jueves, 18 de abril de 2013

La vida de los muertos



“Muchas tumbas estaban guarnecidas con escudos y banderas de equipos del fútbol profesional colombiano. Casi todas decoradas con flores de plástico, pasta e icopor: margaritas, anturios, simprevivas, heliconias, nomeolvides, azucenas, girasoles, grandes rosas rojas fijadas con cemento dentro de pequeñas materas”.
                                                  Balas por encargo
                                                  Juan Miguel Álvarez
                                                  Rey+Naranjo Editores
                                                  2013

Toda tumba cuenta una historia. La historia de una vida. De todas las vidas: a través de su silencio ensordecedor asistimos, si aguzamos bien los sentidos, al relato  siempre doloroso, algunas veces gozoso y casi siempre vano de la aventura humana. Si la muerte, al cerrar el  círculo de manera perentoria y definitiva, le da sentido  nuestros pasos en la tierra, la tumba y el sepulturero devienen actores claves  para comprender la vida de los muertos. Y Colombia es, bien lo sabemos, un país amasado con la piel y la  sangre de muchas víctimas. No por casualidad la palabra paz cobra un sentido especial  para nosotros. Amparados en su promesa, los políticos  de distintas facciones  se han repartido el poder desde los tiempos de las guerras de independencia.
A reconstruir algunas de  esas vidas desde los recursos del periodismo narrativo ha dedicado sus últimos años el  periodista  y escritor colombiano Juan Miguel  Álvarez. Formado en la escuela de los grandes maestros del reportaje ha publicado en medios como El Espectador, La Tarde o El Malpensante minuciosos   y detallados relatos sobre algunos aspectos de ese tortuoso camino llamado Historia de Colombia. Entre ellos destacan los cientos de cuerpos  atrapados  en los remolinos de Beltrán, un recodo del río Cauca  ubicado a la altura del municipio risaraldense de Marsella. Hasta  allí iban a parar los dolientes de las víctimas de la violencia  en el departamento del Valle, en busca del rastro de sus hijos, esposos, mujeres o padres caídos en esa oleada de demencia protagonizada por paramilitares, guerrilleros,  traficantes de drogas  y agentes del Estado.
También  se ocupó en su momento de las ejecuciones sumarias ordenadas por las que nuestro miedo o hipocresía optaron por llamar “fuerzas oscuras”, aunque todos sepamos quienes son y dónde están. Uno  de esos relatos, publicado en la edición digital de la revista Semana, provocó la airada reacción de la dirigencia local, preocupada porque las denuncias afectaban, según palabras textuales,  “la imagen de la ciudad y la región ante el país  y el mundo”. Claro: están acostumbrados  a  concebir al periodista  no como un contador de historias dichosas o terribles, sino como un promotor turístico, un amanuense del poder o  cosas peores. En menos  de veinticuatro horas el texto fue retirado, sentando de  paso un riesgoso precedente para la libertad de expresión.
Siguiendo ese tono de preocupación ética y estética, Juan Miguel Álvarez publica ahora su libro “Balas por encargo”, un trabajo de la editorial Rey + Naranjo Editores y presentado en  la versión 2013 de la  Feria Internacional del Libro de Bogotá. Con un riguroso nivel de documentación, a través de sus páginas asistimos a algunos de los acontecimientos  que han marcado para mal el último medio siglo de la historia nacional y regional. Los gérmenes de los carteles del narcotráfico que  muy pronto hicieron metástasis en todos los sectores de la vida del país. La legitimación social del sicariato como forma de supervivencia y ascenso social. La ineludible  disolución de los referentes éticos y  sus consecuencias para el cuerpo entero de la  sociedad. Pero además de eso el autor contribuye a desmontar un mito forjado   a varias voces entre dirigentes gremiales, políticos y medios de comunicación: que la relación de Pereira y Risaralda con los  grandes grupos criminales ha sido únicamente la de lugar de refugio, territorio neutral o escenario casual  para dirimir sus conflictos. La realidad es otra: en la década de los sesentas del siglo pasado ya se gestaban poderosas agrupaciones a las que no fueron ajenos algunos hijos conspicuos de las élites locales. Si uno lee con atención comprende porqué ha sido posible mantener altos niveles de consumo y crecimiento a pesar del colapso de algunos sectores de la economía  legal y su consiguiente impacto en las cifras de desempleo. Pero, como todo buen libro de periodismo narrativo, “Balas por encargo” es mucho más: es por ejemplo, una mirada a esa visión del mundo anclada en el dinero como valor supremo, responsable entre otras cosas de los abrumadores niveles de corrupción y del tendal de muertos que nos hablan en cada capítulo de nuestra historia.

