lunes, 19 de septiembre de 2016

Lo bueno de escuchar






¡Facho!
¡Mamerto!
¡Jodeputa!
¡Recontra facho!
¡Mparío!
¡Recontra mamerto!
¡Uribestia!
¡Santista!
¡Retrógrado!
¡Vende patria!
¡ Amén!


¡Recórcholis! Exclamé al contemplar esa muestra  de  estulticia que crece  como un hongo en las calles y en las redes sociales ante la proximidad del plebiscito que, independiente de sus resultados,  nos brinda una oportunidad que no han tenido  generaciones enteras de colombianos: la de tomar decisiones según el propio juicio sobre asuntos que han de afectarnos a todos.
Ante el intercambio de insultos y la pobreza de criterios que descalifica al disidente con el adjetivo de mamerto o  denigra de  quien solo es conservador  asignándole el calificativo de fascista, queda la pregunta sobre las razones que nos llevan a  confundir las convicciones con los insultos y la pura verborrea con  la argumentación.
Para empezar, crecimos confundiendo lo que está bien con lo que nos conviene y eso da pie a una grave distorsión ética: a menudo nuestras  conveniencias pueden arrasar regiones enteras del mundo ajeno.
Bastaría con revisar lo que entendemos por diálogo o negociación para captar la dimensión del despropósito.


Miremos lo que   pasa con el concepto de diálogo. Con alguna excepción, pasamos por alto que  la clave de este último consiste en escuchar, como  lo enseñara Platón en Fedón y Fedro: solo después de atender las razones del otro  estamos en condiciones de formular las nuestras. Pero no es así.  Formados en una escuela autoritaria, hicimos del diálogo no una  herramienta  de comunicación sino una manera de imponernos sobre los demás. Por eso, cuando  se nos acaban los argumentos empezamos a alzar la voz, cuando no a agredir al interlocutor. En nuestra historia abundan los ejemplos de cómo, llegados a ese punto, los pistoletazos suplantan a las ideas. Por ese camino no se alcanza una conciliación sino una imposición.

Con la idea de negociación nos va peor. En el habla coloquial, negociar no equivale a entenderse con los demás, a llegar a acuerdos con ellos sino a enredarlos, a sacar ventaja sin importar los medios.  Por eso entre nosotros negociar   se volvió sinónimo de embaucar, de engañar

En ambos casos omitimos lo esencial: quien se dispone a dialogar y negociar debe dar por sentado que en algún momento debe renunciar a algo. Por eso, de entrada el gobierno Santos presentó su declaración de principios: “El modelo económico no se negocia”.  Y los voceros  de las Farc tuvieron la sensatez para entenderlo y asumirlo. Por perverso que les resulte el sistema, en los acuerdos de La Habana no  se iba a  cuestionar la propiedad privada ni a implantar el comunismo, como lo pregona cierta tendencia paranoica. A su vez, los representantes del  gobierno aceptaron las razones de la insurgencia. Solo  así pudieron sentarse a la mesa y mantener los diálogos, a pesar de los momentos críticos.


Cuando no se comprenden esos elementos básicos explota el epíteto, la adjetivación incendiaria. Los resultados pueden ser devastadores. En lugar de facilitar acercamientos se exacerban los odios, cunde la animadversión. La toma de decisiones deviene así  un acto irracional. Todo lo contrario de lo que debería ser un diálogo o una negociación.
Con todo y que la cuenta regresiva para el plebiscito avanza, todavía estamos a tiempo de apelar a la lucidez.  En realidad solo se necesita hacer una pausa y escuchar, escuchar, escuchar mucho antes de replicar.
El pasado   9 de septiembre, durante su presencia en el noticiero de  Ecos 1360 Radio, la congresista María del Rosario Guerra, promotora del No, deslizó  una lista de razones para justificar su posición. Las Farc se lucran con el narcotráfico. Las Farc  han reclutado  niños. Las Farc obligan a  abortar a las  mujeres que militan en sus filas. Las Farc han desplazado y asesinado campesinos. Las Farc han secuestrado.
Y sí: después de escucharla un buen rato acepté que  a la congresista le asiste toda la razón. Por eso votaré por el sí el próximo 2 de octubre: para que esas cosas no se  repitan nunca más.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

6 comentarios:

  1. Magnífico cierre para una reflexión tan necesaria y urgente. Lamentablemente, en nuestra percepción retorcida de la política, el simple hecho de escuchar o atender las razones del otro se interpreta como debilidad o falta de carácter. Gran parte de culpa podemos endilgarle a esa costumbre latinoamericana de apego y admiración por los caudillos. Nos gustan los jefes autoritarios antes que los conciliadores. Dialogar se ha vuelto sinónimo de perder el tiempo,debilidad institucional y hasta se asume como falta de liderazgo. Suena inverosimil pero así están las cosas en el negocio de la política.

    ResponderEliminar
  2. "Yo no me la dejo montar de nadie", es una expresión muy colombiana para resumir la negativa a conciliar con el otro, apreciado José. Para nosotros los negocios se ganan, no se acuerdan.
    De ahí que estos acuerdos con las guerrillas sean una impagable oportunidad de empezar a cambiar el rumbo.

    ResponderEliminar
  3. Ya quisiera yo ser colombiano para votar SI!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Queda nombrado colombiano ilustre, mi querido don Lalo.
      Y me alegra mucho volverlo a tener en este vecindario.
      Un abrazo,
      Gustavo

      Eliminar
  4. Dependiendo del resultado del plebiscito, debemos vivir en un estado que el diálogo y la negociación sea parte fundamental del trato con el otro, y que no sea el debate ni la oposición la disculpa para seguir matandonos. No más discusiones por algo que ya está definido por el nuevo orden mundial, Dediquemonos a investigar, leer, a entender la historia y la cultura de nuestra sociedad.

    ResponderEliminar

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: