jueves, 20 de agosto de 2015

¿Quién le teme a Joseph E. Stiglitz?




 “No se debe  ver el desempleo como  sólo una estadística, un “conteo de cuerpos” económico, víctimas accidentales en la lucha contra la inflación o para garantizar que los bancos occidentales cobren. Los desempleados son personas con familias, cuyas vidas resultan afectadas – a veces devastadas- por las políticas que unos extraños recomiendan y, en el caso del Fondo Monetario Internacional, efectivamente imponen. La guerra moderna de alta tecnología está diseñada para suprimir el contacto físico: arrojar bombas desde 50.000 pies logra que uno no “sienta” lo que hace. La administración económica moderna es similar: desde un hotel de lujo, uno puede forzar insensiblemente políticas sobre las cuales uno pensaría dos veces si conociera a las personas cuya vida va a destruir”.

 
Por el párrafo  anterior, que aparece en la página sesenta y ocho de su libro El malestar en la globalización,  el profesor  Joseph E. Stiglitz  hubiese  sido  acusado de  “rojillo” sesenta años atrás. De hecho, eso piensan de él los electores  del Partido Republicano y no pocos militantes del bando Demócrata. No por casualidad, el viejo maestro que conoció de primera mano las mil caras de la pobreza durante sus dos años de permanencia en Kenia, es algo así como una prueba andante de la incorrección política. Por eso no tiene problemas en hablar de imperialismo , para referirse a algunas aberraciones de la globalización,  aunque esa palabra haya sido proscrita luego de la caída del bloque comunista.
 Asesor del Gobierno Clinton y vicepresidente del Banco Mundial, , aparte de académico de primer orden, Stiglitz conoce la entraña de un modelo económico que ha demostrado como ningún otro en la historia su capacidad para producir y acumular riqueza, al tiempo que multiplica pobreza y miseria a lo largo y ancho del planeta.


El profesor parte de una premisa  generalmente aceptada: la globalización en sí misma no es buena ni mala. Ni siquiera es nueva. De hecho, gracias a ella el mundo ha experimentado portentosas transformaciones  signadas por el intercambio económico y cultural. El problema son las políticas trazadas por quienes controlan ese mundo, que ya no son los antiguos Estados sino las corporaciones  capaces de nombrar  presidentes  y ministros de  hacienda. Por eso, organismos creados con el propósito de erradicar la pobreza y  estabilizar las economías, acabaron  convertidos en instrumentos de los grupos de poder. Tanto , que  a menudo olvidamos un detalle: que  desde su creación funcionan con dineros públicos aportados por todos los países, aunque en la práctica obedecen a  los intereses de los ocho más ricos.
Stiglitz conoce todo eso. Sabe por qué los poderosos sacralizaron el libre mercado y, de paso,   estigmatizaron al Estado en su condición de regulador obligado de las relaciones entre sus asociados, es decir , de responsable de fijar reglas para gestionar lo público  y lo privado. Por eso mismo- nos dice- en el discurso político moderno reina la hipocresía: mientras en los llamados Tratados de Libre Comercio los más fuertes se aseguran de proteger sus productos, al mismo tiempo obligan a los más débiles a abrir sus mercados. Para ilustrarlo apela a una metáfora marina: “Es como si pequeños botes tuvieran que arreglárselas en medio de un mar embravecido, mientras  los grandes buques navegan y pescan a su antojo”.


Cuando  los derechos ambientales y laborales  son vistos como obstáculos a superar quiere decir que algo se  pudrió en el modelo. Claro : quienes toman las decisiones son personas que ven naturalmente el mundo  a través de los ojos de la comunidad financiera, nos recuerda este hombre lúcido a través de las casi quinientas páginas de su libro. Para  su fina mirada,  y tal como lo plantea  en uno de los capítulos del texto, el lema del Banco Mundial : "Nuestro sueño es un mundo sin pobreza", no pasa de ser una promesa incumplida.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
 https://www.youtube.com/watch?v=DzIRo1mXGkw

6 comentarios:

  1. Me impactó la foto del campesino/refugiado/indigente con chinelas o chancletas... !hechas con botellas de plástico! Es tan poderosa esta imagen de ingenio y miseria como la metáfora que citas de Stiglitz, de los pequeños barcos en el mar embravecido, que dice en pocas palabras lo que mil discursos de nuestros revolucionarios de comité no son capaces de transmitir: que las reglas se hacen para controlar a la gente ordinaria.

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    1. Mi querido don Lalo : la fotografìa es de un chico de África y lo de las chancletas es toda una industria.
      Según cuenta Stiglitz esas imágenes , repetidas y multiplicadas durante su estadía en Kenia, le cambiaron su visión del mundo.

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  2. Su último parrafo refleja cabalmente lo que viene sucediendo en los últimos meses en Bolivia: el caudillo fiel a su politica de "le meto nomás" ha autorizado a las petroleras a efectuar sus exploraciones en reservas forestales, sin importarle siquiera que la Carta Magna que él mismo promulgó, establece la consulta forzosa a las comunidades indigenas. Muy cinicamente se ha justificado que "la consulta previa es una pérdida de tiempo". En resumen, el caudillo actua como el más perverso capitalista mientras a los cuatro vientos proclama fervorosamente que su gobierno es anticapitalista, siendo reconocido y premiado internacionalmente por ello, incluso.

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    1. Apreciado José: los caudillos de todas partes piensan- o dicen pensar- una determinada cosa, de acuerdo a los intereses del momento. O , para utilizar su propio lenguaje , con " pragmatismo político".

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  3. Gustavo, poco a poco este mundo tomará las figuras de las distopías de la ciencia ficción. Lo que nos acabará no será el deterioro del medio ambiente, esto es una consecuencia, ni el orden y el caos del universo, nos acabara, como sociedad, son esas estructuras empresariales, de multinacionales, económicas, al fin, que parecen escapar de sus mismos dueños como humanos. No sé por qué me vino a la cabeza Cthulhu.
    Saludos.

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  4. Cthulhu, Blade Runner, Mad Max : todas esas " ficciones" son en realidad visiones de lo que nos aguarda al final del camino, apreciado Eskimal. Después de todo, el único sentido del capital es su propia reproducción y acumulación. Y esa locura no puede parar, a pesar de las buenas intenciones de algunos.

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