jueves, 24 de noviembre de 2016

La última función




 En  Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, el delirio de un hombre empuja un barco selva adentro, porque  quiere que la voz de Enrico Caruso reine sobre la algarabía de los micos y las guacamayas.
En Pereira, un grupo de empecinados empuja un  viejo proyector de cine por calles y esquinas  hasta encontrar un local donde asentarse con su feria de imágenes en 35 milímetros. Hablamos de una aventura llamada Cine Club Borges
De ese tamaño son las pasiones humanas.
Lo del Cine Club Borges siempre tuvo un tinte heroico, desde que se instalaron en el  Teatro Comfamiliar al  despuntar  los años noventa del siglo anterior. La última gran  utopía se desplomaba arrastrando consigo el Muro de  Berlín  y el cine ya no era el  espectáculo de masas que desencadenaba histerias colectivas en esos grandes teatros construidos al nivel de la calle  y diseñados para albergar  un millar de personas.


El llamado Séptimo Arte  se ha había convertido en un eslabón de la cadena de consumo instalada en esos templos modernos que son los  centros comerciales: un almacén de ropa por  aquí, una sección de comidas por este lado, un salón de juegos en aquella esquina, un dispensador de Coca- Cola… y media docena de teatros con proyección  digital y películas desechables para completar el paquete.
Pero estos tipos querían un teatro a la vieja usanza.  Y lo armaron: compraron sillas de salas clausuradas, consiguieron  proyectores en mercados de las pulgas, insonorizaron   su sala con panales de huevos vacíos y se pusieron a proyectar películas en una sala- café- bar cercana al Lago Uribe de Pereira.
Querían mantener vivo el cine como expresión estética y la gente les respondió. Día tras día, peregrinos de varias generaciones ocupaban el café y la sala de proyecciones para tomarle el pulso a la movida cultural de la ciudad.


Jaime Andrés Ballesteros, novelista, cuentista, profesor y realizador audiovisual se propuso contar la crónica  de esa aventura.
Fuentes documentales  y testimoniales no le iban a faltar: no por nada fue uno de los fundadores del  cine club, en compañía de Nelson Zuluaga, Fernando Espinal y Jhon Wilson Ospina, entre otros apasionados del arte que hicieron grande hombres como  Frank Capra y Luis Buñuel.
El resultado es un libro de 205 páginas, titulado El cine contra  las películas, recuerdos del último teatro barrial de Pereira,  publicado en febrero de 2016.

“Habíamos extendido la gran lona en el piso. De alguna forma ese lienzo que parecía pertenecer a un pintor gigante, indicaba de golpe la verdadera dimensión de la empresa en la que nos habíamos metido. Ese inmenso rectángulo que iba cobrando su pulcritud blanca, gracias al restriegue enérgico que le propinábamos con cepillos, agua y detergente en cantidades generosas, sería en pocas semanas, si todo resultaba de acuerdo a lo planeado, la pantalla donde se proyectarían las películas del Cine Club Borges”.

Así, en  ese tono de epopeya urbana desplegado en el primer párrafo está contada la historia. De ahí en adelante, como  quien teje el guión  para una película de  aventuras, el narrador nos lleva a través de  una suma de imágenes al nacimiento y peripecias de una de las más valiosas empresas culturales gestadas en la región.


En su  recorrido evocamos títulos  de películas como Cinema Paradiso  o El silencio de los inocentes, claves en la imaginería de quienes se hicieron adultos en los años noventa. Asistimos a  anécdotas como la de aquella vez que la policía ingresó  a la sede del cine club, con el fin de interrumpir una fiesta de disfraces. Recordamos la presencia de importantes directores de cine colombianos y, sobre todo, admiramos el tesón de ese grupo de personas que, poniéndole cara a las  dificultades financieras, reinventaban cada día el milagro de  abrir las puertas de su sala,  justo cuando se  cerraban miles de cines de barrio en el mundo entero.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

4 comentarios:

  1. Descubrí las salas de "cine arte" cuando me creció el bigote. Saca tus propias conclusiones sobre esta coincidencia... Por mi parte, digo que muchas de las mejores emociones y tantísimos momentos gratos de mi juventud se dieron en esas salas, con sus proyectores detestables, mal iluminadas y peor pintadas/decoradas, tan grises como sus películas, pero que se encendían con mil colores cuando se apagaban las luces. (Nótese el chiste nostálgico.) Eramos tan felices entonces... en esa sala, claro, porque afuera era otra cosa.
    Gracias por recordarme la vitalidad del cine en su ámbito natural, modesto, provinciano, casero. Saludo cordialmente a la gente del Cine Club Borges y a Jaime Andrés Ballesteros.

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  2. Bueno, mi querido don Lalo : yo descubrí las salas de cine a la par con el onanismo, o la paja, como decimos por estos pagos.
    Mucho tiempo después empecé a interesarme por el contenido de las películas y me asomé a cosas tan portentosas como Novescento, de Bernardo Bertolucci o El hombre de la luna, de Robert Mulligan.
    A esta altura del camino pienso que nuestras vidas no solo tienen banda sonora: también películas propias.

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  3. Era un lugar entrañable. Lástima que las flores siempre se caen.

    Cami.

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  4. Siempre se caen. Y a veces de la propia memoria. De ahí la importancia de la escritura, apreciado Camilo.

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