martes, 26 de mayo de 2026

Nos vemos en la biblioteca

 




Lo viví en mi propia piel: cuando la biblioteca pública municipal de Pereira Ramón Correa  Mejía funcionaba en la antigua   estación del ferrocarril del Parque Olaya Herrera, mi camino se cruzó con el de una muchacha morena y festiva llamada Gloria Tolosa, a quien le debo un puñado de momentos impagables de dicha terrenal. Hacía consultas para sus compromisos académicos, mientras yo leía como un poseso a Proust, Musil, Faulkner, Greene, Pavese y a otros tantos espíritus tocados por la gracia.

De modo que, entre besos y palabras, transcurrieron esos años de gloria.

Hasta que una tarde infausta un señor que resultó ser el director de la biblioteca, amargo hasta lo más hondo de sus entrañas, llegó hasta la mesa que habíamos hecho nuestra y dando palmas de furia nos conminó a abandonar el lugar “por practicar actos obscenos en ese recinto sagrado”. Después me enteré de que el tipo, de cuyo nombre no quiero acordarme, era un sacerdote frustrado y consideraba impuros unos cuantos besos entusiastas. Por lo visto, los amores de estudiante no eran lo suyo.

En realidad, el sujeto en cuestión era la norma y no la excepción. Las personas de mi edad y las de más atrás recordarán que las bibliotecas de escuelas y colegios-cuando existían- eran lugares de castigo regentados por unas señoras bigotudas y rígidas- sin f o con f-  adonde eran enviados los estudiantes díscolos y poco afectos a la disciplina. Hoy considero un milagro que alguien “educado” en esos ambientes llegara a amar los libros al punto de convertirlos en el sentido de su vida.

Por eso, la celebración de los treinta años de las Bibliotecas de Comfamiliar Risaralda- la entidad donde me gano y disfruto la vida y, donde, por añadidura, me pagan, supone para mí varios motivos de regocijo.


                                           Casa de la Cultura, Marsella Risaralda

El primero de ellos, que la vida me dio el regalo de ponerlas en marcha en 1996 cuando tenían un nombre abstracto y sin matices: Centros de Recursos Educativos Municipales (CREM) En efecto, eran unas dotaciones de instrumentos musicales y discos  compactos, aparte de unas computadoras enormes y pesadas que para entonces eran de avanzada y hoy equivalen a la edad de piedra de la tecnología digital. Esos elementos fueron suministrados por el gobierno nacional de la época a través de las gobernaciones.

Pero el más importante fue la oportunidad de darle una vuelta de tuerca a esos recintos lúgubres que provocaban cualquier cosa menos ganas de leer, para convertirlos en lugares de puertas y ventanas abiertas por donde hoy entran las corrientes de la vida y contribuyen a cambiar de alguna forma la existencia de quienes los frecuentan.




En suma, se trataba de convertir las bibliotecas en puntos de encuentro donde tuvieran cabida las celebraciones, los debates de toda índole, las ideas políticas, la diversidad en todas sus formas, las múltiples expresiones culturales y, lo último pero no menos importante, los besos robados.

Cinco años después, Wilson Flórez Valencia asumió el timón y no tardó mucho en llegar al frente de la Red Nacional de las Bibliotecas de las Cajas, desde donde alcanzó incluso proyección internacional.

Fue así como empezaron a brotar, como de un suelo generoso y feraz, distintos programas que con el paso del tiempo se extendieron a los catorce municipios de Risaralda en sus áreas urbanas y rurales. La imagen de unas muchachas que llegaban a las veredas a bordo de un jeep Willys con maletas cargadas de libros puede ser un buen resumen del espíritu de una aventura llamada Bibliotecas Comfamiiar.


https://comfamiliar.com/bibliotecas/


A bordo de esos jeeps y de buses intermunicipales fue posible escribir el libro Un altar para la desmemoria, donde se cuenta la peripecia vital de los fundadores de esos pueblos “colgados de los barrancos”, como en el poema canción de Serrat. En la biblioteca, gracias al empuje de muchachos- entonces lo eran- como Nelson Zuluaga, Jhon Wilson Ospina y Jaime Andrés Ballesteros nacieron criaturas del talante del Cine Club Borges y su hijo Cómic sin Fronteras, un programa en sintonía con los lenguajes de las nuevas generaciones que, honrando su nombre, trasciende las fronteras. Pero hay mucho más, por supuesto: clubes de lectura, presencia en instituciones educativas, proyección de películas, festejos, conversas, presentaciones de libros y acceso a la tecnología digital, servicios de información y bibliotecas virtuales entre otros.

