jueves, 3 de agosto de 2017

Ni el menú





                                         
                                           Fotografía: José  Crespo perropuka.blogspot.com

“Gustavo, le socializo a mi amiga Irene”,  dijo una entusiasta compañera de trabajo al cruzarnos en un pasillo.

Chogusto”, respondió la  recién socializada extendiendo una mano blanda y fría,  preocupada  tal vez por el significado de ese verbo que, entre otras acepciones, contempla la de  convertir en público algo que, en principio, es privado.

Ignoro en qué momento expresiones como  presentar o relacionar perdieron su original significado  para ser  reemplazadas por el verbo socializar, que en  su esencia, nada tiene que ver con ellas.

Pero si sé dónde nacen las palabras que, después de algunos titubeos, se integran a la corriente colectiva.  A menudo esos nuevos vocablos enriquecen el habla. A veces la transforman. Y en no pocas ocasiones la empobrecen.

                                                "Socializando"


En el primero de los casos las palabras nacen en la calle, como respuesta a las necesidades de la vida cotidiana.

En el último son acuñadas en el mundo de la burocracia y en los despachos  de quienes fungen como expertos.

 Casi siempre  tienen el propósito de fijar en la mente del interlocutor una serie de conceptos que responden a  propósitos de dominación. Los medios de comunicación los  replican y la gente empieza a recitarlos sin detenerse a pensar en su significado y menos en su intencionalidad.

Por ejemplo, a los tecnócratas ahora les dio por usar la palabra aperturar, en lugar del viejo, humilde, expresivo, claro, preciso  y conciso  verbo abrir.

O inaugurar, si es el caso.

De entrada, lo inusual de la palabra ejerce un impacto en  el oyente o el lector y desencadena una serie de reacciones en la mente.

De a poco la incorpora a su lenguaje diario sin  preguntarse por su significado.

El objetivo   empieza  así a cumplirse. El control del lenguaje  deriva en el control del individuo.




De ahí que los eufemismos sean tan apetecidos por quienes ejercen el poder: desfiguran el sentido de las cosas, generando la idea de que estas han sufrido una transformación.

Sucede con expresiones del tipo habitante de calle, trabajadora sexual, falso positivo, comunidad gay,  comunidad afro y todo ese diccionario acuñado por la corrección política y sus múltiples espejismos.

La pobreza, la discriminación y la violencia campean por todas partes. Solo que matizadas por la aparente suavidad de las palabras.

Tardamos poco en caer en la trampa: el martilleo de los medios, igual  que el de la publicidad surten efectos rápidos.

Y después ya no hay punto de retorno.


 Igual sucede con toda  esa cacofónica letanía de los niños y las niñas, los abogados y las abogadas, los rinocerontes y las rinocerontas, las periodistas y los periodistos.

El mínimo examen nos lleva a la conclusión de que  lenguaje incluyente es el que hemos utilizado toda la vida: en la palabra ingenieros caben todos los que ejercen esa profesión: los hombres, las mujeres, los gay, los indígenas y toda la rica variedad de individuos  y matices que conforman una comunidad.

Todo eso tiene una explicación: la imposibilidad de tomar distancia crítica frente a los mensajes emitidos por los poderes de toda laya: políticos, religiosos, familiares, culturales, económicos y mediáticos.

A su vez esa imposibilidad es  el resultado de que las  personas no leen y, por lo tanto no predisponen la mente a la reflexión. Por eso se sientan frente al televisor, recorren con la vista las noticias del periódico, se sumergen en internet y regresan de ese viaje convencidas de que todo lo  representado allí corresponde a la realidad de los acontecimientos.

Porque en realidad la información  es una representación, no una presentación de los hechos.

A menudo olvidamos que los medios de comunicación son menos una expresión de la democracia que una forma de control de la realidad  por parte de quienes detentan el poder.

Por eso no podemos decir que seamos ciudadanos.  A duras penas   somos consumidores y, sobre todo, consumidores de información.

Como trabajo lejos de mi casa, suelo almorzar en  restaurantes que ofrecen un menú bautizado como ejecutivo.



En todos ellos fijan grandes carteles  con la variedad de platos disponibles para la ocasión.

Y además están escritos en letras grandes.  Muy grandes.

Sin embargo, los comensales los miran con indiferencia, se sientan a la mesa y le  espetan a la  persona que los atiende: ¿Qué hay para almorzar?

 No hay otra salida que leerles y releerles lo que está escrito en la cartelera.

