jueves, 16 de agosto de 2012

Defensa del hijo calavera




Con seguridad, muchos de ustedes han recibido el mensaje por el correo electrónico, las redes sociales o incluso en  una hoja volante deslizada  bajo su puerta. La invitación dice así: “Descubre al niño interior dormido en ti. Talleres todos los sábados  en  horarios adaptados a tus necesidades”.Y sigue una lista de números de teléfono disponibles para quien desee acometer la enojosa tarea de despertar a los infantes.
Como creo que en lugar de un niño dormido los humanos tenemos adentro una bestia herida por siglos y siglos de represión, propongo desde  esta ventana una defensa del hijo calavera. Al fin y al cabo, no tiene sentido despertar a los chicos a un mundo de pesadilla. Hace poco leí en el periódico que uno de ellos fue  arrojado desde un piso diecisiete , al parecer   por un prójimo incapaz de  manejar a su bestia .
Para empezar, debo decir que toda familia digna de ese nombre precisa de un hijo calavera que  la salve de la neurosis.  Bien sabemos que  el exceso de normas  y reglamentos es el camino más corto para llegar a la locura. De hecho, la historia de  nuestro modelo educativo es un extenso decálogo de prohibiciones ¿No dijo un gracioso por ahí que todo lo bueno de este mundo  engorda, es pecado o las dos cosas juntas?
En realidad, no sé si el hijo calavera, dichoso como vive al margen de sus parientes  desquiciados, precise de  alguna defensa.  Pero  aquí van algunas de mis razones :
Para empezar, con todo y lo saludable que es un buen polvo, seguimos regidos por religiones empecinadas en abominar del sexo, produciendo de paso una legión de pederastas, violadores  y obsesos adentro y afuera de su estructura burocrática. Una sesión de  talleres con un hijo calavera podría resultarles de más provecho que un año entero en manos de un experto en despertar niños dormidos. Sólo él conoce el arte de deslizarse en camas propias y ajenas sin caer en la tentación de la culpa.
La segunda no es menos valedera. El  tamaño de las prohibiciones acabó por convertirnos en organismos siempre a punto de estallar, como si en lugar de sujetos pensantes y gozosos fuéramos  calderas a presión ambulantes. Para liberarlas se inventaron los espectáculos deportivos (¿Han visto a un hincha de fútbol puteando a toda la parentela del árbitro?) Los centros de diversiones (¿Se han fijado en los ojos desorbitados y en la tez lívida de un adicto a la rumba?) La pornografía ( Ah... la parábola de la impagable gratificación del sexo sin cadenas a la vista) y los cultos religiosos ( Siempre es bueno delegarle  a la insondable divinidad nuestra incapacidad para resolver los nudos de la propia vida).
La tercera reside en que las explosiones sociales derivan a la larga  en una irreversible decepción. Según  algunos sociólogos y antropólogos, el último gran intento  de liberación colectiva fue el sobre dimensionado  mayo francés de 1968. Ya todos conocemos el final: A la vuelta de pocos años sus más incendiarios  protagonistas estaban acomodados en las poltronas del poder. Para completar, sus descendientes se convirtieron en  los sumos sacerdotes de esa religión del arribismo  y el consumo que  hoy gobierna el planeta entero. Los teóricos de la conducta nos dicen que  las claves de esta última se explican por el estímulo incesante de las pulsiones de deseo y frustración que nos atan  la cadena producción-consumo-derroche-produccción por los siglos de los siglos. Nadie como el hijo calavera para sortear la dificultad : Toma la flor del día y se marcha a sus cuarteles de invierno.
Si  usted es  un hijo calavera- condición envidiable- o si es padre de alguno- situación deplorable- conoce la contradictoria posición  de las familias frente a  ese fenómeno de la cultura y la naturaleza. Al mismo tiempo les  huyen y los reverencian  como a  los monstruos de los viejos relatos. La razón es simple y ya  fue esbozada al comienzo : Los  necesitan para preservar la propia salud mental, como los griegos  precisaron del Minotauro para  comprender esa parte de sí mismos que la batalla entre los instintos y la civilización dejó encerrada para siempre en el laberinto.

