jueves, 5 de mayo de 2016

A un paso del infierno



  
                                                      " Cuando una imagen te atrapa
                                                       y  te hace preso, te despoja del resto
                                                       de las cosas del mundo
                                                       y quedas desamparado ".
                                                                                Heimito Von Doderer

 La historia, con tintes de culebrón, me la contó un funcionario   cuya identidad me reservo.
La mujer, treinta años, casada, profesional, atractiva, una hija, radicó ante las autoridades una demanda contra un compañero de trabajo por  “acoso sexual y laboral”.
El acusado, cuarenta y cinco años, ejecutivo en ascenso, casado, tres hijos, era señalado de asediar a su  colega a través de “acorralamiento físico en la oficina” y envío de “imágenes sexuales explícitas”  al teléfono y al correo electrónico de la demandante.
La prueba: un archivo con imágenes del hombre, desnudo y exhibiendo su verga desafiante. No  se presentaron  testigos del acorralamiento, según el agente investigador.
Hasta ahí era otro caso entre miles. Quizá el más célebre  en tiempos recientes  sea  el del  entonces  Defensor del Pueblo de Colombia, Jorge Armando Otálora y su  secretaria privada, la exreina de belleza Astrid  Helena Cristancho, suficientemente detallado como para redundar sobre él aquí.


Pero  el relato que nos ocupa, siempre según la fuente policial, tuvo un giro inesperado: una contra demanda por chantaje  y difamación.  Acompañado de su abogado,  el acusado aceptó que,  en efecto, había sostenido una relación “adulta y consensuada” con la mujer, que  consiguió a cambio una promoción laboral, con su respectivo incremento salarial. Durante  el proceso se  constató el reciente ascenso aunque, desde luego, para efectos jurídicos, no puede  afirmarse que una cosa sea consecuencia de  la otra. El problema reside  en que  el hombre encaprichado- o encoñado, como decimos por estos  lados- quiso repetir, a lo que  la dama se negó: negocio es negocio.
Ante la insistencia del asediador, apareció la demanda.
La   impredecible y turbulenta sexualidad  humana siempre conduce  a arenas movedizas, a menudo letales.
Por eso, en las acusaciones donde está involucrado el  sexo es mejor mantener la mirada atenta a cualquier señal: cuando uno menos lo espera los instintos revelan su as bajo la manga. Con las cosas de ese talante es mejor investigar a fondo o dejar que las autoridades  hagan su trabajo, no vaya a ser que uno emprenda una cruzada  y se encuentre de repente del lado equivocado.
Aceptada esa circunstancia, mi pregunta  hoy es otra: ¿Qué pasa por la cabeza de un ser humano, hombre o mujer,  en el momento de enviar  imágenes   de su cuerpo desnudo o de algunas de sus  partes  a otra persona a través de  medios digitales? ¿Acaso olvida que a partir del instante en que  digita el código “enviar” pierde todo control sobre ellas? ¿A cuento de qué andar tomándose fotos en pelotas y repartiéndolas por el mundo como si se tratara de maná divino? Ese dato elemental es ignorado por millones de practicantes  de esa pandemia llamada sexting, o envío de imágenes sexuales a través de medios electrónicos.


 Sí: bien sabemos   por los poetas de todos los tiempos que  la pasión amorosa es una forma extrema de locura: el amante se enajena. Quien desea aliena el propio ser en función del  objeto deseado.  Y es allí donde empiezan los problemas, porque  la fuerza sexual anda a menudo de la mano con otras formas de poder: político, religioso, económico, cultural. Cuando  esa aleación explota suelen pasar cosas devastadoras: vidas enteras  quedan arrasadas. El odio y la venganza suelen  sustituir al sentimiento original. Con bastante facilidad las cosas pasan de la cama a los estrados judiciales y a los primeros planos de los medios de comunicación. Basta entonces con hacer ¡Click! y todo se va al carajo.
Pedirle raciocinio a un  encoñado resulta tan patético como exigírselo a un hincha de fútbol: sería quitarle el condimento a su locura. Pero  con los casos que vemos  a cada  minuto, los adictos a los medios digitales harían bien  en darle uso a la cabeza antes de  mandar esas imágenes que, de repente, pueden ponerlos a un paso del  infierno.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

6 comentarios:

  1. Atendiendo al párrafo final de su reflexión, ya decía un filósofo o escritor, no recuerdo bien, que asistimos al reinado de la estupidez, donde hay demasiada gente que pugna por hacer el ridículo o actua con demasiada ligereza o inconsciencia. Antes del advenimiento del internet el comportamiento estúpido no pasaba de un grupo de amigos, de un aula o moría en el bar de la esquina. Hoy las cosas se viralizan al instante y encima los protagonistas hasta se enorgullecen de sus acciones. Lo triste es que el morbo se traslada hasta la gente sensata y no parece haber remedio.

    ResponderEliminar
  2. "Viral ": en esa palabra reside la clave de todo, apreciado José. Los virus, como la estupidez, se propagan a una velocidad de vértigo. De ahí el crecimiento incesante de la horda digital : en cuestión de segundos la onda puede llegar de San Francisco a San Petersburgo y de Alaska a La Patagonia.

    ResponderEliminar
  3. El "texting" está más extendido de lo que muchos creen, Gustavo. Dejando de lado a los chicos de secundaria (y muchos de primaria, según leo en diarios de lo más serios) también parece irresistible para gente que tiene mucho que perder. Está el famoso caso de Anthony Weiner, el marido de Huma Abedin, colaboradora y brazo derecho de Hillary Clinton, que repartía fotos de su miembro (del que estaba muy orgulloso) por medio Washington, acompañadas de mensajes de calaña semejante. Esto causó mucha gracia en Estados Unidos, porque con una pequeña modificación Weiner se convierte en Wiener, palabra alemana que los gringos usan en su acepción de "salchicha" y algo más. En fin, que al parecer los aficionados al texting son capaces de sacrificar todo por este placer digital... y uso esta palabra con toda premeditación.

    ResponderEliminar
  4. Ja, ja. Mi querido don Lalo. Con su frase final me llevó a recordar un sitio en Pereira al que los jóvenes llevaban a sus novias para el inicio de sus escarceos sexuales. No recuerdo el nombre inicial , pero siempre fue más conocido como: "The finger palace"

    ResponderEliminar
  5. Gustavo, una de las consecuencias de los soportes electrónicos y el acceso y distribución de información digital a través de ellos, el acceso a la red de redes, es el llamado presentismo. Vivimos en un presente sólido, que no tiene un pasado, ni siquiera inmediato, ni un futuro posible. Solo importa el momento y de él no pueden proyectarse consecuencias o causas. Ahí, creo, se enmarca el caso que usted describe acá. El Tiempo Mundo es un tiempo económico y de mercadeo, no cabe en él otra cosa aparte de la inmediatez y su presente continuo, lo que no deja espacio para la reflexión. Por eso el don de 40, por ponerse en esas, como decimos, ya paila.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. " Un presente sólido", apreciado Eskimal. Esa afortunada frase me hace recordar aquella sentencia de Marx, que hoy sigue más vigente que nunca : "Todo lo sólido se desvanece en el aire".
      Desde hace rato aliento la sospecha de que detrás del fenómeno de las selfies se esconde una gran desazón: es como si la gente dudara de la propia existencia y necesitara una prueba de ella... aunque sea una prueba tan precaria y efímera como una fotografía digital

      Eliminar

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: