jueves, 13 de agosto de 2015

Palomitas de maíz





Póngale el nombre que usted quiera: alborotos, rosetas, gallitos, pacones, poporopos, popcorn , crispetas  o palomitas de maíz. El  asunto es que la irrupción de estas golosinas de sal o azúcar en los teatros  de las élites  representa  para mí el peso de la cultura  popular y su irrenunciable aporte al sostenimiento de las estructuras simbólicas de la sociedad.
Hagamos memoria: la historia oficial nos dice  que sucedió en  Missouri durante la  Gran Depresión de 1929. Una mujer llamada Julia  Braden les solicitó a los administradores del Linwood Theater autorización para instalar un puesto de venta de palomitas de maíz,  un producto barato y llenador,  que pudieran pagar los empobrecidos ciudadanos de la  época, necesitados de  un entretenimiento capaz de distraerlos de una realidad en la que reinaba la incertidumbre. Es fácil  concluir  que la sobredosis de sal obligaba a su vez  a la compra de Coca-cola, lo que dio lugar a uno de las parejas más célebres de todos los tiempos. Tan famosa al menos como la de  Bonnie and Clyde,  Laurel  y Hardy, Lennon  y MacCartney o Silvestre y Piolín.


Cuando hablo de cultura popular me refiero a los valores profundos de una comunidad,  no a la  vulgaridad rampante patrocinada por promotores de  canciones   y productores de películas en las que la degradación  del lenguaje y las relaciones entre las personas descienden  a simas de imposible retorno.
Cuando el mundo anglosajón acuñó la expresión  Cultura Pop se refería a esos valores. Fue así como las canciones de Woody Guthrie y los salmos del profundo sur se incorporaron a la gran tradición importada desde Europa por los colonos que desembarcaron  del Mayflower. Algo similar  sucedió con la pintura, la literatura, la poesía, el teatro. La célebre  pintura de la lata de sopa Campbell´s o la fotografía multiplicada de Marilyn Monroe fueron postuladas por Andy Warhol- él mismo un subproducto de la cultura popular- como un intento, acaso fallido, de  redescubrir lo sublime en lo cotidiano.


A menudo olvidamos que lo  clásico-  concebido de forma maniquea  como opuesto a lo popular- en realidad echa raíces en este último.  La obra entera de Shakespeare  abrevó en las tabernas y en los puertos, dos lugares donde la  cultura suele  acopiar nuevos bríos. Antes de ingresar a los salones parisinos el tango fue una épica de malandrines, putas y orilleros. Johannes Brahms  emprendió un viaje de vuelta a sus queridas danzas húngaras antes de tomar el camino de sus más celebradas sinfonías.



 Vueltos a la tradición  de habla hispana, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha no es nada distinto a un paciente  recorrido  por  la tradición popular que nos lleva de los cuentos árabes a  los relatos judíos pasando- cómo no-  por el fértil legado de los visigodos y de los innúmeros  pueblos que surcaron la península. En el pasado reciente, en un desesperado intento por avivar los  nacionalismos, los militares  argentinos  artífices de la Guerra de las Malvinas prohibieron  la emisión de música en inglés, abriendo de paso las puertas para la expresión de quienes se les oponían  a través de sus canciones,  dándole así nuevo aliento a las  voces de millones de inmigrantes llegados  de todos los lugares de la tierra.


  Volvamos a los años veinte: en  sus albores, el cine carecía de sonido. Como el analfabetismo  reinaba, el acceso a las películas se reducía a las élites. Con la llegada de las películas sonoras el espectáculo se abrió  a otros sectores de la población: las masas de trabajadores y  funcionarios creados por la  revolución  industrial. Tras la crisis, lejos de morir, el  cine se convierte   para muchos en  el séptimo arte, o el arte del siglo XX.  Décadas más tarde el jazz, el gospel, los spirituals , el folk y algunas vertientes de la música clásica mezclarán sus sangres para dar lugar a un fenómeno musical   tan fascinante como el rock. Igual  que las palomitas de maíz, las manifestaciones de la cultura popular están allí para insuflarle vida a lo que amenaza ruina. 

PDT:  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

4 comentarios:

  1. La identificación de cultura popular (Pop Culture) con el "pop" de popcorn antes que con el "pop" de popular me abre los ojos, Gustavo. (No lo digo por eso de "eyes popping with amazement".) No conocía la anécdota de Julia Braden; es fantástica, por esa relación que apuntas de popcorn, cine y gaseosas, nacida en una época de vacas flacas. Y lo del tango, el jazz y el origen popular de tantas y tantas expresiones artísticas nos recuerda que cuando el arte dejó de representar lo divino (bah, cuando dejó de estar al servicio de la iglesia) comenzó a nutrirse de los burdeles, un lugar donde los artistas se sentían como en su casa... Es fascinante tu tema de hoy.

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  2. Ya lo dijo Faulkner , mi querido don Lalo: el mejor sitio para escribir( y podemos añadirle un largo listado de actividades artísticas) es un burdel - putiaderos, les decimos en Colombia-.
    En esa línea, el bulín de los argentinos vendría a ser un sitio de oración. Por donde uno lo mire, la cultura popular brota como flor natural del arrabal y los outsiders son los encargados de cultivar ese jardín.

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  3. Por estas latitudes las conocemos como pipocas, y ciertamente son parte del paisaje callejero de nuestras ciudades al alcance de la mano por su bajo precio y una auténtica molestia en los minibuses con gente dándole a la masticada. Magnífica lección de historia, cine, danza, música y cultura popular en un buen combo, y aun me pregunto cómo puede haber novelas monotematicas tan extensas cuando se puede decir tanto en pocas lineas. Y a propósito de aquello de "redescubrir lo sublime en lo cotidiano" el inconveniente es que se les ha ido la olla a sus impulsores y demas émulos al no tener limite en sus creaciones, elevando a cotas de arte lo vulgar y chabacano sin mayor regla que su propio criterio. De ahi que el pop-art suene a blando, simplón y trillado, especialmente en el ambito de la música.

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  4. El gran problema, apreciado José, empieza cuando los seres y las cosas empiezan a volverse caricaturas de sí mismos. Bastaría con dos ejemplos : el ya mencionado Andy Warhol y la imagen del Ché Guevara explotada hasta la sociedad, al punto de que un sector de la industria se conoce con ese nombre.
    Con todo, a la cultura popular no le queda salida distinta a la de renacer una y otra vez. Pero cuidado, que lo popular no puede ser sinónimo de vulgaridad y menos de la chabacanería que usted menciona.

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