martes, 14 de julio de 2015

Viva y deje morir




                                                    Ovidio en su paraíso

Calmadas las aguas luego del despliegue mediático concitado por la negación y posterior aprobación y práctica de la eutanasia  al ciudadano Ovidio González, zapatero,  bohemio,  genio espontáneo del humor negro y otras hierbas, resulta saludable plantear algunas reflexiones.
La más obvia consiste en preguntar qué hubiera sucedido  si en lugar de ser el padre del celebérrimo caricaturista Matador,  Ovidio fuera un zapatero más de los que hicieron  de  Pereira un gran centro de producción de calzado en los años sesentas y setentas del siglo anterior. De hecho, el viejo regentó durante varias décadas su taller y almacén de calzado Bianchi, hasta que la apertura económica arrasó con él.
Resulta claro que el frenesí mediático no lo desató el drama de Ovidio y su familia, que lo arropó con un cariño y una solidaridad  ejemplares. Fue la fama de  Matador, no el dolor de Julio César González- así se llama el pobre tipo- de su madre y sus hermanos lo que concentró cámaras, plumas y micrófonos. Tanto, que en medio de tanta entrevista en la que le tocó responder pendejadas, tuvo un rapto de lucidez: “Resulta paradójico que mi padre, que no tiene cara porque la devoró el cáncer, se haya convertido ahora en el rostro de los cientos de invisibles que afrontan un drama similar”.
Ahí está el detalle: de los olvidados, de  los sin voz, de los hombres invisibles nadie se ocupa: sus tribulaciones no venden ni concentran sintonía. Ahora  que el caso de Ovidio González sentó jurisprudencia en Colombia, se hace más necesaria que nunca la creación de  Veedurías que acompañen  el proceder del negocio de la salud, que como bien lo señaló  Matador en una de sus caricaturas, no tiene pacientes si no clientes. Por eso al final resultan más importantes las encuestas de satisfacción que  la vida misma de las personas.


En  fin que todo esto fue como si Matador- no Julio César, insisto- se hubiera plantado en pelotas frente al sistema de  salud entero y le hubiera gritado en la cara : ¿ Ustedes no saben quién soy yo ? Cuando lo descubrieron salieron prestos a  cumplir lo que debieron haber hecho desde el primer día.  Por eso el viejo Ovidio, que ya descansa en olor de santidad, le respondió a un médico que lo llamó  durante esas horas de alboroto: “Si ustedes me hubieran hecho la eutanasia  desde el primer día yo ya estaría callado”.
La segunda  pregunta gravita sobre los derechos del constituyente primario y su obligatorio cumplimiento.  El caso de  Ovidio González demostró una vez más, que en últimas los políticos, los medios, los gremios y los grupos de poder están casi siempre  por encima del ciudadano. De ahí que columnistas como Fernando Londoño Hoyos se hayan convertido en voceros de toda una cruzada contra   la tutela, el instrumento creado por la Constitución del 91 para defender a la gente. ¿Qué sería hoy de las miles de personas inermes frente al todopoderoso sistema de salud sin esa herramienta? Salvo si son hijos, hermanos, padres o amantes  de algún poderoso, pocas oportunidades tendrían de  replicar.


Por supuesto esa discusión  demanda también  aclarar los componentes del contexto jurídico en el que médicos y organismos prestadores de servicios de salud deben cumplir con la disposición constitucional que protege el  derecho de todo individuo a  decidir una muerte digna en caso de enfermedad terminal. ¿Quién define este último concepto? ¿Con qué parámetros lo mide?  No puede ser por porcentajes: “el célebre índice Karnofsky”, por ejemplo, afirmó un médico en  medio del debate sobre el caso de don  Ovidio. De la  claridad alcanzada en esas  discusiones dependerá que cada una de las partes involucradas (enfermos, familiares, médicos, instituciones) pueda obrar en derecho y sin  perjuicio de nadie.


Coda: resulta una muestra de la inaudita estupidez humana que  una persona luche hasta el final por su derecho a la eutanasia, y luego una panda de aduladores pague avisos de prensa lamentando su “ sensible fallecimiento”.
PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta  entrada.

4 comentarios:

  1. He visto que el caso ha sido reflejado en la BBC, El País y otros medios importantes. Sin duda, servirá de referencia para la legislación de otros países latinoamericanos. que aun se resisten a abordar el tema ya sea por principios éticos o religiosos. Morir con dignidad, en circunstancias especiales o irreversibles , también debería ser un derecho humano, con mayor razón cuando el afectado esta en pleno uso de sus facultades mentales. Bastante surrealista el dolor fingido de los fariseos, por cierto; solo faltó que la clínica y sus médicos hubiesen publicado sus condolencias.

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  2. Por poco lo hacen... digo, lo de la clínica, apreciado José.
    Parafraseando a Cioran, podemas decir que la vida , pasión y muerte de Ovidio González fueron todo un breviario de lucidez.

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  3. Uno de los problemas es la irrefrenable tendencia de la gente con cargos de responsabilidad a protegerse el trasero. Para los políticos, especialmente, y también para muchos "profesionales de la salud", que deberían ser mucho más comprensivos, es más fácil aguantar los reproches de los enfermos traicionados y de sus familiares antes que correr el riesgo de que los acusen de complicidad con un acto de "irresponsabilidad social", o lo que sea que se esgrime ahora para no enfrentar la realidad.

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  4. Mi querido don Lalo : por desgracia, un motivo tan noble como el célebre " Juramento de Hipócrates" se convierte en muchos casos en pretexto de hipócritas para mantener al enfermo atado a la cadena productiva del negocio de la salud y a la familia pagando facturas que no van a redundar en la recuperación del paciente.
    Si a lo anterior le sumamos un procurador que insiste en manejar los asuntos públicos pasando las cuentas de su camándula, tenemos como resultado un panorama nada alentador.

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