jueves, 16 de junio de 2016

La bendición del olvido




 Esto de escribir y publicar reseñas tiene sus claroscuros. A veces- algunas veces- se topa  uno con el resplandor de una joya recién publicada o sepultada en los anaqueles de una librería de viejo.  Corre entonces, jubiloso, a  hilvanar unos cuantos párrafos con la gratitud que solo conocen quienes hicieron de los libros- escritos o leídos-  la  mejor manera de estar vivos. Ese es mi caso. Solo escribo  acerca de las obras que me gustan  o que me conmueven. Las que nada me dicen las dejo por ahí  a la espera de que algún día obtengan la bendición del olvido. Me parece falto de misericordia emprenderlas contra un texto  y sobre todo contra un autor que, presumo,  le encontró sentido a la existencia  a través de la palabra escrita.


Pero hay ocasiones en las que el autor de reseñas debe transitar territorios de pesadilla. Hace unos tres meses un señor de apellido Mendieta dejó en mi oficina un paquete de libros de su autoría- para ser precisos, una tetralogía que va del Antiguo Testamento a  una improbable sociedad del año 2130 en la que  el homo sapiens ha involucionado hasta el nivel de los gusanos-. El problema reside en que los ejemplares  venían  acompañados  de una tarjeta en la que el desconocido me daba una orden perentoria: “Para que los lea y escriba algo sobre ellos”, decía el mensaje escrito con cuidadosa caligrafía. Desde  ese día el señor me acecha  a la salida del trabajo y me lanza miradas  que, en sus destellos oblicuos, apuntan a hacerme sentir culpable.  Una semana atrás estuve a punto de presentarle disculpas, pero  al final desistí, ante la imposibilidad de averiguar de qué.


Ustedes ya habrán adivinado  que no he podido leer ni el primero. Les juro que lo intenté de buena  fe, pero no pude pasar de la página  tres, donde el profeta  Elías  es  secuestrado por  los tripulantes de una nave proveniente   de un oscuro planeta llamado Trillion. Abomino de los extraterrestres, no tanto porque tenga alguna prueba de su inexistencia, sino porque  con el destino  delirante de los terrícolas me sobra y basta. Así que acometí la  lectura del segundo y escapé por un pelo antes de que una legión de muertos vivientes anclados en el medioevo diera con mis huesos en una de sus  cuevas nauseabundas.
Pasé rápido al  tercer tomo. En ciento ochenta páginas, un adolescente escapado de la película Volver al futuro III  intenta, sin éxito, detener  la Primera Guerra Mundial. En lugar de viajar a Sarajevo el pobre tipo toma el tren equivocado y desembarca en un prostíbulo milanés copiado de una  película de Fellini. A esta altura  debo reconocer  que nuestro autor tiene buen tino para  evocar imágenes  cinematográficas.


El fin de semana pasado el señor Mendieta  me siguió, unos cuantos pasos atrás, hasta la parada del autobús. Caía  una lluvia menuda, digna de una de esas películas inglesas de terror de los años cincuenta- ya ven que también tengo  buena memoria  para el cine- y el hombre  agitaba en el aire un paquete voluminoso envuelto en papel celofán negro. No sé ustedes, pero intuyo  que se trata de una nueva    tetralogía, que tiene como punto de partida los gusanos del 2130.
Insisto en que no  me asiste derecho alguno a emprenderla contra los libros  ajenos. Pero sospecho que, por alguna razón insondable, el señor Mendieta me ha escogido como su único lector y eso ya sugiere un castigo, un designio del cielo: una divinidad rencorosa  pretende cobrar  en mi pellejo la indolencia de los humanos, su falta absoluta de respeto ante miles de buenos libros no leídos.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=hkXHsK4AQPs

7 comentarios:

  1. Hola Tavo: creo entender que el tal Mendieta está cobrando el hecho de que se materialice el derecho número 11 de cualquier lector: no leer. Algo similar pregonan otros varios autores y creo que más de una malquerencia les ha costado. Por ahora,mientras Mendieta da una tregua, sugiero buscar el refugio de otros libros que aporten el blindaje contra sus miradas acusadoras.

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    1. " Incluso los paranoicos tienen enemigos", dice un personaje de Ricardo Piglia, querido reseñador Antonio Molina. A veces el ejercicio de ese derecho lo pone a uno en aprietos, sobre todo cuando los límites- físicos y mentales- de la parroquia, son bastante estrechos.

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  2. Hola Tavo: creo entender que el tal Mendieta está cobrando el hecho de que se materialice el derecho número 11 de cualquier lector: no leer. Algo similar pregonan otros varios autores y creo que más de una malquerencia les ha costado. Por ahora,mientras Mendieta da una tregua, sugiero buscar el refugio de otros libros que aporten el blindaje contra sus miradas acusadoras.

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  3. Su literatosa anécdota suena inverosímil, ¿no nos estará gastando una broma? Algo pesadillesca su circunstancia de verse sometido a semejante persecución que suena peor que verse acosado por el cobrador del frac o alguien parecido. Ya decía mi abuelito que en la vida hay que mostrar cara de perro, para no verse agobiado por vendedores ambulantes, evangelistas y otras criaturas de dios. Quizás le precede cierta fama de buenismo.Mis sentidas condolencias, jeje.

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  4. La variedad de las criaturas de Dios es innumerable, apreciado José. Y entre ellas están, desde luego, los autores de libros inverosímiles y los reseñadores atrapados en su propio callejón sin salida. Hubo una época en la que en Colombia a esos cobradores de frac se les conocía con el apodo de " Chepitos". Bueno, pues también existen los " Chepitos" de la literatura.

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  5. Me dice JCP que te gusta Thomas Wolfe. Recordemos, entonces, que "under the waste of time, under the hoof of the beast above the broken bones of cities, there will be something bursting like a flower (...) for ever deathless, faithful, coming into life again like April".

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  6. Que maravilla de cita y mil gracias por evocar a ese formidable escritor, mi querido don Lalo. Eso de " Algo abriéndose como una flor entre los huesos rotos de las ciudades" es en sí mismo uno de las cosas más bellas que he leído.

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