6 comentarios:

  1. “En lugar de un niño dormido los humanos tenemos adentro una bestia herida por siglos y siglos de represión”, qué bella y certera frase, mi estimado Gustavo. Yo me pregunto, de qué niño interior dormido hablan los nuevos estudiosos de la conducta, si al fin y al cabo, la misma sociedad nos trata como a niños, y bien despiertos, sólo que no nos damos cuenta porque ya venimos programados y encorsetados por esos siglos de represión traducidos en el exceso de normas y principios que usted propone, y el apegarse rígidamente a esos cánones nos mantiene en una suerte de infantilismo perpetuo.
    Por suerte, la misma sociedad, en una suerte de válvula de escape, permite cada cierto tiempo el “nacimiento” de nuevos monstruos o minotauros que renuevan el aire enrarecido por tanta quietud y conformismo. ¿Qué sería de nosotros, como ente colectivo, si no existieran las ovejas negras, los enfants terribles o los hijos calaveras?
    Y otra cosa, no solamente es saludable un buen polvo, sino también una necesaria borrachera, siguiendo la receta de nuestro buen amigo Baudelaire: “Hay que estar siempre borracho. Todo radica ahí: es la única cuestión. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo, que les destroza las espaldas y los inclina hacia el suelo, es preciso emborracharse sin tregua. ¿Y de qué? De vino, de poesía o de virtud, a su antojo, pero emborráchense”. ¡Salud!

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  2. Si que es necesario el Hijo Calavera Gustavo. Es también la proyección de lo que n podrán o pudieron hacer los padres. Les muestra una libertad merecida, es, como dices, salud. Pensemos en que por más doblegado a las reglas, siempre quisimos serlo, siempre quisimos sus aventuras, su risa o su tristeza. Abrazos Gustavo,

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  3. "¿Cómo es posible atravesar de proa a popa, sin llevar en la panza un trago de ron, que nos ayude a mantener el equilibrio?" se pregunta el narrador de El barco de la muerte, la novela de ese misterioso escritor que firmaba con el nombre de B Traven, apreciado José. Creo que allì está resumida su inquietud : Cada cierto tiempo necesitamos desdoblarnos si no queremos acabar más desquiciados de lo que estamos.

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  4. Apreciaado Eskimal : Alí resside la importancia del doble, del otro. Eso que nos permite por momentos despojarnos de ese fardo que llamamos identidad, para convertirnos en algo distinto. Ese es el rol que juegan, entre otros, el carnaval y la literatura.

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  5. Mencionas al Minotauro como una clave para orientarnos, y entonces cabe preguntarse si Teseo era o no un calavera. Lo que le hizo a Procusto, cortándolo en pedacitos para que cupiera en su propia cama, parece sugerir que era sádico, una característica de los calaveras (y no hablemos de lo que hizo antes con él, y qué es lo que le atrajo para meterse con el Minotauro… ¿la misma bestia o los jovencitos y doncellas que ella tenía para disfrutar?) Lo de burlar a Ariadna, a quien abandonó por su hermana Fedra, llena el otro requisito de la inconstancia y el libertinaje… y entonces… Nada, Gustavo, que me he divertido leyendo tus reflexiones sobre el calavera como antídoto del tedio. También, claro, por las ilustraciones de los Minotauros de Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz, que era bastante calavera, como sabemos.

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  6. Ja.Como buenos paganos, los antiguos eran pródigos en calaveras y calaveradas, mi querido don Lalo. Un paseo por el Olimpo equivalía a un doctorado en la materia. O si no, fijémonos en Zeus y su colección de disfraces que le permitía colarse en los lechos de las humanas criaturas. A propísito de disfraces, nótese la inclinación de Shakespeare por las ovejas negras y sus múltiples formas de infiltrarse en sacros recintos.

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