jueves, 17 de julio de 2014

Dígamelo en castellano





El evento tuvo lugar en Pereira, Colombia, un país que, entre  más de un centenar de dialectos, tiene como lengua oficial  el castellano. En ella se han escrito poemas tan bellos como los  Nocturnos de José  Asunción Silva o novelas tan  colosales como Cien años de soledad. En ese idioma tejieron  sus relatos los cronistas de Indias, abrumados por la desmesura del paisaje y lo inabarcable de las distancias.
 Por lo visto, a los organizadores de ese  seminario, congreso o feria no les bastó la lengua utilizada por Porfirio Barba Jacob  para escribir su Canción de la vida profunda, porque decidieron ponerle el siguiente nombre: “Coffee Break  for Business  and Technology”.  Además, entre sus productos se encontraba un show room, aparte de un espacio para clusters y commodities.
Ya sé que algunos de ustedes me van a moler a palos. Van a decir que estamos en tiempos de la globalización y por lo tanto debemos pensar en grande, según dicen los teóricos de la administración y el crecimiento personal. En esa medida el conocimiento  y utilización de un segundo idioma  es cuestión de supervivencia.
Y tienen  toda la razón. Pero mi malestar no tiene relación alguna con el  patrioterismo- sentimiento que detesto- y menos con esa forma de pasión desmedida por lo propio que anula de entrada el reconocimiento de los  valores ajenos. Simplemente pienso que todo tiene su tiempo y su  lugar: está muy bien que nuestros  ejecutivos y empresarios se capaciten para hacer negocios en todos los idiomas, incluidos los mencionados en el relato bíblico de  la Torre de Babel. Se necesita como mínimo el inglés para negociar con un extranjero que nos visita  o cuando en procura de nuevos mercados viajamos  a lugares  remotos de la tierra
Pero que hablemos-  bastante mal, por lo demás- la lengua de Shakespeare y Los Beatles entre nosotros mismos no puede ser sino una muestra de ese esnobismo hijo del sentimiento de inferioridad que caracteriza a los individuos  y a las sociedades  ansiosas de reconocimiento ajeno. Eso hasta se les perdona  a los muchachos cuando ofician sus rituales en las discotecas de moda o a través de  los códigos de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. De ahí  a recibir todos los días invitaciones que hablan de coaching , outsourcing y benchmarking o escuchar a  programadores de radio presentarse a sí mismos como diyeis media un trecho  bastante grande.


 Y es  que llevado al campo de los adultos hispano hablantes el asunto se vuelve sospechoso. El evento en cuestión  pudo haberse llamado Un café para hablar de negocios y tecnología. Suena  hasta más acogedor. Además, el mensaje es claro, preciso y conciso, como lo piden los expertos en comunicación. Referirse a  cadenas productivas en lugar de clusters, reemplazar  show room por sala de exhibiciones y decir materias primas en lugar de commodities  resulta más amable y  cálido para un lector u oyente. Si la lengua  nos define  en tanto individuos y parte de un colectivo, utilizar las viejas y conocidas palabras  nos  hace sentir en familia. Ya  lo han repetido cientos de veces iniciados  y profanos: la única patria verdadera es la lengua. Cuando viajemos o recibamos visitantes extranjeros tendremos  ocasión de poner a prueba  la vastedad o precariedad de nuestros conocimientos. Por ahora, dígamelo en castellano.

4 comentarios:

  1. Me imagino que usted se mareó entre tanta palabrería inglesa y otros manejos arbitrarios y ridículos del lenguaje que últimamente está de moda en nuestro continente, para darse un aire “cool” en el mundo de los “bisnes”. Yo no sé qué tienen los “modernos”, como los llama un crítico de cine, para despreciar la lengua materna, que como usted bien dice resulta más amable y cálida en cualquier evento o feria en suelo propio. Y lo que es peor, sumarse a esa tontería de poner a los hijos nombres extranjeros para supuestamente salir de lo común. Ya decía Carlos V, con su claro acento germánico, a un enviado francés: “entiéndame si quiere, señor ministro, en mi lengua castellana, que es tan noble que merece ser entendida por todo cristiano”. Siglos después, parece que aún no aprendemos a respetarnos a nosotros mismos.

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  2. Jackson Andrei, es el nombre de un futbolista de la segunda división en Colombia, apreciado José. Supongo que , en tiempos de la Guerra fría, ese hubiese sido un gesto simbólico de buena voluntad y acercamiento entre gringos y soviéticos. Pero para un muchacho de estos tiempos debe ser un fardo bastante pesado el nombrecito en cuestión.
    Y más que oportuna su cita de Carlos V : entiéndame en mi lengua castellana, que cuando lleguemos a China nos entenderemos en mandarín.

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  3. El periodismo tiene gran parte de la culpa en esto. El periodismo de medio pelo, quiero decir, que no se tiene confianza en el uso del castellano y entonces engarza perlas inglesas o francesas, para demostrar su cosmopolitismo. Muchos periodistas, especialmente los jóvenes, quieren que sus textos sean especiales, diferentes, luminosos. Y las citas y/o expresiones en una lengua extranjera vienen muy bien... Siempre y cuando esa lengua no sea guaraní o serbocroata, que no gozan de mucho favor. Mi idioma predilecto es el latín... Si, yo también estoy en esto.

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  4. Ja, la semana pasada vi la andanada de uno de sus lectores contra el uso gratuito del latín, mi querido don Lalo. Justamente ese es el argumento esgrimido por muchos de quienes abusan de los anglicismos: que el inglés viene a ser algo así como el latín de estos tiempos... aunque albergo serias dudas al respecto.

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