jueves, 14 de abril de 2016

Tambores en la noche




 Al fondo, muy al fondo del tiempo, suena un tambor en la cerrada noche de África.
 A miles de  kilómetros de allí, esclavizados, humillados y ofendidos, una mujer y su hijo siguen a través  de selvas y mares el sonido de ese tambor.
Quizás sea, apenas, el sonido del propio corazón.
Han sido despojados de todo, menos de su anhelo de libertad. Para alcanzarla disponen de una inagotable dosis de dignidad... y de buena memoria.
Sobre esas claves   está construida la novela titulada La hoguera lame mi piel con cariño de perro, de la escritora colombiana Adelayda Fernández Ochoa, ganadora del Premio  Casa de  las Américas en su edición 2015.

                                             Adelayda Fernández Ochoa

Para empezar,  podemos decir que la búsqueda de la identidad individual  es un tópico de la literatura de todos los  tiempos. Está en el Antiguo Testamento  en el relato de José y sus hermanos.  Aparece   una y otra vez en  las aventuras narradas por el viejo Homero. Atraviesa de norte a sur las literaturas hispanoamericanas. De  modo  que la novela de   Adelayda Fernández se  inscribe en esa tradición, y además la honra.
Apelando al recurso de  un diálogo infinito entre  Nay de Gambia y su hijo Sundiata, la autora  reconstruye el camino de sangre y dolor recorrido por  millones de hombres y mujeres secuestrados   en sus bosques ancestrales y transportados  como carne en salmuera hacia las minas  y las plantaciones de América. En esa medida la novela  es la recreación de un oprobio. Pero por eso mismo es también un canto al coraje. Nay le transmite a su hijo   la decisión de volver a la tierra de sus hermanos y sus dioses. De ese modo  le  devuelve el sentido a una vida reducida  a mercancía por traficantes y hacendados. Como telón de fondo, resuena el estallido de la pólvora en las guerras civiles colombianas, de las que los  negros no tardan en volverse otra  vez carne de  cañón.
Al fondo. Muy fondo del tiempo, sigue sonando un tambor en la cerrada noche de  África.


Mientras llega el momento, Nay de Gambia se inventa pretextos para seguir su camino. Al principio sigue  las huellas de Sinar, el padre de su hijo. Más tarde, el guerrero libertario  Candelario Mezú será el  motivo de sus  desvelos. A su  lado, experimentará esos estremecimientos del cuerpo  que a veces  se aproximan al milagro: “Desfallecemos juntos. Afuera se revientan los sapos, y este es  el único nido de mi vida, aquí he vuelto a tener  noticias de mi cuerpo, ¡ah!, tan atento a mis latidos, todo lo presiente, todo lo sabe, surge de la pasión con preguntas sobre mí, y su vigor me abraza, me acaricia, me socava con la tortura más dulce”, recuerda y escribe, escribe y recuerda  Nay, antigua princesa de Gambia convertida en esclava. Quien conserva la memoria tiene  a la mano un arma para proseguir el combate. Así lo dice un antiguo proverbio de sus ancestros: “Mientras el león  no aprenda a leer, la historia seguirá siendo contada por el cazador”.
Al fondo, muy al fondo del tiempo, suena cada vez más fuerte un tambor en la cerrada noche de África.
Nay de Gambia aprendió que en el mundo de los amos blancos todo se compra con oro. Con el fruto de su trabajo ella lo adquiere, lo atesora, lo defiende. Sabe que  es una manera de acercarse al sonido del tambor. Con el oro se cruzan aduanas, se compran  salvoconductos, se consiguen pasajes en  barco y en chalupa, se paga el silencio de los poderosos.


Dotada de un magnetismo sexual  heredado del león y el tigre, Nay de Gambia hechiza por igual a sus  amos  y a sus hermanos. Eso le da una seguridad en sí misma que contagia a su hijo. Movidos por esa fuerza cruzan montañas y pantanos, eluden a los gendarmes  y llegan al mar. Sobrevivientes de muchas celadas  abordan una embarcación que, no por casualidad, lleva el nombre de  Princesa: el mundo está sembrado de presagios y resonancias que  Nay de  Gambia sabe descifrar. El camino de agua los llevará primero a  Europa y luego los dioses  del viento y de la  hoguera se encargarán de aproximarlos a la costa de África, donde al fin  los llamarán por su propio  nombre y les devolverán por esa vía lo más esencial de su sangre y de su historia.
Cerca, muy cerca, suena un tambor en la noche limpia de  África.
 Con un lenguaje  que palpita al ritmo del corazón de los protagonistas, la narradora   ha conseguido acercarlos- y acercarnos- a  lo más cierto de sus raíces hechas  de tierra  y sangre. Al final, resulta apenas   anecdótico que la princesa Nay de Gambia y su hijo Sundiata aparezcan con su nombre y su rol de esclavos en la novela María, de Jorge  Isaacs. Devueltos  por obra y gracia de las palabras a sus  bosques  y a sus dioses, devienen materia  de una memoria  al fin recuperada.  Solo entonces, vuelven a ser uno con su tierra y su cielo, con sus demonios de las cuevas y sus dioses del aire. Plenos de sí mismos sienten, como una recompensa, que la hoguera lame su piel con cariño de perro.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

4 comentarios:

  1. Hechizante historia que por su magnífica reseña dan ganas de leer la novela de un tirón. Aquello de la búsqueda de identidad me hizo recordar una lectura de hace pocos días. Resulta que en México viven al menos un millón de negros bien mexicanos como sus paisanos pero sistemáticamente ninguneados al extremo de que la policía anda hostigándolos todo el tiempo como si fueran inmigrantes caribeños. Ni cantando dos veces el himno y nombrando gobernadores de varios estados me dejaron en paz, se quejó uno de ellos. Incluso se menciona que dos mujeres de la misma etnia fueron deportadas a Honduras y otro país porque no les creyeron sus versiones, más tarde cuando las regresaron vía diplomática ni siquiera se disculparon con ellas ni mucho menos las compensaron.

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  2. Como quien dice, discriminación por partida doble: étnica y burocrática, apreciado José. En teoria, Colombia está regida por disposiciones constitucionales que garantizan la "igualdad de oportunidades". Pero, en últimas, se trata solo de eso : teorías. En la práctica uno ve otra cosa. A pesar de tratarse de un país marcado por el mestizaje, en la vida diaria los no blancos casi siempre son los no ricos, los no empleados, los no educados. Es decir, vivimos en sociedades signadas por la negación.

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  3. Maestro, esta novela se me antoja. Sobre todo porque, creo yo, recupera el sabor de las novelas de aventuras, y, por otro lado, me recuerda a un poeta colombiano que me gusta mucho, Candelario Obeso.
    No había escuchado Canalón de Timbiquí ¡Que voces más poderosas!

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  4. No se quede con el antojo, Eskimal. Trate de conseguirla, que bien vale la pena la aventura.

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