6 comentarios:

  1. Haces muy bien en destacar la doble condición de Juan Miguel Alvarez, de narrador y periodista. Un escritor debe caminar con dos piernas. Tu observación sobre la realidad que pone al descubierto Balas por encargo me hace recordar algunas denuncias de Leonardo Sciascia sobre la verdad tras el progreso aparente de Sicilia en uno de tantos momentos penosos de su historia: el mafioso siempre estaba un barrio más allá, en el nuestro no operaba…

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  2. " Progreso aparente". Con esas dos palabras define usted con precisión lo acontecido con mi ciudad en las últimas décadas, mi querido don Lalo. A propósito : en Camorra, el libro de Roberto Saviano, se ilustran con precisión las complejas y terribles urdimbres de " El sistema", es decir, los juegos de poder elaborados, al contrario de lo que muchos piensan, con las mismas reglas de la legalidad y la "decencia".

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  3. Pasmado quedé con la brutalidad con que describía su compatriota Fernando Vallejo acerca del mundo de los sicarios. Ese relato desnudo, sin florituras, natural y conciso, narrado con esa forma tan personal, fue un todo un descubrimiento para mi, allá cuando rondaba la veintena, me refiero a “la Virgen de los sicarios”. Y ahora que usted destaca a otro colombiano, cada vez me llevo más la impresión de que su país sigue pariendo cronistas notables. No será casualidad que Latinoamérica esté viviendo un nuevo boom, según pude leer, el del periodismo narrativo, nacido al calor de la violencia, la pobreza y los procesos políticos que está atravesando la región, que según algunos autores, del realismo mágico hemos pasado al realismo trágico. Siguiendo esa lógica, Colombia y México son los dos países que desde hace algún tiempo están dando las mejores camadas del género. Al contrario, en mi país, hay cierto letargo, el periodismo de investigación está muy lejos de la narrativa, para mejor muestra, no tenemos ni un solo portal en internet tipo Malpensante, JotDown, etc.

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  4. Apreciado José: a propósito de la crónica, la escritora venezolana Susana Rotker postula en su libro "La invención de la crónica" una hipótesis inquietante: que ese género, definido a su vez por Juan Villoro como una especie de ornitorrinco de la literatura, es en realidad una invención latinoamericana. Según esa idea, nuestra realidad es tan demencial, tan desaforada, que tuvimo que inventar un nuevo género para poderla nombrar. En Colombia una de esas formas del delirio es el narcotráfico y una de sus muchas derivaciones perversas: el sicariato. De auscultarlas a fondo se han ocupado algunos de nuestros mejores cronistas.

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  5. Gustavo, me he quedado atrás con su blog. Me pondré al corriente. Y por el libro me da mucha alegría por Juan Miguel, pero es triste el tema del cual trata el libro, según he leído e su artículo, y lo que retomo de las crónicas de Juan Miguel. Sin embargo, es necesario contarlo, y volverlo a contar porque no podemos olvidar nuestros males, nuestros agravios. Qué será de una generación venidera ¿qué será de su memoria y su amor a lo humano si no sabe qué pasa en su mundo, en su sociedad, en la esquina del barrio donde vive?

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  6. Será necesario contarlo una y mil veces, apreciado Eskimal, hasta que despertemos de esta larga y dolorosa noche, que es la otra cara de " El país más feliz del mundo", según revelan las encuestas de marras.

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