jueves, 11 de abril de 2013

Criaturas en fuga



Uno de los tópicos del negocio del turismo es la imagen de un japonés ataviado con camisa hawaiana, pantalón corto y sandalias, disparando su cámara Sony frente a todo cuerpo vivo o  inerte calificado como digno de  ser retratado. Al final la tribu vuelve a casa con un catálogo de instantáneas sin ninguna diferencia con aquellas utilizadas por las agencias de viajes para promocionar sus planes: bailarines de milonga en la Argentina, indios Mapuches de Chile,  pirámides en el  Valle de los Reyes, crepúsculos en los Himalayas, jubilados ante  la torre Eiffel  o  amantes furtivos navegando en los canales de Venecia.
A  la vuelta de pocos años  la práctica dejó de ser exclusiva de los turistas, japoneses o no. Con el advenimiento de la era digital ahora son legión  los individuos  niños, jóvenes, adultos o viejos, consagrados con minuciosa obstinación a registrar en sus cámaras de fotografía y video cuanto encuentran a su paso, empezando por el propio rostro reflejado en vitrinas y estanques, al modo de modernos Narcisos fascinados con su propio fantasma. Nada escapa a su demencial cacería de imágenes: edificios, paisajes, transeúntes, ceremonias, animales, celebridades, avisos publicitarios y automóviles son objeto de un asedio  explicable solo por una epidemia de pavor ante las arremetidas del olvido.
Por ahí va la cosa: los terrícolas del siglo XXI  hemos sucumbido a los terrores de la disolución. El tiempo pasa cada vez más rápido, decimos cuando se acerca una época revestida de algún significado ritual, como la navidad o la  Semana Santa en la cultura occidental. Pero en realidad somos  nosotros los que pasamos por la vida a velocidad de vértigo, sin tiempo para  esa clase  de conocimiento del mundo y de nosotros mismos alcanzable solo a través de la pausa y de la paciente observación.  Atrapados en el engranaje de la producción y el consumo, apenas si disponemos de una tregua  para reponer energías mediante comidas rápidas, breves periodos de sueño con sobresaltos... y excursiones cuyo único propósito parece ser el de coleccionar imágenes fotográficas y de video. Poco importa en realidad el estrato social de los individuos  o las familias. En el fondo las angustias son las mismas. En los niveles bajos son  los afanes de la supervivencia, en los medios los del estatus y en los altos se trata de la conservación del prestigio y el reconocimiento.
Asaltados por la sospecha de la imposibilidad de  la experiencia y la memoria, condiciones para construir los mínimos referentes de  identidad individual y colectiva,  nos aferramos a las imágenes como prueba de vida.  Yo  estuve allí, yo viví esa situación, crucé esos mares, besé a esa muchacha, parecen decirnos. Por eso no tienen sentido  si no se divulgan a través  del clan familiar o de las redes sociales. “Lo publico, luego existo” parece ser la consigna general.  Eso explica  en buena medida la  multiplicación de imágenes sexuales privadas en  Internet. En principio tienen una intención documental: registrar  un momento placentero. Acto seguido  irrumpe  la pulsión: la experiencia pierde sentido sin su difusión. Lo íntimo pasa entonces a ser público, con todas las consecuencias que puedan derivarse de ese sutil cambio de enfoque. En medio del apuro olvidamos lo más importante: las vivencias  intensas y profundas se fijan por sí solas en  la epidermis del ser. Por  lo tanto no precisan de  ayuda externa.  Solo cuando devienen puesta en escena, espectáculo, necesitan el artificio.
Si una imagen es la  representación mental o gráfica  de una idea o un acontecimiento, el frenesí actual sugiere  que la aventura de la vida ha sido suplantada por su representación. Sin darnos cuenta hemos vuelto  a la caverna  de Platón. Vamos por el mundo arrastrados por una fantasmagoría armada con fragmentos de aquí y  allá. Desasidos de lo más esencial de nuestra condición escapamos hacia adelante armados de una colección de  fotografías y videos, con  un agravante: cada minuto podemos borrarlos y reemplazarlos por  una nueva memoria, es decir por una historia  personal recién inventada ¿Cómo  volver entonces a lo más entrañable, a la caligrafía secreta de nuestra aventura en la tierra? Por lo pronto, las señales de esta última  se parecen cada vez más a los resplandores biliosos de las pantallas de  televisión parpadeando en la madrugada desde las habitaciones de los insomnes: ni más ni menos que la estela dejada  en  su estampida por millones de criaturas en perpetua fuga.

4 comentarios:

  1. Ah, qué excelente texto, amigo Gustavo. Atrapados en esa prisa por vivir, nos hemos dado a la tarea de fotografiarlo todo para testimoniar que hemos sido partícipes de alguna experiencia. Ese clásico grafiti del “estuve aquí” que rayábamos en algún tronco o pared, hoy lo hemos reemplazado por una retahíla de imágenes grabadas sin mucho sentido sólo para presumir ante los conocidos. Como usted bien dice, hemos perdido la capacidad de observación, de abandonarnos a la contemplación de todo lo que nos rodea. De ahí que ya no recordamos casi nada, tenemos que auxiliarnos de las imágenes para recordar algún episodio o viaje. Hasta las fotos, saben a permanente artificio, y las personas retratadas parecen actores buscando siempre la mueca. Qué distinto de las fotografías antiguas, que al contemplarlas, uno tiene plena certeza de que son momentos conservados de vida auténtica, aun en la desgracia y la pobreza de la gente, siempre ha quedado registrada cierta dignidad. Hoy, vemos una fotografía recién sacada y sólo nos damos cuenta (si es que lo hacemos) que testimonia nuestra banalidad y simple condición de mortales, como pasajeros instrascendentes de la vida. Pensándolo bien, tenían algo de razón esa tribus primitivas de Papúa y otros sitios que se negaban a ser fotografiadas porque temían que les robasen el alma. El tiempo les ha dado la razón, me temo.

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  2. Apreciado José: aparte de la razón, el tiempo les ha devuelto a esos pueblos la certeza de que solo haciendo un alto en el camino podemos mirar las cosas en perspectiva y en esa medida empezar a comprenderlas. A nosotros en cambio, la paciente espera, la observación minuciosa, el reconocimiento de los seres y las cosas nos han sido vedados por un torbellino en el que cobran vigencia las premonitorias palabras de Karl Marx, citadas en el título de un bello y lúcido libro de Marshall Berman:"Todo lo sólido se desvanece en el aire".

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  3. Ay, Gustavo, me reconozco en tu post. Estoy otra vez de viaje y fotografío hasta las moscas. Lo peor es que con las camaritas digitales podemos registrar miles y miles de fotos, casi todas estúpidas pero que nos parecen preciosas en su momento. Tal es nuestra condición. Un saludo desde Sesimbra.

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  4. Bueno, mi querido don Lalo: ojalá no las borre muy pronto. A propósito: las moscas son todo un tópico en la literatura. De entrada me viene a la memoria el poema de don Antonio Machado : "Vosotras las familiares/ inevitables golosas".
    Un abrazo y felices fotos,
    Gustavo

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