jueves, 12 de mayo de 2016

El goce de narrar




Cuenta Mircea  Eliade que en los campos de concentración  soviéticos tenían más posibilidades de sobrevivir los prisioneros que corrían con la fortuna de  tener un cuentero entre sus compañeros de celda. De  alguna forma los relatos les insuflaban fuerzas para soportar el tormento.
Del mismo modo, en Las Mil y una Noches  la princesa Sherezada  consigue eludir una y otra vez la cuchilla  que pende su cabeza, hilvanando una  historia interminable cuyo desenlace mantiene en vilo al rey.
 En la infancia la lectura de cuentos constituye la forma más certera de adentrarse en los inciertos meandros del  sueño, plagados de pesadillas.
Más  adelante, los amantes se hechizan unos a otros  tejiendo historias reales o inventadas  acerca de la propia vida.
Así pues, en  la dicha o en el infortunio, en el placer o en el dolor, el goce de narrar está siempre presente  para acompañar y darle otro sentido a la aventura humana.


Ese goce lo encontramos en cada una de las páginas de Crónicas de Eme Zeta, la selección de textos periodísticos de Emilio Correa Uribe, publicada por el Instituto de Cultura y Fomento al Turismo de Pereira, como una de las obras ganadoras  de la convocatoria de estímulos 2015, en la categoría Obra inédita de un autor fallecido.
Como sucede   siempre con este tipo de textos,  los de  Emilio Correa  Uribe resultan imposibles  de clasificar. A través de su lectura, uno va del artículo de opinión a la viñeta y del ensayo breve a la anécdota, pasando por   ejercicios que rondan la ficción. Por  eso lo más práctico es definirlos como crónicas, en tanto este género supone de entrada un intento de recrear las situaciones experimentadas por un individuo o una sociedad en un momento dado. Para  el cronista la ciudad en particular y el mundo en general son apenas un pretexto para contar historias.
En el caso de Crónicas de Eme Zeta (este era uno de los seudónimos del autor), se trata de la  Pereira comprendida entre 1921 y 1954. Tres décadas que abarcan hasta un año antes del asesinato de Emilio  Correa  Uribe durante el  gobierno del dictador Gustavo Rojas Pinilla.


Una muestra de esa ciudad  aparece en el texto titulado  Un oficio  peligroso:
La última que nos faltaba. La verdá, pa´ mi Dios, que la noticia me tiene completamente preocupado. Casi que no pude  pegar los ojos. Y es que no es para menos. Un hombre anda por allí “desnudándose completamente” delante de  las señoras del sexo femenino y “descubriéndoles” la América, con una frescura que puede usted reírse  de los salpicones de lulo, del Delaware y del Gallito Punch…
No está malo el oficio que se consiguió este compatriota.  Ahora la situación no se presta sino para que todo el mundo ande desnudo. A menos cantidad de ropa, mayor economía y ya se sabe que esa es la política del gobierno: economizar, economizar, economizar. Este prójimo, cuyo nombre sentimos no poder publicar, es un “económico”. Nada de pantalones, nada de saco, nada de ropa interior. Nada  de nada.
Salpicadas de una permanente dosis de humor negro que le debe mucho a la tradición picaresca propia de estas tierras, las crónicas  dan cuenta de los fenómenos políticos y culturales, así como de los adelantos tecnológicos que transformaron día a día la vida de una  aldea que, muy temprano, y como resultado de su posición geográfica, experimentó una incesante  corriente de inmigración que sembró en sus habitantes la inquietud por  los prodigios y horrores acaecidos en tierras lejanas.
Así,  Eme Zeta se ocupa de Hitler y del cine mexicano; de las modas llegadas de Norteamérica y de los prejuicios religiosos del vecindario; de  la situación económica y de la guerra con el  Perú; de los ideólogos liberales  y conservadores, así como del  bullicio de los vecinos que  escuchan radio a todo volumen: la aldea y el planeta se  dan cita en esos textos cortos marcados por un sello común : el humor y el cuidado del estilo que  hacen de ellos producciones literarias dignas de una tradición tan conspicua como la que remite a  Luis Tejada  en Colombia, a Roberto Arlt en  Buenos Aires o a José Martí en La Habana y Nueva York.


Publicadas en el periódico El  Diario, fundado por el propio autor, las crónicas llevan títulos como: Una metida de “Pata”, Los tres pelos del gato negro, “ Muera el orador...” ¡ El colmo, señor, el colmo!, Tapen eso, bárbaros o El Suicida desconocido. Siguiendo ese rastro, el lector puede tomarle el pulso  a una ciudad signada por una permanente pugna entre su talante liberal y la asfixiante vigilancia de la ortodoxia católica.  Sus textos devienen  así agente liberador que oxigena  el enrarecido aire  a sacristía y nos devuelve de paso el  viejo y saludable goce de narrar.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=sbnW-kfUuH4

4 comentarios:

  1. Ay, sabe feo eso de “cuentero”, al menos por estas latitudes donde es sinónimo de embaucador, mentiroso o charlatán a secas. Dejémoslo en “cuentacuentos” que suena más musical como el “storyteller” de los angloparlantes. A propósito de esto último, confieso que me solazo como niño cuando pongo cada cierto tiempo los mitos y cuentos narrados por John Hurt de la televisión británica. Qué quiera que le diga, me gusta ser embaucado por la atmósfera que destila cada capítulo, la banda sonora y el estilo del narrador junto a su perro parlante. La magia de la narración ha estado presente desde la primera noche de los tiempos, pasando por Homero y los cuentos orientales, hasta los grandes cronistas de hoy. A veces hace falta desenterrarlos o rescatarlos del olvido como a su compatriota Correa Uribe. Deliciosa su prosa “económica” en lo poco que lo cita.

    Ps. preciosa la música que nos comparte, y que de rebote me condujo también a los exquisitos instrumentales de Jorge Ariza.

    ResponderEliminar
  2. Lo que son las idiosincracias del idioma, apreciado José: en Colombia cuentero es un contador de historias, un conservador de la tradición oral. Cuentacuentos viene a ser un cuenta chistes, o lo que los anglosajones llaman un Stand Up Comedy.
    Y si, no es solo que nos guste: necesitamos que nos cuenten historias. De hecho, la seducción es un artificio que empieza siempre por los oídos. No nos basta con experimentar la realidad a secas: necesitamos ser narrados para completar la experiencia vital.

    ResponderEliminar
  3. Como me alegran estas notas, Gustavo. Quizá peque de romántico, pero yo le tengo un gran cariño a estos cronistas. A veces pienso que en la primera mitad del siglo XX, en Colombia, hubo una secta de escritores pensando nen hacer experimentos narrativos alrededor de la crónica de la caminata, de las esquinas, del tinto, del sombrero, de los puestos de periódicos en las calles. Y eso me anima. Y aquí viene lo romántico: hay que intentar estos ejercicios, son saludables para la escritura. Además, Eme Zeta es un seudónimo genial.

    ResponderEliminar
  4. No es tanto cuestión de romanticismo como de buena memoria, apreciado Eskimal. El cronista es, por definición, alguien que trata de rescatar, a tavés de las palabras, unos cuantos instantes extraviados como joyas en el mar del olvido.

    ResponderEliminar

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: