Hace unos días, mi hermano Juan Carlos Pérez me envió desde Londres un paquete virtual completo que me dejó “¡Plop!”, ese monosílabo que es la impronta de la revista Condorito, una historieta clave para entender la cultura popular latinoamericana, con todo y su legión de súper héroes silvestres. El vocablo en cuestión expresa asombro, perplejidad, desconcierto y por eso mismo el escritor Rigoberto Gil lo utilizó como título de una novela suya sobre desaparecidos.
Los lectores de mi generación y la siguiente ya lo habrán adivinado: los archivos contenían ejemplares digitalizados de Blue Demon, Santo El enmascarado de plata, Tamakún, Kalimán, Arandú y, claro, de ese esbozo de héroe que fue el colombiano Kapax, cuya leyenda se quedó a mitad de camino, entre otras cosas como resultado de sus pugnas con el controvertido hombre del espectáculo Armando Plata Camacho y sus socios, que en un principio fungieron como sus apoderados.
Como buenos autores de ficción, muchos escritores propagaron su propia historieta: que habían aprendido a leer- no pocas veces a escondidas de sus padres y a la luz de una vela- en las páginas de los grandes clásicos, empezando por Homero, Shakespeare, Cervantes, Balzac y Flaubert, entre otros. Poco importaba lo inverosímil de su relato: se trataba de inscribir de entrada su nombre en la estela de los consagrados.
Por fortuna, en América Latina las generaciones siguientes no precisaron de ese truco: tenían a la mano fuentes más humildes y vivas que llegaban a los quioscos de revistas cada semana con su urdimbre de aventuras cuidadosamente ilustradas por maestros de la pluma. A modo de complemento, las estaciones de radio emitían sus propias versiones de la saga, encarnadas por las figuras del radioteatro de ese momento.
Así que nos formamos leyendo historietas y escuchando radioteatros. No se podía pedir un comienzo mejor. Al fin y al cabo el escritor mexicano Carlos Monsivais- el cronista de ese palimpsesto viviente llamado Distrito Federal- nos contó que la tradición de los luchadores enmascarados se remonta a los aztecas y acaso mucho más atrás, de modo que si vamos a hablar de herencias no nos fijemos en gastos, como diría Don Chuma, el entrañable personaje de la revista chilena Condorito.
Los escenarios eran disímiles. Las peripecias de los protagonistas acontecían en la misteriosa India, en la civilizada Londres, en la populosa Ciudad de México o en la insondable selva amazónica. A diferencia de los súper héroes norteamericanos, marcados por el individualismo del legado protestante, los latinoamericanos recibimos la herencia católica de valores tan importantes como la solidaridad y la compasión, características comunes a los súper héroes de este lado del continente.
Porque no se trataba sólo de aventuras: cuando Kalimán le pide serenidad y paciencia a su pequeño amigo Solín está transmitiendo unos valores caros a las culturas orientales que nos sirven de mucho en medio del frenesí consumista y competitivo del capitalismo tardío. Por su lado, Santo y Blue Demon son desfacedores de entuertos en una ciudad que , como la capital de México, crece a un ritmo enloquecido dejando a su paso una estela de perdularios, dementes y desvalidos.
Trasladados a la selva, Arandú y Tamakún libran sus propias batallas contra los emisarios de la injusticia, atraídos por las riquezas de sus ríos, sus minas y sus recursos infinitos. Visto así, fueron sin proponérselo precursores de los actuales ambientalistas, empeñados en una lucha al parecer perdida contra la voracidad de los nuevos expoliadores.
¿Una lectura política de nuestros súper héroes? Puede ser, no la descartemos.
Tengo un recuerdo imborrable de mis días de escolar: salíamos del colegio a las cinco de la tarde y corríamos hasta la primera tienda de barrio, donde el propietario tenía encendido a todo volumen uno de esos viejos radios Philips de tubos, empotrados en muebles de madera. De sus entrañas salían las voces de Kalimán, Solín y todos los demás- poco nos importaba que fueran en realidad las voces de Gaspar Ospina y Erica Krum-. Allí escuchábamos el capítulo completo mientras devorábamos golosinas de azúcar y sal. Finalizada la emisión emprendíamos carrera- metíamos pique- hasta un almacén de baratijas donde le correspondía el turno a Arandú, el príncipe de la selva. Si nos quedaba alguna moneda comprábamos una baratija a modo de pago por la hospitalidad del dueño que- no lo olvidaré nunca- se llamaba Efraín y tenía cara de ogro con pelos que le salían de orejas y nariz, aunque era la nobleza en persona.
Como pueden leer, el responsable de estos recuerdos es Juan Carlos, que con su envío despertó en mi interior una sucesión de imágenes y emociones caras a mi historia personal y a la de compañeros de viaje como Alberto Verón, Guillermo Constaín, Jorge Osorio, Rigoberto Gil, Diego Jaramillo, Edison Marulanda, Juan Guillermo Álvarez y el fallecido José Fernando Marín, entre otros.
Que yo sepa, a ninguno de ellos le dio nunca por decir que le debe su temprana formación a Tolstoi, ni siquiera a Julio Verne. El mismo Juan Carlos tiene colecciones encuadernadas de esas historietas. A lo mejor de allí le viene esa generosidad que lo lleva a repetir, cada vez que un prójimo lo necesita: “ No se fije en gastos , compadre”.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
https://www.youtube.com/watch?v=w-E5loqXM4Y




Tavito, québelleza y ternura, hermano. Por cierto, “No se fije en gastos, compadre”, es de la cosecha de don Chuma, y no de John Hammond, el millonario resucitador de los dinosaurios en Jurassic Park! ¿Sabes que cuando lo veía repetir su moto (su eslogan), me daba el pálpito de haberlo escuchado antes, muchas veces es, pero por las vueltas de la long covid no hallaba la fuente? Por supuesto que nuestra Iliada fueron estas revistas de historietas. Va un abrazo entre los escombros.
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