jueves, 10 de septiembre de 2015

La morada del silencio





 “ La poesía no es asunto de palabras/ ni  una catedral de linotipia”, escribió una vez el poeta colombiano  Gabriel Jaime Franco. Acaso sin haber leído esos  versos, el también poeta Eduardo López Jaramillo hizo suya esa visión del oficio. Hermana natural de la música, la gran poesía está hecha, ante todo, de silencio. Es este último el que le da sentido al flujo de las palabras. Sin él, asistiríamos a un remolino de sonidos  desprovisto de todo  significado.
Dotados desde su nacimiento de una capacidad  especial para valorar el silencio, los poetas orientales han sido constante fuente nutricia para algunos de los grandes poetas de occidente. Entre estos se encuentran T. S  Elliot y   Ezra Pound, ambos cercanos a los afectos literarios de López Jaramillo. Una muestra diáfana de esa influencia podemos encontrarla en estos versos : “ Dorada por el sol / tu piel temprana/gastóse entre las aguas rumorosas/ el colérico rey de la mañana/ puso en ella la marca  de tus rosas”.


Sobre  esas sutiles cadencias está edificada el arte poética toda de Eduardo López. El poema citado forma parte del libro  Perfil sin sueño, incluido a su vez en el volumen Noche de cada noche, publicado en una bella edición , al cuidado de Luna de Locos el Festival, con el apoyo de la Universidad Tecnológica de Pereira. Además , tanto la carátula como el interior del libro fueron ilustrados con obras del artista Ramón Vanegas, que en buena medida expresan de forma visual algunas de las intuiciones del poeta.

                                              Eduardo López Jaramillo

“Inútil pedirle a la palabra un gesto/ Inútil demandarle nada/El silencio la habita/la roe/ la vuelve sentido”, nos recuerda  López Jaramillo en su poema  Lógicas. Como podemos notar, lo suyo   es una declaración de principios: las palabras  no son tributarias del poema. El poema se debe  a ellas. Debe aproximarse  a sus confines con el respeto y el temor de un amante  convencido de que siempre puede ser desdeñado. Ajenas a la algarabía con que suele  asociárselas, las palabras están en realidad más próximas  al elocuente mutismo de las piedras, que guardan en secreto su testimonio del paso turbulento de los hombres. No por casualidad la piedra es  a  la vez metáfora de fuerza y discreción : todo en ella es sugerencia.  No resulta por tanto azaroso que grandes escultores  hayan insistido en que su trabajo consiste en realidad en  extraer con el cincel los grandes secretos ocultos  en el interior de las piedras desde el comienzo de los tiempos.


“ Un poco antes/(pues la leyenda admitía cronómetros anticesáreos)/ la Poesía resucitaba de una pesadumbre geológica/ Geológicamente presa en memorias de piedra/ Templos/ y en los súbitos pasillos de los palacios”. La palabra se resiste. Se ensimisma. El poeta ha de ser , por lo tanto, alguien dotado de mucha paciencia. La escritura  de un buen poema podrá tomarle años. Deberá insistir una y otra vez, hasta que el verbo se revele  ante sus ojos como una flor súbita que no  tardará en desvanecerse, dejándolo desamparado ante el tamaño de un misterio tan poderoso como el contenido en estos versos: “Urdo  frente a los cuerpos un ritual imposible/ y en silencio crece/ a veces/ un cardo” leemos en un poema titulado   Segunda meditación. El verso recobra aquí su vieja acepción religiosa : el silencio como templo para la meditación, único camino posible para el conocimiento, o mejor, para el reconocimiento de uno mismo.  Ese es el sentido último del vocablo religión :  religar , volver a ligar lo fragmentado. Esa  es la función última del rito y del mito. No por casualidad el autor  volvía siempre  a los viejos relatos de la mitología universal: en el mito anida el poema y el poeta debe emprender un largo viaje iniciático  para tratar de encontrarlo.  Nada  garantiza que logre su propósito, como lo demuestra la suma de estridencias que muchas veces confundimos con la poesía. Por lo leído en esta Suma poética Eduardo López  lo consiguió y regresó para contarnos sus visiones en la morada del silencio.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

6 comentarios:

  1. Muy justa la observación del poeta, del silencio royendo a la palabra, contribuyendo a su sentido; a fin de cuentas el silencio es imprescindible en el contrapunto musical. Convengamos en que a John Cage se le fue un poco la mano con su 4'33", pero los poetas entienden el mensaje.