Es decir: no leemos ni el menú.

Por eso se entiende que mi compañera prefiera socializar a su amiga Irene, en lugar de presentarla, como en los viejos tiempos.

Así las cosas, en lugar de ayudarnos  a aclarar y comprender el mundo el lenguaje lo enturbia.

Por ese camino estamos cada vez  más lejos de la posibilidad de incidir en el entorno y de emprender su transformación, por pequeña que esta sea.

PDT A propósito de claridad, les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: 

9 comentarios:

  1. Ah, eso de que ‘le socializo a fulanita” es totalmente nuevo para mi, mire hasta dónde hemos llegado con el abuso de ciertos verbos que a veces rondan el disparate. La corrección politica es el gran mal de nuestro siglo, una verdadera epidemia cuya punta de lanza son los medios de comunicación, donde a menudo me desayuno con titulares del tipo “animales en situación de calle” por perros vagabundos, y otras lindezas sacadas de los pelos. Y esta vez me ganó por goleada con su cartel sugerente: “napolitanga” y “empanalgas” se merecen la medalla de oro en marketing callejero.

    ResponderEliminar
  2. El "Marketing callejero " da para varios tomos completos sobre el ingenio popular, rebusque o "Economía informal" , como la llaman algunos economistas, apreciado José.
    Creo que eso nos ha ayudado a sobrevivir frente a los infortunios desatados por los poderes expertos en saqueos.
    Y lo de la corrección política...Bueno, nos tienen cogidos de las pelotas.

    ResponderEliminar
  3. No sé si en castellano ya existe un equivalente del inglés "mansplain" o "mansplaining", que se ha convertido una amenaza para el debate fructífero entre hombres y mujeres en ese idioma. Este matrimonio entre el sustantivo man=hombre y el verbo [ex]plain=explicar se aplica al hombre que explica algo, generalmente a una mujer, en forma condescendiente y con suficiencia, demostrando su ignorancia y al mismo tiempo su falta de sensibilidad para darse cuenta de que la mujer ya sabe todo eso. Es muy eficaz, porque tiene agudeza y humor, dos requisitos de la buena puntería en estas lides. El problema es que, ahora, el término se ha extendido tanto que es usado por cualquier mujer que quiere silenciar a un hombre que da una opinión (buena o mala) contraria a la que es aceptable para ella. Y de un buen instrumento se pasa a una herramienta de exclusión. En inglés es muy irritante... para los hombres, claro.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Por las barbas del profeta! Me pregunto si los hombres y las mujeres somos " explicables", mi querido don Lalo.
      Hasta ahora creia que ese era el único misterio superior al de la santísima trinidad.
      Creo que la inquietud planteada por usted supera con creces a la célebre " Pregunta por la cosa", que tantos desvelos sigue causando.
      Ah... y a propósito de palabras, palabrejas y palabrotas, se me pasó por alto una perla acuñada en los grandes centros de poder político y académico. Es decir, los paraísos del embaucamiento. Me refiero a la tal "Posverdad", que no es otra cosa que la vieja, marrullera y letal mentira de siempre.

      Eliminar
  4. El primer tema de la selección musical de tu enlace, El Arriero, de Atahualpa Yupanki, es una de las perlas indiscutibles del cancionero popular latinoamericano. Recomiendo escuchar la letra, con eso de "las penas y las vaquitas se va por la misma senda... las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas." Y el resto, que es buena poesía popular. Si Joan Manoel Serrat hubiera cantado esto nos mearíamos a chorritos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ya me mie, mi querido don Lalo, ya me mie.
      Ah si.. ya se que alguien va a corregirme y a decir que la expresión reglamentaria es mee.
      Pero que le hacemos si ya me mie.

      Eliminar
  5. Querido amigo: Me haces recordar que cuando fui director de Noticias RCN Risaralda, con frecuencia vi a mi jefe Juan Gossaín salido de la ropa con lo que acertadamente llamaba "verbalizar sustantivos".
    En cierta ocasión, por dármelas de gracioso, le dije que el idioma es como la política, muy dinámico. Y fue peor. Recibe mi abrazo y mi felicitación por "socializarme" tus escritos.

    ResponderEliminar
  6. ... Y falta hablar de la plaga bíblica que es la palabra tema... o la tal posverdad, que no es nada distinto a la vieja y conocida mentira que nos acompaña desde el comienzo de los tiempos.

    ResponderEliminar
  7. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: