jueves, 8 de noviembre de 2012

Guayabo eterno




Las palabras discurren por terrenos insospechados. En Colombia, por ejemplo,  utilizamos el vocablo guayabo para aludir a una forma especial de la añoranza, ese sentimiento de pérdida ante el carácter irrevocable de los tiempos idos. En portugués, una lengua mecida por cadencias marineras y cantos de pastores, acuden a la expresión saudade para referirse a ese estado del espíritu que no es del todo tristeza: en realidad es una  manifestación alegre de  la   melancolía.  “Tenho saudade”, exclaman  los pescadores gallegos   cuando cuelgan las redes y se sientan  a la puerta de sus casas a contemplar el mar dador de vida y olvidos.
“Tengo  un guayabo...” suspira mi mamá  cuando un ramalazo de la memoria la devuelve a momentos esenciales de su existencia. No por casualidad   guayabo es también entre nosotros el estado infernal en que nos dejan sumidos los excesos  alcohólicos. Resaca le dicen  a eso en otras latitudes. “Guayabo eterno”, le decimos al borrachín impenitente.
Metáforas aparte, es bien poco lo que podemos hacer frente al pasado. Por hermoso que haya sido, no podemos recuperarlo. Tampoco si ha sido  terrible podemos hacer mucho al respecto. A lo sumo asumirlo, asimilarlo y convertirlo en parte del acerbo de experiencias que nos ayuden a recorrer el resto del camino. Si no  lo hacemos así, corremos el riesgo de convertirnos en víctimas eternas en el segundo de los casos  o en llorones perpetuos en el primero. Mis  abuelos  campesinos  resumían ese estado de cosas en una frase inapelable: “Pare  y vuelva y monte que nadie lo vio”.
Como los individuos, las sociedades también tienen sus fórmulas para glorificar o lamentar el pasado. Uno escucha el himno de una ciudad o un país y se sorprende  de la proliferación de gestas y héroes inventados por los autores para consolarse de la prosaica realidad. Ese  es el truco de gobernantes como Hugo Chávez,  que explica en buena medida  su vigencia política en Venezuela: su capacidad para presentarse como versión rediviva de un Simón Bolívar irreal, fabricado a la medida de las frustraciones de su pueblo. A un presente oscuro se opone un improbable pero sugestivo  pasado glorioso.
Es hora de decirles  a cuento de qué viene todo este rodeo. Con motivo de los preparativos para la celebración de los ciento cincuenta años de Pereira, distintos columnistas y comentaristas de prensa han dedicado sus espacios a invocar  una época heroica  signada por el civismo como  una de las señas de identidad local y regional, responsable de hipotéticas grandezas pasadas.  A punta de convites y  espíritu cívico- nos dicen- se levantaron obras tan importantes para el desarrollo de la ciudad como el aeropuerto,  el hospital y la villa olímpica. En parte eso es cierto, pero en su propósito de reforzar el mito omiten mencionar las inversiones públicas y privadas que hicieron posibles esas obras. Convencidos así de su idea, nos invitan e recuperar el civismo como fórmula para enderezar el rumbo. Pero olvidan un detalle. Esas prácticas son posibles- y admirables- en sociedades pequeñas donde los habitantes se reconocen en los quehaceres diarios: la siembra, la compra venta, las muertes o el juego. Por eso mismo se sienten partícipes de un destino común. A lo anterior se suma la presencia de líderes fáciles de identificar: el cura, el alcalde, el médico, el boticario, la matrona inspirada en los principios de la caridad cristiana. La voluntad colectiva se expresa así  en acciones dirigidas a resolver problemas puntuales: falta de puentes, vías, puestos de salud o medios de transporte.
Para bien  o para mal nuestra sociedad de hoy es otra. Por eso mismo se enfrenta a desafíos  y oportunidades distintas a las descritas por quienes cantaron y contaron sus primeros tiempos. No será entonces con invocaciones nostálgicas como podremos mejorar las cosas. Tendremos que revisar nuestro sistema de valores,  para incluir entre ellos el respeto a las diferencias y la noción de justicia social en un medio signado por desigualdades ofensivas y exclusiones mal disimuladas. En caso   contrario estaremos destinados a despertarnos cada día en medio de un guayabo eterno.

8 comentarios:

  1. En cuestiones sociales, la nostalgia suele ser el lamento por un privilegio perdido, una prebenda agotada. Hace unas horas, sin ir más lejos, los analistas más conservadores de Estados Unidos lloraban al descubrir que el electorado blanco y masculino ya no basta para imponer una política reaccionaria, misógina y racista al resto de la población. Que para la sociedad en general el acto de lamerle las b… a los ricos (mientras se llenan los bolsillos) ya no parece tan sabroso y reconfortante como hace 10 o 20 años. Lloran porque ya no tienen a Reagan, sin saber que el manantial de la nostalgia nunca es de personas ni de lugares, sino de tiempo, esa escurridiza dimensión que no se puede recuperar.

    ResponderEliminar

  2. La añoranza por un pasado ideal es una de las claves de los regímenes totalitarios, mi querido don Lalo. De allí su defensa a ultranza de la familia y la tradición. No por casualidad conceptos como pureza, perfección o felicidad constituyen algunos de sus recursos más socorridos. Paradójicamente,su carácter inalcanzable los vuelve más sugestivos : la improbabilidad de una una Edad de Oro situada antes del tiempo constituye su principal atractivo.

