jueves, 4 de septiembre de 2014

El umbral del misterio





Lo bueno de visitar librerías de viejo reside en que uno nunca pierde el viaje. Al contrario de las otras, repletas de novedades, libros de moda y textos de autoayuda, de las primeras  siempre se sale con un tesoro que yacía agazapado en un estante, como un animal al acecho de  su presa.
De mi último recorrido  regresé con una joya que  me reconfirmó de golpe la  abismal diferencia entre  valor y precio. Se trata de las conversaciones entre Goethe y el ensayista y poeta J.P Eckerman, asiduo  contertulio de su  casa en Weimar, convertido con el paso del tiempo en ayudante y albacea de algunas de sus obras. El tomo, de algo más de quinientas páginas, pertenece a esa colección de los Clásicos Jackson, que enriqueció bibliotecas familiares enteras, hasta que la indolencia o la avaricia de los herederos las dispersó  por las librerías de segunda mano, para regocijo de los bibliófagos.
Si uno logra sobreponerse a la percepción inicial de que Eckerman se proponía ante todo  enrostrarle al mundo su amistad con el poeta, encontrará  en cada uno de las páginas un asomo a esa forma de belleza que es una inteligencia elevada.  Fechadas entre 1823 y 1832, año de la muerte del maestro, las conversaciones  iluminan todo el tiempo las eternas preguntas formuladas por los hombres desde que descubrieron el arte de pensar : el amor, la muerte, el poder, la virtud, el dolor, la dicha y la disolución final de toda gloria mundana.


“ Vivimos rodeados todo el tiempo de milagros y misterios.  El hombre de ciencia, el espíritu religioso y el poeta se pasan la vida intentando desvelarlos, para descubrir al final del camino que no pudieron pasar de los umbrales del misterio”, nos cuenta Eckerman que le dijo Goethe durante una de las caminatas por su  refugio en el campo. En eso consiste, en  últimas, la parábola de Fausto y  Mefistófeles: ni vendiendo su alma puede el hombre  acercarse a la esencia de los seres y las cosas. Aunque a veces le parezca  que se  acerca  bastante.
Acompañándolos  en su recorrido, uno descubre  - y comparte- la adoración de Goethe por el genio de Shakespeare . “ Todo lo terrible y lo bello de lo humano ya está condensado en él. A los demás solo nos queda  beber en su obra”, le  dice una vez a su confidente. A  lo anterior se sumaba su respeto por la poesía de Schiller y lord Byron. Lo mismo pensaba de la cultura griega  y de  pintores como    Rubens o Rafael : los veía  como un fuego en el que  todo artista debe purificarse si de veras pretende crear algo distinto.
Distinto. No original. Como todo espíritu grande, el autor de Las tribulaciones del joven Werther sabía que lo original  no pasa de ser una  falacia. Peor  aún:  una pose  de señoritos  arribistas. Desde su visión del mundo  entendía que visitar una y otra  vez el legado de sus predecesores para contarlo de otra manera, la suya, constituía el único camino para ofrecerle a su época otra versión de las cosas.   Esa  aceptación lúcida de las claves de la creación artística lo hizo grande. Tanto , que el duque Carlos Augusto de Sajonia- Weimar- Eisenach lo incorporó a su corte. Necesitaba de su diaria dosis de lucidez para no sucumbir a la embriaguez y la desmesura del poder. Claro que los enemigos del poeta interpretaban las cosas de otra manera: veían  en la aceptación del cargo  una muestra de su desmedida ambición, pero eso ya es otro asunto. Para Goethe esa no era más que otra manera de cumplir su misión.


“Mozart murió a los treinta y seis años; Rafael, a la misma edad, y Byron, poco más tarde;pero todos habían cumplido su misión, y ya era tiempo de que se fuesen para que les quedase algo que hacer a otras personas de  este mundo,calculado para una larga duración”, declaró después de una velada animada por los buenos vinos.
J.F Goethe cumplió con creces su misión. Tanto, que le sobró tiempo para celebrarlo. Al modo de un Omar Kahyam o Li-po, lo dijo  en unos versos que son en sí mismos una revelación : “ Cuando uno ha bebido/ sabe la verdad”

6 comentarios:

  1. Dichoso usted, que puede disfrutar todavía del placer de recorrer librerías de segunda mano y pillar joyas como la que nos revela sobre las disquisiciones del poeta alemán y su amigo. Es un magnifico ritual que en sí mismo ya significa una fiesta para el espíritu, y el toparse con títulos ansiados, recorriendo con los dedos esos bordes deslucidos y hojearlos con satisfacción de niños apenas tiene parangón entre los placeres de esta vida. En mi ciudad no queda ningún kiosco ni siquiera un mercadillo de pulgas donde pueda uno abandonarse a la búsqueda de tesoros, al contrario, como usted bien sabe, abundan las ferias de comidas y otras distracciones para el cuerpo. Y las escasas citas libreras que se dan son solo ferias baratas de libros de autoayuda, bestsellers y textos profesionales. Soplan malos tiempos para la lectura.

    ResponderEliminar
  2. Anímese, apreciado José : funde un sitio de esos. Sería una librería de viejo regentada por un joven. Por lo demás, siempre he visto ese tipo de locales como una suerte de paraíso al que, tarde o temprano, van a parar los libros que valen la pena de veras.

    ResponderEliminar
  3. POr eso digo que nuestras conversaciones...

    ResponderEliminar
  4. Ja, querido compadre : nuestras conversaciones...

    ResponderEliminar
  5. Es curioso como un gran autor reacciona ante un talento superior. Goethe admirAba a Shakespeare pero no se sentía idntimidado hasta el punto de dejar de escribir, como fue el caso de Walter Scott, que dejó de escribir poesía porque, según el mismo admitió Byron lo hizo avergonzar de sus propios esfuerzos. Para compensar, Scott se concentró en desarrollar su invento literario, la novela histórica. Sea esto bueno o malo que lo decida cada uno. Averiguando sobre Scott y Robert Burns, debido al inminente referendo por la independencia de Escocia, refresque la diferencia básica entre estos dos grandes literatos escoceses: Burns votaría, claro esta, por el si, mientras que Scott lo haría por el no.

    ResponderEliminar
  6. Mire por donde, mi querido don Lalo: Goethe admiraba la obra de Walter Scott, al punto de utilizar expresiones superlativas para referirse a su Ivanhoe. Curiosamente, con el paso de los años,esta último terminó incluida por la industria del libro en los catálogos de las novelas de aventuras. Es por eso que muchos de los que no la han leído la consideran de manera injusta como una obra menor

    ResponderEliminar

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: