Soy un tipo de izquierdas. Lo soy desde que tengo noticias acerca de mí mismo. Fiel a esa convicción, siempre he votado en correspondencia: pienso que un país con tanta riqueza como el nuestro está en la obligación de hacerla llegar a todos, garantizando los derechos consagrados en la constitución política.
Así las cosas, en 2022 voté por Gustavo Petro y acabo de hacerlo por Iván
Cepeda a pesar de que en la consulta lo hice por Carolina Corcho, por razones
más técnicas que políticas: no dudó en liderar el proyecto de reforma a la
salud, más allá de los ataques de quienes controlan ese negocio, incluidos los
congresistas que reciben financiación para sus campañas por parte de los
intermediarios.
Mi abuela Ana María, esa vieja sabia, me enseñó que en la victoria y en la
derrota uno debe hacer examen de conciencia. En la victoria, para no enloquecer
y creerse más de lo que se es. En la derrota, no para arrepentirse o entregarse
al llanto, sino para aprender y no repetirse en sus yerros.
De modo que este es mi examen, escrito poco después de la medianoche del
domingo 21 de junio de 2026.
Hace cuatro años, varios empresarios e incluso modestos mandos medios y
gerentes, me juraron sobre sus libros contables que de ganar Petro (“Ese
mamerto hijueputa”, sentenció uno de ellos a quien llamaré Julio César por su
airecillo imperial) se irían del país y se despachó en una extensa homilía que se volvió lugar
común: “ Nos volveremos como Venezuela, expropiará a los empresarios y nos
quitará a los que trabajamos para
dárselo a los vagos que no lo hacen”. Como pueden leer, pura verborrea sin argumentos, pero así funciona
la política en estos tiempos cuando campean las emociones y escasean las ideas.
A la hora del balance, no nos volvimos como Venezuela. Todo lo contrario:
la economía creció, el desempleó bajó y más de cuatro millones de colombianos
salieron de la pobreza monetaria. Tampoco expropiaron a nadie ni le que
quitaron para darlo a los pobres. Todo se hizo bajo la figura legítima de las
ejecuciones presupuestales y de los impuestos, en un país con inmorales índices
de evasión.
Que las élites no reconozcan esas conquistas resulta comprensible, pero que el
gobierno no hubiese sabido comunicarlo es imperdonable. Embriagado por su
propia retórica de los tiempos de la guerra fría el presidente Gustavo Petro
(un hombre al que a menudo le funciona más rápido la lengua que el cerebro) no
pudo, no supo o- peor aún- no quiso liderar una estrategia de comunicación
capaz de llegar los ciudadanos hechizados por el mensaje de unos medios
controlados por los grandes grupos de poder. ¿O usted esperaría que Caracol,
RCN, Blue Radio, El Tiempo, El Colombiano o la Revista Semana reconocieran y difundieran esos logros? Primer error.
El segundo no es menor: enceguecidos por triunfalismos gratuitos, en pleno
siglo XXI se menospreció el peso de las redes sociales como instrumento de
transmisión de mensajes políticos, cosa que las derechas manejan a la
perfección. Así alcanzaron el poder individuos como Trump, Milei y Bukele,
ejemplos que los asesores de Abelardo de La Espriella en Colombia copiaron a
pie juntillas con éxito incuestionable.
Para su perdición, el Pacto Histórico sólo reaccionó al final, como esos
equipos de fútbol que despiertan en el tiempo de reposición cuando ya no hay
remedio.
Y el tercero pero no menos importante nos conduce a otra pregunta: ¿Qué
pasó con los candidatos del Pacto Histórico que no ganaron en la consulta? Uno
esperaba que rodearan al ganador para fortalecer sus posibilidades en la
contienda. Por lo visto volvieron a lo
suyo y se dedicaron a gestionar sus intereses particulares. Tengo conocidos que
en ese escenario optaron por el voto en blanco, ese truco para satisfacer la veleidad
de sentirse impoluto.
Por supuesto, son muchos más factores, pero en mi examen de conciencia
bastan para formular tres propuestas:
Aceptar la derrota con lucidez y tranquilidad en lugar de sembrar zozobra
con informaciones imprecisas.
La anterior permite que, en principio, el ganador gobierne dentro de los
parámetros de sus propuestas, siempre y cuando respete los formalismos
democráticos.
El número de votos obtenidos por el partido derrotado y el hecho de contar
con mayorías en el senado garantiza una vigilancia permanente y permite ejercer
por lo tanto una oposición rigurosa y con argumentos que vayan mucho más allá
de palabrerías gastadas y de la simple politiquería. Esas cifras por sí solas
obligan al ganador- si respeta los formalismos de la democracia, insisto- a
buscar acuerdos de gran alcance que le garanticen a Colombia avanzar por el
camino del mejoramiento de las condiciones de vida de todos.
Las circunstancias están dadas para impedir con herramientas legales que se
produzca un retroceso en lo ya conquistado. Al menos para mí, esas
circunstancias dan un margen para seguir
aquí, bien plantado a la izquierda de Dios Padre.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=_yigr2f9H_Q&list=RD_yigr2f9H_Q&start_radio=1



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