miércoles, 1 de agosto de 2012

Suicidas y fugitivos




La revista Mind and Health  reseña  los resultados de una discusión  académica sobre los factores  determinantes  del suicidio  entre machos y hembras   ubicados en un rango de los doce a los setenta años.
La primera curiosidad reside en la motivación aparente del simposio o seminario en cuestión: Dilucidar por qué  entre los  estratos bajos de la población las rupturas amorosas tienen   alta incidencia en la decisión de acabar con la propia vida, mientras en la clase media alta y alta cobran más peso las razones económicas. Como  la quiebra o la pérdida de un alto  cargo, por ejemplo.
A primera vista parece innecesario  destinar  tiempo y recursos para discutir algo que resulta obvio.La literatura rosa, ese nunca bien valorado observatorio del alma humana,   se ha ocupado con profusión del primero de los casos. Para los pobres,  la persona amada resulta ser el más preciado, si no el único de los bienes terrenales. Un  breve recorrido por el mundo de las telenovelas o el cancionero popular nos brinda suficiente ilustración. “Sin ti  no soy nadie”, “Eres lo único que tengo”, “Todo lo que soy te lo debo ti” son expresiones tan socorridas y elocuentes en su literalidad que hacen redundante cualquier ejercicio interpretativo. En  el terreno económico las cosas corresponden aquí a otras lógicas: Al no poseer bienes materiales los pobres están libres del temor   a perderlos.  Además, en el  ejercicio  de la supervivencia son duchos en el arte del rebusque o lo que técnicos y economistas conocen como economía informal. Mal podrían temer la pérdida del empleo quienes casi nunca lo han tenido en términos legales y dignos. Como  si se necesitaran pruebas,  hace poco en un barrio popular  de  Pereira se  ahorcó un hombre que llevaba   una década sin encontrar trabajo estable. Pero el detonante  real de su decisión fue otro: El abandono de una muchacha, después de un romance de cinco  semanas.
Como ustedes habrán concluido, en los estratos medios altos y altos  la ecuación se invierte. El  poder  económico y el prestigio social tienen una relación directa con la capacidad  para encontrar pareja. Allí funciona  a la perfección una de las dinámicas del mercado: Donde hay demanda constante no tardará en aparecer la  oferta. Así que,  de no ser un caso de romanticismo mórbido, una pérdida amorosa o sexual no constituye  un asunto tan grave: Si el desairado no opta por encerrarse en su concha  los  posibles reemplazos del  amado remiso no  tardarán en aparecer. En este caso, la chequera y el corazón son por lo general vecinos bien avenidos.
Pero cuando se trata de la bancarrota o la pérdida del cargo las cosas suelen adquirir un tono distinto. En  la práctica, a estos niveles la  posición social y económica   define la identidad toda de los individuos. Soy lo  que poseo o al menos lo que detento, en este caso un  empleo capaz de garantizar prácticas de  consumo suficientes  para darle la ilusión de trascendencia a la propia vida. Cualquier amenaza  en ese frente pone en entredicho el sentido y el valor de la existencia toda. Por eso mismo, en el campo de la política los estratos medios  y altos han sido los soportes de los totalitarismos: Estos últimos regímenes  ofrecen la dosis de  fuerza y seguridad suficientes para mantener el estatus, es decir todo lo que constituye la referencia del propio valor ante la mirada de los demás. Todo posible deterioro de esas condiciones  supone el riesgo de  hacer reales las intuiciones del pensador francés Jean Paul Sastre: El infierno son los otros. Dicho con otras palabras: La medida de nuestro tormento es el ojo encargado de juzgarnos. Lo insoportable de esta última perspectiva hace entonces preferible el pistoletazo  en la sien  a la alternativa de ser   evaluados  por  aquellos que alguna vez miramos por encima del  hombro.
Los tabloides sensacionalistas son un  instrumento de primera mano  para medir los niveles de violencia de una comunidad. Infortunadamente, para efectos de investigación, los suicidios de los más poderosos casi  nunca aparecen registrados   allí. De modo que sus páginas nos ofrecen solo una cara de lo propuesto por la revista Mind and Health : La de  los pobres desairados por el amor que se beben una pócima de veneno o se arrojan a las vías del tren. Nada nos dicen de los fugitivos que prefieren  salir de escena con la ayuda de su pistola, antes  que someterse al desplante de sus socios del club.

