Antigua estación del ferrocarril
Pasado el temblor nos quedó el tembleque, el miedo milenario de las bestias ante los poderes de la naturaleza: el rayo, el trueno, la borrasca, el fuego que los primeros humanos trataron de conjurar con rezos, danzas y cantos. Tres semanas más tarde muchas personas se resisten a regresar a sus casas, aunque no hayan sufrido mayores daños ¿Y si vuelve a temblar? Me pregunta una vecina mirando su casa con ojos de espanto.
Carente de respuesta , intento mi propio conjuro: caminar. Voy por las calles pisando mis propios recuerdos como fragmentos de un espejo roto. Uno de los recuerdos más persistentes es la ruta de los peregrinos: hombres, mujeres y niños que en tardes de domingo caminaban por trochas y calles desde el barrio Cuba hasta “El fortín de Libaré”, el viejo estadio “Alberto Mora Mora” donde el Deportivo Pereira de los paraguayos libró batallas heroicas muchos años antes de que el entrenador Alejandro Restrepo hiciera el milagro de sacarlo campeón.
De modo que calzo mis tenis de siete leguas, cargo mi morral con agua, frutas, maní y frutos secos y emprendo la patoneada desde el parque cuyo nombre rinde tributo a la memoria de Guadalupe Zapata, la negra que el blancaje pretencioso de la parroquia quiso borrar de la lista de fundadores. Me aguarda una mañana entera de camino desde Cuba hasta Libaré : es mi tributo a la ciudad que me lo dio todo: historias, libros, músicas, ron, teatros, amigos, mujeres, bares y baretos. No puedo pedir más.
Tomo la llamada Avenida del Ferrocarril. Una hermosa mulata barre los escombros de una fachada mientras canta que “ Los caminos de la vida no son lo que yo pensaba, no son como imaginaba”. Un grupo de niños convierte en portería el alero de una casa desplomada y disputa un partido de fútbol entre montones de guijarros. Buen presagio: la alegría del fútbol como promesa de que la ciudad empieza a levantarse entre sus ruinas.
Cada esquina una herida, cada recodo un mundo que se fue. Llego a la Avenida Sur- la que el río Consota bordea en buena parte del trayecto, paso por la Universidad Católica y saludo las viejas aulas donde compartí clases durante tres lustros, mientras el sol madrugador de agosto empieza a pegar duro en las espaldas. El ruido y el humo de carros y motos comienzan a hacer de las suyas. No importa: el barrio Providencia, el reino de sombras del poeta Héctor Escobar Gutiérrez me aguarda con sus esquinas rotas. Antes de llegar, me detengo en lo que fue la polvorienta cancha del colegio Deogracias Cardona, donde el sacerdote Gabriel Osorio dirigía los partidos entre rezos y palabrotas.
Subo por la calle veintiuna y cruzo por la urbanización Lorena reducida a casi nada. La vieja estación del tren del parque Olaya Herrera es una postal de otro tiempo: el del ferrocarril que desde 1921 trajo a la aldea los prodigios y desastres de la modernización. Aquí llegaban los viajeros que bajaban o subían entre el pregón de los vendedores de golosinas de sal y los bohemios que escuchaban tangos, pasillos y boleros mientras, envalentonados por el aguardiente, palpaban el trasero de las coperas.
Busco la carrera diez, la que conduce en línea directa a Libaré. Vadeo los puentes donde se comercian las cosas más insólitas : una muñeca rota, un zapato sin pareja, la carcasa de un computador, una navaja sin filo, un balón desinflado. Están más surtidos que nunca con los objetos rescatados de los escombros. En los parques han brotado cambuches ocupados en muchos casos por familias que no se vieron afectadas por el terremoto : siguiendo una vieja tradición, buscan pellizcar algo de los presupuestos asignados a los damnificados. Buena parte de la comuna Villavicencio, donde abundaron los inquilinatos a resultas de la renovación urbana del centro de Pereira, emprendida después del terremoto de 1999, se encuentra inutilizable. Las vetustas casas construidas a comienzos y mediados del siglo XX no resistieron el embate. Un símbolo: en la muy golpeada iglesia de La Trinidad un sacerdote oficia la misa en el despacho parroquial.
En las calles de Berlín y Corocito niños y viejos van y vienen. Los primeros han descubierto entre las ruinas nuevos lugares para jugar al escondite. Los segundos escudriñan su mundo perdido con ojos acuosos. Una leyenda urbana dice que en una tienda llamada Mi arbolito, ubicada en la carrera once con calle cinco nació el Deportivo Pereira, a partir de la fusión del Deportivo Patria y Vidriocol. No hay modo de verificarlo por ahora: don Luis Carlos Giraldo, su propietario, murió hace años y de la tienda nada queda.
En sus viajes de ida y vuelta, los fieles devotos del Deportivo Pereira hacían un alto en bares y tiendas de Villavicencio para celebrar las victorias y llorar las derrotas, que cada vez se hicieron más frecuentes, mientras en las victrolas y equipos de sonido sonaban canciones de Carlos Gardel y El Caballero Gaucho. Alguien me dijo que en este sector creció el escritor Wilmar Ospina Mondragón y me lo imagino recorriendo las devastadas calles de su infancia buscando entre los escombros algún tesoro perdido: un trompo, una pelota, una revista de Dragon Ball Z o la fotografía de una muchacha amada en silencio, como corresponde a los grandes amores.
En el punto donde funcionaron bares de leyenda como el Dancing, voy cuesta abajo hacia Libaré por la Avenida Santander. Decenas de ciclistas pedalean hacia su propio punto de peregrinación : el corregimiento de La Florida. Algunos llevan parlantes con reguetón a todo volumen. Supongo que es su manera de conjurar el propio tembleque.
Unas cuadras más y estoy a las puertas del santuario: el viejo estadio “ Alberto Mora Mora” que, milagrosamente se mantiene en pie después de varios terremotos. Sospecho que lo sostienen los espíritus de Galeano, Achito Vivas, Colombo, Ávalos, Calonga, Rada, Escobar o López Fretes, futbolistas que hicieron de las suyas en su gramilla. El poeta médico Juan Guillermo Álvarez me contó que, en una tarde de gloria, el brasileño Quarentinha rompió de un pelotazo uno de los travesaños del arco sur. De ese tipo de historias están hechos el estadio y la ciudad toda. Terminado el recorrido por hoy, estoy seguro de que de esas y muchas otras historias parecidas nos alimentaremos cuando pase el tembleque.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=tE22cxiRXcI




Gracias a esta nostalgia peripatética la ciudad vivirá por siempre.
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