    ResponderEliminar
  3. Lamento llegar tarde.No sabía que “guayabo” expresaba también el sentido de la nostalgia profunda, amigo Gustavo. Aquí tenemos un vocablo más o menos equivalente para la evocación de lo querido y fuera de nuestro alcance: “amartelo”, se enfermó de amartelo solemos decir, especialmente en el campo amoroso. Don Nilo Soruco, un poeta y cantor de mi tierra, compuso en sus años de destierro por las dictaduras, una sentida canción celebérrima que lleva por título “La Caraqueña” y que comienza, más o menos así: qué lejos estoy, qué lejos estoy/ de mi ansiedad/ mi rio, mi sol, mi cielo, llorando estarán…
    Por demás está decir que los bolivianos no concebimos nuestras farras al ritmo de una guitarra sin el concurso de esta canción, aunque el ch’aki (resaca) nos haga pagar al día siguiente. Les paso el vínculo de Youtube, está en ritmo de cueca, un género emparentado con la cueca chilena, la zamba argentina y la marinera peruana.

    http://www.youtube.com/watch?v=cX84GgsOiMo&feature=related

    Y aquí intepretado al estilo de una zamba,por el grupo argentino Amancay, para Lalo:
    http://www.youtube.com/watch?v=zUv2hC2TjkU&feature=related

    ResponderEliminar
  4. Saludos desde la fuente! donde los titanes fueron encadenados... por los falsos heroes modernos.

    Bueno Maestro ... muy buen articulo... pero SI. En este momento aunque los falsos Pseudoheroes modernos nos quieren decir que ya no tengamos esperanza y que nos demos por vencidos y por "vendidos" ... si es bueno tener un referente aunque sea mitológico para levantar la voluntad de este pueblo de arrodillados... arrodillados por una visa, por puestico, por una bequita "cultural", por un mercadito... Por esa mentalidad de "vencidos-vendidos"... es que perdimos la brújula... y ahora nos gobiernan o dirigen falsos héroes, falsos revolucionarios que se esconden en la verborrea y el populismo: rajamos de los extranjeros todo el dia pero llega cualquier gringo alcoholico, en decadencia y le abrimos los museos... mientras le cerramos las puertas a los jóvenes talentosos de nuestra ciudad- llega el guerrillero asesino enriquecido con secuestros y amenazas y lo ponemos de alcalde de la capital - llega el paramilitar asesino y le damos voz para denunciar hij#$"!&!!... y ahi esta ese politiquero Nacional! EL PEOR DE TODOS pues es el que se aprovecha de esa mentalidad de "vendidos-vencidos" ... y seguimos arrodillados.

    Por eso las gestas, los cantos y los poemas de los héroes deben seguir siendo cantadas o gritadas... para que en algun lugar inspiren a los pueblos a enfrentar al mal que esta corrompiendo nuestras almas... porque cuando no enfrentamos a los malvados, a los corruptos... hacemos parte de ese sistemita que tanto criticamos.
    DEPRONTO ALGÚN DÍA LOS TITANES SE LEVANTEN Y HAGAN TEMBLAR ESTA TIERRA CORRUPTA.

    Un abrazo Maestro!
    http://www.trejoscomics.blogspot.com/

    ResponderEliminar
  5. Gustavo, creo que ahora el civismo, de ese que tanto hablan en las columnas, debe ser propuesto con otra palabra, ciudadano. Ser ciudadano, así podríamos reinterpretar nuestro lugar, así, supongo lo que usted dijo: "Tendremos que revisar nuestro sistema de valores, para incluir entre ellos el respeto a las diferencias y la noción de justicia social en un medio signado por desigualdades ofensivas y exclusiones mal disimuladas" Podría ser analizado y propuesto, pues ahora creo que esa unión, el colectivo tiene que preocuparse por la crítica a los regionales, interesarse en ellos para saber qué dicen, que proponen en relación con lo que pasa, lo que enfrentamos, y lo que vendrá, siendo propicio para la ciudad. Sí tiene razón, habrá que ver hacia adelante, aceptar que tenemos otros problemas, nuevos problemas, situaciones que afrontar, y claro, que no podrá olvidarse el pasado, pero que no se puede seguir construyendo con las mismas herramientas utilizadas en tiempos anteriores, hay que mejorarlas, renovarlas o crear otras.
    Por cierto, sobre el guayabo, eso acá en México significa lo que en nuestra tierra, demanera coloquial, se le conoce (entre hombres) como izar bandera. Entonces decir "Tengo guayabo" Es algo visto con cierta picardía.

    ResponderEliminar
  6. Qué bello eso de amartelo, apreciado José. El misterio del lenguaje siempre tendrá sorpresas para quienes quieran apreciarlo. A propósito de guayabo, creo que de manera consciente o inconsciente, Plinio Apuleyo Mendoza apuntaba en esa dirección cuando le puso del título de El olor de la guayaba al libro con su entrevista a García Márquez.

    ResponderEliminar
  7. Algo va de un mito a otro, apreciado Trejos. Una cosa son los mitos que corresponden a intuiciones profundas del individuos o la especie y otra muy distinta aquellos prefabricados a la medida de los intereses de quienes detentan el poder y pretenden ocultar tras un pasado ilusorio los desastres causados por una gestión en la que los apetitos particulares priman siempre sobre el interés común.

    ResponderEliminar
  8. El concepto de ciudadano va ligado al de democracia, apreciado Eskimal. Como en nuestro medio está última es algo meramente formal, reducido al hecho de depositar un voto y delegar en otros la defensa de los derechos, resulta apenas comprensible que el ciudadano sea una entelequia cuyo valor real depende de su capacidad de consumo.
    Vueltos al campo del lenguaje : qué fasicnante resulta siempre la variedad de matices y sentidos que puede adquirir un vocablo, dependiendo del usuario o del lugar de la geografía donde es utilizado.

    ResponderEliminar

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: