntadas sobre  el cambio vertiginoso en la posición política y en las estrategias  de poder  de Rodrigo Rivera Salazar, un hombre que, en tiempos de bárbaras naciones, agitó las banderas  de la renovación y la pulcritud pero que no tardó, como buen político, en acogerse a las prácticas que un día  dijo combatir.
Sin su venia, quiero retomar algunas de las ideas esbozadas por Juan Antonio en su texto, aunque con menos corrección política y ateniéndome más a las definiciones del diccionario de la lengua castellana.  En  el tercer párrafo de la columna dice: “Quizá su permanencia de un año en Estados Unidos lo convirtió en un ser más pragmático, menos idealista, que piensa más  en  su proyección y en sus metas personales”. Pues bien, esa noción amañada del pragmatismo es una idea surgida al tenor de las enseñanzas de un hombre llamado John Dewey, que entre otras cosas le dio carta de ciudadanía a la creencia de que el fin justifica los medios, que después a nuestro hombre se le convirtió en una suerte de patente de corso para explicar giros tan retorcidos como el de equiparar el embeleco del “Estado de opinión,” tan caro a los caudillismos y totalitarismos, con la noción de Estado Social de  Derecho. En este punto surge la pregunta por el significado de la palabra cinismo, tomada no en el sentido que le dieron los griegos  sino en su acepción moderna  de  indolencia, acomodamiento o desfachatez. Que  un “valeroso columnista” y “juicioso constitucionalista” avale  tal  engendro porque le conviene a él y a sus recién estrenados copartidarios- si tal cosa, un copartidario, existe en la política  moderna- lo ubica a mitad de camino entre  los  cínicos y los pragmáticos.
Sumo y sigo. Más adelante  el autor de la columna  expresa que “Con pulso de relojero y toda su sapiencia de 12 años como congresista, Rivera se dedicó a aceitar la maquinaria del uribismo…”  Vamos con calma, don Juan, que el vocablo sapiencia no es, ni de lejos, sinónimo de marrullería y oportunismo, asuntos que  se aprenden de veras en ese universo de intereses creados conocido como política real. Esos mismos intereses que, con seguridad, llevarán a más de uno- tan pragmático y sapiente como el ungido- no a hacer cola sino a menearla para brindarle sus respetos al nuevo ministro. Por lo pronto, quiero contarles que esta columna- la mía, no la de Juan Antonio- lleva el subtítulo de “La caída de un bigote: Breve manual de lagartería o historia de una transfiguración  política.” No sobra advertirles que, a su vez, este texto admitirá su propia relectura, ahora que los colombianos parecen haber encontrado   un  funcionario perfecto para el cargo que en su momento ocupó el  recién posesionado presidente de la república.

2 comentarios:

  1. Felicitaciones Gustavo. Tu Blog está maravilloso. Por favor dame el número del teléfono celular de quien te diseñó la página. Jorge Marín.

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  2. Bueno...yo no estoy tan interesada en saber quien te diseñó la página como Jorge, aunque está bonita. Te felicito eso sí, por el premio Semana de periodismo y por tu maravillosa manera de escribir, fruto tal vez, de ese (según tú)vicio impune de estar leyendo.
    Paty Zorro.

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