La experiencia recogida se tradujo en 2017, fecha de celebración de los 60 años de Comfamiliar Risaralda, en la presentación en sociedad del programa 14 Estaciones, Un viaje a la memoria, donde el visitante puede viajar a través del sitio   web de las bibliotecas y acercarse al patrimonio cultural, histórico, turístico, religioso y económico de los municipios del departamento. Crónicas escritas, fotografías, videos y audios se convierten así en tentación para quienes deseen acercarse a esos lugares en cuerpo presente.



Las instituciones las hacen las personas, no son simples estructuras físicas o entes jurídicos. Por eso quiero mencionar aquí algunos nombres un tanto al azar: Adrianas, Tatianas, Juan Carlos, Johanas, John César, Wilson, Álex Elizabeth,  Saras,Luz Stella,  Alejandras, Dianas, Wilder, Nazly, Carolina, Ignacio, Édgar. No son todos pero representan al resto. Ellos son el rostro y la mano amiga de una entidad que desde su creación en 1957 no ha cejado en su propósito de transformar vidas. Y las bibliotecas son una de las maneras de hacerlo.

Sobre todas ellas gravita la presencia de Maurier Valencia Hernández, escultor de quijotes y amantes ansiosos en sus ratos libres, entre otros detalles desconocidos. Cómplice y compinche en el mejor sentido de esas palabras, su respaldo como Director Administrativo durante muchos años, silencioso e incondicional, hizo posible que los propósitos se materializaran sin tropiezos ni trabas burocráticas. Todo lo contrario: su palabra favorita era “¡Hágale”- que después reemplazó por la más breve “dele”- para expresar que se contaba con su respaldo.

“Veinte años no es nada” reza el tango de Gardel y Lepera. En el caso de las tres décadas de las bibliotecas de Comfamiliar Risaralda debemos decir que treinta años son mucho, si los  contamos al ritmo de la sucesión de ideas que paso a paso se convirtieron en realidades, de modo que hoy los visitantes pueden decir sin miedo a la censura: Nos vemos en la biblioteca.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=yFtj-1WFbew&list=RDyFtj-1WFbew&start_radio=1




lunes, 4 de mayo de 2026

Todo tiene su final

 




Queme todo, queme cada una de mis cartas, siempre la última más hermosa que la anterior. Yo también lo haré, yo quemaré todo apenas sepa que la leyó. Cuando llegue a este punto lo sabrá, yo estaré con usted y sonarán las canciones en rezo mientras todo deja de ser para los dos.

Suyo, siempre.

Así termina el libro de cuentos titulado Vuelta de Hoja, escrito por Gustavo Vargas Ramírez (Armero, Tolima, 1984), ganador del premio de la Colección de Escritores Pereiranos, modalidad cuento en su edición 2024 y publicado a finales de 2025. Vargas Ramírez es además autor de un libro titulado Breve Historia de los Blogs en América Latina y de la colección de relatos breves Crónicas para Fantasmas.

Nunca sabremos quién es la destinataria de esta carta, en cuya entrada sólo leemos  Querida A. a modo de saludo. De manera que estamos ante un misterio redondo: ignoramos quién es el remitente y quién la destinataria. El recurso del relato que se muerde la cola es caro a una tradición que se remonta a los orígenes del género. Por eso lo peor que puede hacer el narrador es revelar el misterio.   A duras penas puede sugerirlo a modo de invitación al lector:  quien propone un acertijo debe dejar a su interlocutor en ascuas.

