miércoles, 8 de febrero de 2017

Sísifo y el correcaminos





De niño, frente a la pantalla del  televisor en blanco y negro, siempre me fascinó la torpe obstinación del coyote  persiguiendo a ese pájaro zanquilargo por un desierto infinito.
Como todas las personas a esa edad vi decenas, cientos de veces los mismos episodios sin que llegara a cansarme la repetición.
Había una suerte de misterio en  esa sucesión de equívocos.
Ni los explosivos, ni las flechas ni las trampas artesanales le ayudaban mucho al coyote  en su propósito: a última hora, cuando estaba a un tris de atrapar su presa, ésta se le escurría de las garras. Algo pasaba siempre: o la pólvora  estaba húmeda o  le estallaba un segundo antes de arrojarla. Las flechas  erraban el blanco o chocaban con objetos surgidos de la nada. En fin, que la trampa se atascaba y el perseguidor terminaba adolorido y atrapado por su propio artilugio.
Tardé unas cuantas décadas para entender con algún grado de racionalidad que en esa  historia palpitaba una metáfora sobre las cosas inasibles: el deseo, la dicha, el  amor. Es decir, la vida misma.
Y entonces  me resultó ineludible pensar en  Sísifo empujando  su piedra cuesta arriba en medio de grandes fatigas… solo para reiniciar la tarea  pocos metros antes de llegar a la cima. O al menos a lo que  él creía que era la cima.

Igual que en la historieta.



O mejor dicho: igual que  en cada segundo, en cada minuto, en cada día, en cada año de nuestra existencia.
Por eso se queman muñecos de  Año Viejo y se brinda en la medianoche del fin del ciclo anual: para regalarnos la ilusión de que el pasado queda atrás y de paso creer que, ahora sí, vamos a  alcanzar al  Correcaminos de la propia vida.
Asunto imposible de  entrada porque perseguidor y perseguido son en realidad la misma criatura. Echamos a volar espejismos para olvidarnos del vacío que, como el  desierto, se extiende entre nuestro punto de partida y el  de llegada. Entre la  nada que nos precede y la que nos sucede.
Como nos lo han explicado tantas veces, desde antes de la escritura los mitos tratan de hacer comprensible el  enigma de  nuestro tránsito por el mundo. Todos los anhelos, los miedos, las fatigas, las obsesiones y los desencantos se resumen allí. Por eso trascienden  el campo del arte y la literatura para devenir espejos,  cifras de nuestra aventura personal y colectiva.
Allí está, por ejemplo, el mito del vampiro  atravesando siglos y geografías para  recordarnos la desesperación del  hombre viejo que busca en la piel, en la sangre de las muchachas un último aliento que le permita recorrer el tramo final.
O el más socorrido de todos: Prometeo sediento de infinito, encadenado a la roca de su propia impotencia.
Siglos atrás, los ancianos de la tribu estaban encargados de cuidar y multiplicar esa suerte de galería de espejos en que se mirarían  sus sucesores.
Los hijos de esta época disponemos de otros artefactos para contemplar el reflejo propio y el ajeno. Tenemos el cine, la televisión, las revistas, los discos, la internet y unos cuantos artificios  cada vez más sugestivos.


Pero no debemos confundirnos con el ropaje. En el fondo es lo  mismo: millones de seres persiguiendo algo  entrevisto en sueños o escuchado en medio de una conversación distraída.
Justo  en  ese punto  se desata una persecución en la que dejamos pedazos de nosotros mismos, como señales regadas al azar hasta que solo queda un montoncito de huesos ardiendo en el desierto.
Igual que en la historia de Sísifo y el Correcaminos.

PDT.  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

6 comentarios:

  1. El coyote como Sisifo... Ahora lo veo claro. Cuando yo veía esos cartoons pensaba que la ironía pasaba por el hecho (imposible de probar) de que el correcaminos no era comestible, lo veía como una mala elección de objetivo, una metáfora de esos errores capitales en la vida, como el de Borges al creer en la caballerosidad de los militares golpistas, o el de Neruda al confiar en la nobleza de la Unión Soviética. Ahora me has convencido, era o es una metáfora del amor no requerido, el de nuestras fantasías de adolescentes, teñidas de romanticismo, que siempre terminaban con la piedra arrollándonos y arrastrándonos cuando caía nuevamente al valle de las desdichas.

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  2. ¡Ay Dios! ¡ A que Cimas- o simas- nos ha conducido usted, mi querido don Lalo. Ahora estamos retomando la vieja metáfora del desierto como laberinto.
    Mil gracias por ese sugestivo cambio de rumbo. !Peep peep!

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  3. Somos y seremos eternos perseguidores de objetos que representan lo inalcanzable (deseo, dicha, amor, otros) como bien empieza la enumeración Gustavo. De hecho, perseguir lo inalcanzable signa el hecho de vivir: la cotidianidad se nos hace soportable porque siempre nos creamos una meta, un más allá incierto.

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  4. Gustavo, sólo diré que algunos fanart , o el arte hecho por fanáticos, o ciertas parodias de otras series animadas, han concretado el deseo de Coyote. La inquietud se presenta en tal punto: ¿Qué hará Coyote con su vida tras capturar al Correcaminos?. Me recuerda aquella película de una historia de Stephen King, Sueños de fuga o Sueños de libertad, o The Shawshank Redemption, donde uno de los personajes, un prisionero de una cárcel gringa, recupera su libertad después de varios años de pagar su condena. Cuando sale ya es anciano y, al no encontrar un lugar en una sociedad que no era la de sus recuerdos, la de su memoria, decide suicidarse. Saludos, maestro. Le dejo el link de uno de tantos universos alternos sobre la existencia de Coyote:
    https://www.youtube.com/watch?v=-1fpIbYc-WE

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  5. ¡Carajo! Ahora si quedé metido en un berenjenal, apreciado Eskimal. Ha dado usted con el eslabón faltante : si el correcaminos atrapa al fin su presa ¿Qué se pondrá a hacer el pobre? Como sucede con todas las cosas de la vida, el cumplimiento de los deseos es apenas el paso previo al despeñadero.
    Mil gracias por el enlace.

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