jueves, 15 de septiembre de 2016

¡Yo llegué primero!




 El título del presente  texto no es más que una copia del grito de batalla de niños y jóvenes cuando en sus juegos  se enfrentan a un descubrimiento sobre el que  pretenden  ejercer un derecho de propiedad. También puede ser, con otras palabras, la transcripción de los gritos proferidos por los navegantes que acompañaban a Cristobal Colón  cuando avistaron tierra en su primer viaje a América.

 
Pero  en este caso se trata  de algo mucho más  prosaico: es la frase utilizada a modo de mantra por legiones de compradores capaces de pasar una o varias noches en vela, con tal de tener primero el objeto de sus anhelos: un teléfono, una computadora, una camisa  o un auto. Da  lo mismo, si ese sacrificio les depara la dicha impagable de mirar por encima del hombro al vecino, es decir, al competidor, aunque sea por un par de segundos. Lo  mismo hacen los  fanáticos del cine, según se desprende de una nota de prensa. “Yo compré la película  en la calle, porque quería verla y aún no ha llegado a  las salas”, declaró una compradora ocasional de este tipo de productos. Por lo demás, dice el  artículo que para mucha gente resulta imposible esperar a que las salas locales estrenen una película que lleva ocho días  siendo proyectada  en otras  ciudades del país.


De modo que no se trata de disfrutar las  cosas  sino  de tenerlas primero que los otros, como si se  participara en una carrera contra el reloj. Esa es la premisa que mueve  a millones de personas en el mundo.
Sobre esa clave  avanza hoy la religión del consumo, esa curiosa forma del vértigo que acabó por sustituir la búsqueda de la  trascendencia como uno de los soportes de la vida. De ahí que todo se haya convertido en una “rats race” o una carrera de ratas,  como bien lo definió el pensador Herbert Marcuse en  uno de sus libros. Por esas razones,  hace mucho tiempo dejamos de concebir el  conocimiento y el disfrute del mundo como parte  de una experiencia vital que en principio nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos. El asunto  es muy distinto : ahora  se trata de llegar  primero a la meta para, una vez consumido el objeto codiciado, desecharlo y emprender una  demencial carrera  que nos conduce al siguiente y al que le sucede, hasta que otro depredador termina  consumiéndonos  a nosotros. No importa si se trata  de ropa, música, autos, bicicletas, libros , películas,  cuerpos , ideas , paisajes  o religiones : lo que vale  realmente es apropiárselos primero que el vecino para  exhibirlos con las  mismas ínfulas del guerrero que les muestra a sus congéneres el cuero cabelludo del enemigo vencido. Por eso  el mercado natural de  algunos de esos productos son los semáforos y las esquinas para los pobres y los centros comerciales para los más pudientes o  que aparentan serlo. Todos  constituyen una tierra de nadie donde la gente dispone de  dos minutos para comprarlos y la mitad de ese tiempo  para ostentarlos, antes de que vayan a parar al cesto de la basura.


Pero ante ese panorama no todo está perdido. Todavía hay personas que emprenden un viaje, contemplan un paisaje, leen la poesía del Siglo de Oro español o asisten a la proyección de una obra maestra , sin  parar mientes en que quienes las apreciaron por primera vez están muertos desde hace años, o  incluso siglos: lo suyo es un asunto que pasa por el goce  y el conocimiento del  mundo y por eso mismo  situado a años luz de la histeria de aquellos cuyo fin último es salir gritando “¡Yo llegué primero…yo  llegué primero!”.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

4 comentarios:

  1. Recuerdo bien que ya desde que somos unos cagaleches nos enseñan a disputar los turnos en cualquier juego infantil cuando gritamos casi a velocidad del rayo: "pri, se, ter..." Lo que usted describe es ya una aberración de ese comportamiento implantado en la infancia. Suena hasta paradójico que personas adultas se comporten como niños caprichosos ante determinadas ofertas de productos. ¿Sabía que en China hay jóvenes dispuestos a vender un riñón con tal de comprarse el último Iphone?, que como usted bien puntualiza, en un pestañeo deja de tener valor porque al poco tiempo ya es superado por otro modelo y así sucesivamente con cualquier otro artículo.

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    1. No solo están dispuestos : lo venden de veras, si nos atenemos a noticias llegadas de esos lares, apreciado José.
      Iván Rodrigo García, el autor de Lector- Ludi, blog recomendado aquí arriba, me hacía caer en la cuenta de que eso de llegar primero obedece a viejos mandatos biológicos de supervivencia, explotados hasta la exasperación por la publicidad y el mercadeo.

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  2. Maestro, le faltó un ejemplo: aquellos periodistas que corren como locos detrás de un político o un cantante con el fin de tener la primicia.
    A veces debemos recordar que el tema del consumismo no es algo anticuado. He visto a muchas personas hacer una fila de dos cuadras para entrar a un restaurante. La noticia del Starbucks en Bogotá. A las cinco de la mañana ya había gente esperando. Así pasó con el Carrefour en Pereira cuando lo inauguraron. No digo que no conozcamos. Si alguien quiere hacerlo, está en su derecho, pero conocer implica calma.
    Estoy haciendo una lista musical, una playlist, dirían muchos, con sus bandas sonoras tocayo.

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  3. Magnífico ejemplo, apreciado Eskimal: son legión, como los demonios del Antiguo Testamento.
    Hay algo casi metafísico en eso del consumo compulsivo. Es como si las personas derivaran de ese acto una prueba de su propia existencia. Los publicistas lo saben y exacerban eso hasta la saciedad.

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