A juzgar por los catorce cuentos que conforman este breve volumen de ochenta y seis páginas, el autor ha logrado su propósito. De entrada, el título del primero de ellos propone un ritual eterno: Penélope, espera.  La mujer del mito teje y desteje no una prenda sino su propio destino en tanto la materia de su prenda son los días.

¿Estás ahí? Háblame. Sí, soy yo. Volví. No sé a dónde me llevaron. No llores. No llores. Estoy bien. Ven a la plaza. Ven rápido. Quiero verte, le dice una voz a través del teléfono antes de perderse de nuevo en los territorios de lo insondable. El no sé dónde me llevaron sugiere una desaparición forzosa, pero es apenas eso.  Los cuentos del libro están llenos de situaciones que si bien acontecen en lugares precisos: la Plaza de Bolívar, las calles polvorientas de un pueblo abandonado de la mano de Dios, una taberna de salsa llamada La Sonora Ponceña, en realidad suceden en esa difusa frontera en la que el tiempo y el espacio se desvanecen: sólo las palabras pueden dar cuenta de ella.




Para dar en el blanco esas palabras deben sortear las tentaciones del adverbio y el adjetivo- su hermano mayor-, tan caras a la lengua castellana. Es más, deben ir ligeras de equipaje si  quieren aproximarse a unos personajes y situaciones cuya impronta es lo inefable. Así, en el tercer párrafo del cuento titulado La Puerta Falsa encontramos:

Isabel remojó el pan en el chocolate. Se sorprendió al disfrutar los sabores combinados en su boca mientras alguna divinidad lloraba sobre Bogotá, porque eso era la lluvia: premonición de tristeza sobre otro episodio de la historia tan manipulable y necesaria en los discursos de bandera e himno nacional.

En los cuentos de  Vuelta de Hoja la vida de los protagonistas se cruza, muchas veces sin que ellos mismos se den cuenta, con los hilos de la historia de un lugar cuya impronta es el dolor ocasionado por la violencia y los desencuentros,  expresados por ejemplo en los anhelos frustrados de ese remedo de boxeador  apodado El Muerto, quien en el relato Día para Dormir, entre alcoholes y canciones intenta sobrellevar los golpes a la mandíbula que la vida le propina una y otra vez en una ciudad y un país diestros en demoler ilusiones.

Si  hay algo que aflora aquí todo el tiempo es ese fracaso que en América- empezando por el sur de Estados Unidos- tiene en los pueblos de tierra caliente la metáfora perfecta de todas las formas posibles del abandono. Rincones donde el tiempo parece haber entrado en suspensión, mientras en lo más profundo de los seres y las cosas se incuban la locura y el crimen.




Así, el cuento que le da título al libro, no por casualidad precedido de una cita tomada de La casa grande, la novela de Álvaro Cepeda Samudio, empieza de esta manera:

El pueblo era como el anterior. Las cuatro calles daban a la iglesia y el parque. Los  árboles parecían viejos olvidados en las esquinas, tan secos como los huesos encontrados en la fosa hace un par de semanas. Era la hora de la siesta el día que llegamos y ni el viento se asomaba por los andenes para alborotar el polvo. Sólo había calor de melcocha pegada al cuerpo y el ruido mareador de los ventiladores de las casas a punto de caer.

La misma sobriedad y precisión alienta en todos los cuentos de este libro y eso aumenta todavía más la sensación de agobio sin remedio. En Vuelta de Hoja el agobio proviene de una realidad destilada sobre los personajes como metal derretido. En este caso, el sentimiento surge de la aventura de un grupo de soldados obligados por sus superiores a perpetrar el delito bautizado con el eufemismo de falsos positivos, asunto del que sólo nos enteremos así de paso, un tanto al azar y otro tanto porque no hay más remedio.

Gustavo Vargas Ramírez conoce bien el oficio de escribir cuentos. Por eso lo que leemos aquí acaece siempre más acá del umbral donde la vida- y con ella la  literatura- se desdibujan en una línea de sombra que sólo puede intuir la palabra del poeta.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=uTXP8VB52-I&list=RDuTXP8VB52-I&start_radio=1