7 comentarios:

  1. Acotando a su necesaria reflexión, estimado Gustavo, alguna vez leí que la mayor incidencia de los suicidios se daba en los varones, por una razón natural, aquello de que al hombre, los estándares socialmente aceptados le exigen que sepa estar a la altura de las expectativas, es decir: conseguir un buen trabajo y formar una familia, en esa ansiosa búsqueda de “ser alguien”(forrarse de dinero) para que los demás lo respeten. Cualquier cosa que no tenga que ver con la prosperidad material se considera fracaso. De ahí que muchos varones optan por el pistoletazo. Y en la sociedad machista de nuestra América se alecciona a las jóvenes de que se deben fijar en candidatos pudientes. La apostura, la personalidad, la inteligencia, son meras florituras que caen el romanticismo. Ya lo dijo una vez aquel brillante amargo de Ambrose Bierce, a la hora de la verdad, nuestras mujeres sólo distinguen dos tipos de hombres: buenos proveedores y malos proveedores.

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  2. Como dijo el cómico Cantinflas, estimado José, ahí está el detalle : Proveer o no proveer , esa es la cuestión. Esa premisa tiene, por múltiples razones, una relación directamente proporcional con el concepto de éxito o fracaso, nociones bastante utilizadas por estos días, con motivo de los Juegos Olímpicos. Enceguecidos por el exitismo a ultranza, muchos olvidan bastante rápido que llegar a una competencia de esas características constituye en sí mismo un logro.

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  3. Me has hecho pensar, Gustavo, en dos ideas de Cátulo Castillo, uno de los grandes letristas de tango, que reflejan la desesperación del que ha experimentado una gran pérdida y encima no tiene ni un dólar para consolarse. “Cerrame el ventanal/que arrastra el sol/su lento caracol de sueño,/¿no ves que vengo de un país/que está de olvido, siempre gris,/tras el alcohol?...” Y otra: “Por eso en tu total/fracaso de vivir,/ni el tiro del final/te va a salir.” ¿Qué es más noble, pegarse un tiro por perder el amor, por perder el honor o por perder el dinero? El honor, como el Dr Johnson decía del patriotismo, suele ser el último refugio del pícaro, y lo habitual es que se mate a otros para protegerlo, mientras que el dinero en gran abundancia es casi siempre la recompensa del tramposo. Queda el amor, pero Cátulo (el argentino, no el romano) nos quería decir que la verdadera pérdida no era la del amor, sino de la ilusión…

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  4. Un dato interesante sobre Cátulo Castillo: en realidad se llamaba Ovidio Cátulo González Castillo. Ahora bien, ¿cómo fue que le pusieron dos nombres de poetas latinos? Fue una ocurrencia de su padre, José González Castillo, un talentoso dramaturgo, director y libretista, que de paso también era anarquista, y como tal quiso ponerle a su hijo un nombre de esos que acostumbraban los ácratas, en este caso Descanso Dominical González Castillo. La idea no prosperó, claro, y don José optó por invocar a dos de sus poetas preferidos. El chico salió dotado para la música y las letras. Cabe recordar que su padre también tenía un gran talento: compuso la letra de Organito de la Tarde. La música, dicho sea de paso, fue de… Cátulo Castillo.

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  5. Por fortuna no prosperó la idea de bautizarlo Descanso Dominical, mi querido don Lalo. Me temo que el poeta hubiese acabado pegándose un tiro... por honor, supongo.
    Mil gracias, por sus revelaciones sobre ese fecundo territorio para las manifestaciones de la poesía que es el tango. Por lo demás , bastante certera la alusión al derrumbarse de las ilusiones : Al fin y al cabo no es la pérdida de los seres y las cosas lo que produce dolor, si no el conjunto de mitos, símbolos e ilusiones que edificamos sobre ellos.

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  6. Nos sujetamos, de una u otra forma, Gustavo, a algo, necesitamos que estamos desarrollándonos, entrando en una etapa de evolución personal, sea con el amor, sea con el dinero, otros, quizá, con el conocimiento. Habrá que ver eso Maestro, sería interesante ¿quién y por qué alguien se suicidaría por el conocimiento?

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  7. Bueno, apreciado Eskimal. Por lo que se deduce de la historia del pensamiento, son muchos los que se han suicidado, o por exceso de conocimiento o en defensa de sus ideas. Si bien el caso más ilustre, por lo paradigmático, es el de Sócrates, en las sociedades totalitarias muchas veces no queda una salida distinta si se pretende ser fiel a las propias convicciones.

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