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    1. Ja, ja. Digamos que lo de John Cage es un caso extremo, mi querido don Lalo. A propósito de extremos, hace más de una década una banda argentina cuyo nombre olvidé publicó lo que un crítico llamó " album de culto": la tapa de un disco ¡ sin disco!

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  2. Será el karma o qué, mientras intento ingresar un comentario, un imbécil acaba de sabotear el cada vez más exiliado silencio con petardos de la casa al lado, no importa el motivo. Qué más puedo decir, desapasionado de la poesia hace tanto tiempo que sólo atino a recordar por medio de la música a veces. Como estos versos que se le escapan al vocalista de Radiohead en un ruego desgarrado:
    ....sin alarmas y sin sorpresas/ silencio, silencio /este es mi último espasmo/ mi último dolor de estómago/...sin alarmas y sin sorpresas, por favor.

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    1. Bueno, apreciado José : desde hace medio siglo hay quienes afirman que, desencantada de sí misma y de las vilezas del mercado editorial, la poesía emigró hacia los confines de la música. Tipos como Bob Dylan, Neil Young, Serrat , Sabina y Tom Waits tienen bastante que decir al respecto.

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  3. Gustavo, recuerdo una crónica que hice sobre Eduardo López Jaramillo y que fue premiada por un concurso de Comfamiliar en el 2005, creo. Ahora anda por ahí en internet en una página de la UTP sin mi nombre. Bueno, la deducción es que a través de la crónica uno encuentra ciertos asombros en la región, y uno de ellos fue Eduardo López (Para La Urbana hice una crónica sobre su amigo Benjamín Saldarriaga, a quien también es importante darle méritos. Inclusive, cuando lo entrevisté, me dijo que tenía listo un diccionario mitológico, ese libro deberían buscarlo los editores pereiranos).
    Uno de joven tiene la idea de lo cosmopolita, del mundo por fuera de la llamada provincia, epíteto que no me gusta, la verdad. Y López Jaramillo nos descubrió como herederos del mundo, como Borges lo hizo en América Latina, Eduardo tuvo una labor más difícil, fue al de mostrarlo a una ciudad como Pereira, que en su momento, y quizá aún, no acepta diferencias o impulsa la envidia ante una figura como él.
    Quizá soy muy barbero, según los mexicanos, lagarto, allá en Colombia, pero ante el manto de oscuridad que le han puesto a este gran poeta y ensayista, y novelista, y narrador de cuentos, y promotor de la cultura, y traductor, y creador de antologías. Uno de los muy pocos intelectuales de Risaralda, hay que intentar elevarlo un poco para que vean quien fue. Por eso me alegra este trabajo de Luna de Locos, el cual quiere decir dos cosas. Que hay mayor interés por los que no deben de olvidarse, que poco a poco López Jaramillo tendrá su lugar dentro de la literatura colombiana.

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    1. Apreciado Eskimal. La literatura no ofrece más que dos opciones: los malos libros van al olvido y los buenos siempre encuentran su lector... así sea varios siglos después.
      Considero que la obra de Eduardo López Jaramillo poco a poco a ido encontrando sus lectores , más allá de los límites mentales y geográficos de la parroquia. Sus poemas, ensayos y relatos, así como su novela Memorias de la casa de Sade tienen tal alcance que no hay motivo alguno para temer el olvido.

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