jueves, 21 de julio de 2011

No todo son cifras


Las discusiones sobre una eventual reforma a la  educación superior en Colombia acabaron centrándose en el hipotético carácter  nefasto de las medidas en lo que toca  a las organizaciones de estudiantes y profesores, mientras desde el gobierno central  se descalifican las críticas adjudicándolas a  desinformación de  los movimientos   sindicales cuando no a  la injerencia de  los grupos subversivos , según  la reiterada retórica de las fuerzas armadas.
Quizás lo más nocivo de  todo esto resida, una vez más, en la facilidad  con que caemos en la trampa de abordar el desafío de la educación en términos de un universo fragmentado que ubica  en un vagón la educación básica primaria, en otro la secundaria y finalmente la superior, dejando de paso el equívoco  mensaje  de que las dos primeras no son tan importantes , cuando  en realidad es al revés : sin unas bases sólidas en  la fase de formación temprana, serán inútiles todas las reformas y por lo tanto los recursos  invertidos en la etapa de formación universitaria.
De modo que, desandando el camino, nos encontramos con un sistema de educación básica en el que todo la atención se centra en las coberturas, eludiendo la pregunta sobre  la calidad de los contenidos, la pertinencia de las metodologías y los resultados de un sistema que a pesar de los discursos, sigue perpetuando la idea de que los pobres deben prepararse para los saberes técnicos   e incluso artesanales, mientras a las capas más elevadas de la sociedad les están reservados los territorios de privilegio comprendidos en la ciencia, la acción político jurídica, el liderazgo económico y el pensamiento puro.
Es por eso que le  cuestionamos a la universidad colombiana sus deficiencias en materia de investigación y pensamiento, sin detenernos a pensar   qué tipo de recursos se han invertido para fomentar esa actitud entre los niños y jóvenes de escuelas y colegios en el sector público. Llegados al punto de los contenidos  y métodos   utilizados en estos últimos segmentos, nos encontramos con que el estímulo al espíritu investigativo  raras veces forma parte de las líneas formales de los proyectos institucionales, mientras el pensamiento crítico, indispensable para formar seres  humanos autónomos, apenas si es despachado con unas cuantas citas sin digerir, que recogen lo más prosaico y  conocido de los pensadores de moda, en un catálogo  que va de Fernando Savater a Edgar Morín pasando por  sus epígonos criollos que multiplican la bibliografía sin  ampliar y profundizar el escenario en  que se mueven.
No debemos extrañarnos entonces si en las  evaluaciones internacionales siempre reprobamos las pruebas  de lenguaje, ciencia y matemáticas.  Nada  ganamos con prodigarnos en letanías cuando algún estudio nos revela por enésima vez que somos incapaces de comprender lo que leemos y por lo tanto  nos mostramos duchos en hacer resúmenes de los textos mientras lucimos imposibilitados para emprender un diálogo con ellos. Poco o nada  avanzaremos si seguimos poniendo el acento en los indicadores de cobertura, que de paso reportan réditos inmediatos para gobernantes y políticos en ascenso. Llegados a este punto, la pregunta no es   cuántos computadores tenemos en la  escuela si no qué estamos  haciendo con ellos. Qué porcentajes de profesores  con maestría  están presentes  en el aula sino cómo están contribuyendo a la formación de ese estudiante preguntón e incómodo que está en la base del espíritu crítico  y científico. Talvez  para entonces estemos en condiciones de emprender  una reforma a  la educación superior que implique algo más que un maquillaje a la crisis académica y financiera  que ha soportado durante décadas..

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