lunes, 22 de junio de 2026

A la izquierda de Dios padre

 





Soy un tipo de izquierdas. Lo soy desde que tengo noticias acerca de mí mismo. Fiel a esa convicción, siempre he votado en correspondencia: pienso que un país con tanta riqueza como el nuestro está en la obligación de hacerla llegar a todos, garantizando los derechos consagrados en la constitución política.

Así las cosas, en 2022 voté por Gustavo Petro y acabo de hacerlo por Iván Cepeda a pesar de que en la consulta lo hice por Carolina Corcho, por razones más técnicas que políticas: no dudó en liderar el proyecto de reforma a la salud, más allá  de los ataques de quienes controlan ese negocio, incluidos los congresistas que reciben financiación para sus campañas por parte de los intermediarios.

Mi abuela Ana María, esa vieja sabia, me enseñó que en la victoria y en la derrota uno debe hacer examen de conciencia. En la victoria, para no enloquecer y creerse más de lo que se es. En la derrota, no para arrepentirse o entregarse al llanto, sino para aprender y no repetirse en sus yerros.

De modo que este es mi examen, escrito poco después de la medianoche del domingo 21 de junio de 2026.

Hace cuatro años, varios empresarios e incluso modestos mandos medios y gerentes, me juraron sobre sus libros contables que de ganar Petro (“Ese mamerto hijueputa”, sentenció uno de ellos a quien llamaré Julio César por su airecillo imperial) se irían del país y se despachó en una extensa homilía que se volvió lugar común: “ Nos volveremos como Venezuela, expropiará a los empresarios y nos quitará a los que  trabajamos para dárselo a los vagos que no lo hacen”. Como pueden leer, pura  verborrea sin argumentos, pero así funciona la política en estos tiempos cuando campean las emociones y escasean las ideas.

A la hora del balance, no nos volvimos como Venezuela. Todo lo contrario: la economía creció, el desempleó bajó y más de cuatro millones de colombianos salieron de la pobreza monetaria. Tampoco expropiaron a nadie ni le que quitaron para darlo a los pobres. Todo se hizo bajo la figura legítima de las ejecuciones presupuestales y de los impuestos, en un país con inmorales índices de evasión.

Que las élites no reconozcan esas conquistas resulta comprensible, pero que el gobierno no hubiese sabido comunicarlo es imperdonable. Embriagado por su propia retórica de los tiempos de la guerra fría el presidente Gustavo Petro (un hombre al que a menudo le funciona más rápido la lengua que el cerebro) no pudo, no supo o- peor aún- no quiso liderar una estrategia de comunicación capaz de llegar los ciudadanos hechizados por el mensaje de unos medios controlados por los grandes grupos de poder. ¿O usted esperaría que Caracol, RCN, Blue Radio, El Tiempo, El Colombiano o la Revista Semana reconocieran y difundieran esos logros? Primer error.




El segundo no es menor: enceguecidos por triunfalismos gratuitos, en pleno siglo XXI se menospreció el peso de las redes sociales como instrumento de transmisión de mensajes políticos, cosa que las derechas manejan a la perfección. Así alcanzaron el poder individuos como Trump, Milei y Bukele, ejemplos que los asesores de Abelardo de La Espriella en Colombia copiaron a pie juntillas con éxito incuestionable.  Para su perdición, el Pacto Histórico sólo reaccionó al final, como esos equipos de fútbol que despiertan en el tiempo de reposición cuando ya no hay remedio.

Y el tercero pero no menos importante nos conduce a otra pregunta: ¿Qué pasó con los candidatos del Pacto Histórico que no ganaron en la consulta? Uno esperaba que rodearan al ganador para fortalecer sus posibilidades en la contienda. Por lo visto  volvieron a lo suyo y se dedicaron a gestionar sus intereses particulares. Tengo conocidos que en ese escenario optaron por el voto en blanco, ese truco para satisfacer la veleidad de sentirse impoluto.

Por supuesto, son muchos más factores, pero en mi examen de conciencia bastan para formular tres propuestas:

Aceptar la derrota con lucidez y tranquilidad en lugar de sembrar zozobra con informaciones imprecisas.

La anterior permite que, en principio, el ganador gobierne dentro de los parámetros de sus propuestas, siempre y cuando respete los formalismos democráticos.




El número de votos obtenidos por el partido derrotado y el hecho de contar con mayorías en el senado garantiza una vigilancia permanente y permite ejercer por lo tanto una oposición rigurosa y con argumentos que vayan mucho más allá de palabrerías gastadas y de la simple politiquería. Esas cifras por sí solas obligan al ganador- si respeta los formalismos de la democracia, insisto- a buscar acuerdos de gran alcance que le garanticen a Colombia avanzar por el camino del mejoramiento de las condiciones de vida de todos.

Las circunstancias están dadas para impedir con herramientas legales que se produzca un retroceso en lo ya conquistado. Al menos para mí, esas circunstancias dan un margen para seguir  aquí, bien plantado a la izquierda de Dios Padre.


PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:

https://www.youtube.com/watch?v=_yigr2f9H_Q&list=RD_yigr2f9H_Q&start_radio=1

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