jueves, 22 de agosto de 2013

Muevan las industrias




Pedro Nel  cultivó durante más de medio siglo una pequeña parcela en los alrededores del Alto del Nudo, en el municipio de Dosquebradas. Con los frutos de esa tierra levantó media docena de hijos y catorce nietos. En compañía de dos hermanos llegó a la zona desplazado por la violencia entre liberales y conservadores  en la  localidad caldense de  Belálcazar. Corría el año de 1957 y el hoy llamado  “Municipio Industrial” era apenas un reguero de casas dispersas en un terreno perteneciente a Santa Rosa de  Cabal. Estaban  habitadas por familias de inmigrantes  llegados  al corregimiento atraídos por la presencia de nacientes empresas como Comestibles La Rosa y Paños Omnes, pioneras de la que más tarde sería toda una corriente estimulada por el dinamismo de los mercados nacionales, por la cercanía con localidades como Pereira, Armenia y Manizales, así como por su ubicación estratégica  en el centro del país y su  proximidad al puerto de Buenaventura,  en el mar Pacífico.
A pesar del rápido y desordenado crecimiento  urbanístico de Dosquebradas, Pedro Nel y muchas familias como la suya  siguieron disfrutando de relativa paz, interrumpida  solo por las esporádicas incursiones de malandrines dedicados al  robo en menor escala : llegaban, hurtaban  alguna cosa y rara vez   acudían  a la violencia.
 “La  verdadera tragedia empezó con la llegada de los constructores de urbanizaciones y condominios”, me dice  Pedro  Nel en  la cafetería donde nos citamos un sábado de  agosto al medio día. Con ochenta   años de edad tenía la esperanza de morirse tranquilo en su parcela, sin deberle  un peso a nadie y sin molestar al prójimo. Pero fue este último el que empezó el asedio. “Desde hace  unos ocho años empezamos  a recibir la visita de gente interesada en  comprar la tierra para construir”, afirma, y  en sus  ojos asoma una chispa de rabia  y desazón. Según él,  desde un principio dejó claro que no tenía interés alguno en vender. Fue entonces cuando empezaron a suceder cosas. En solo  seis meses  fueron víctimas de  dos asaltos a mano armada, en los que  fueron más el alboroto y la agresividad verbal que el monto de lo robado. Luego se hicieron frecuentes los daños en los servicios de agua y energía  eléctrica. Un tubo roto, un cable cortado y cosas así. También se volvió cosa común la desaparición de los animales domésticos. Iguales  cosas les sucedían a las familias vecinas. A  ese ritmo no tardaron en cundir el miedo y el desconcierto. Fue así como al menos doce familias acabaron vendiendo sus predios. Cuando se dieron cuenta estaban engrosando el grupo de personas que recorrían barrios  periféricos como Los Pinos, Galaxia, La Mariana, El Martillo, Camilo Torres, Los Alpes o Santiago Londoño, en busca de una casa para arrendar o comprar. De otra manera habían sido  víctimas de una forma de desplazamiento más sutil  pero no menos  dramático: la perpetrada por los urbanizadores dedicados a construir  condominios campestres  o suburbanos para estrato seis, en un municipio donde, curiosamente, no existe esa categoría.


Los nietos de esos viejos colonos  ya no tienen tierra para cultivar. Algunos recorren las calles con una carreta, ofreciendo los frutos  comprados a un intermediario: mangos, aguacates, naranjas, guanábanas. Lo que dicte el ritmo de las cosechas. Otros buscan trabajo en el mismo sector de la construcción que  les cambió la vida para siempre. Unos cuantos ya andan enrolados en las  pandillas que  crecen como hongos al ritmo del tráfico de drogas  a pequeña escala.  Por su lado,  las muchachas   se emplean en cafeterías  o  tiendas en condiciones que violan de principio a fin el código laboral. Las que ni siquiera contemplan esa opción ejercen la prostitución sin haber llegado siquiera a la adolescencia. Un día entre semana me reuní con dos de  ellas que  operan de manera abierta en la plaza cívica Ciudad Victoria. En un  día rentable  cada una puede reunirse cincuenta mil pesos para  comprarse ropa, teléfono móvil y ayudar a su familia.
Mientras eso sucede, la industria local sigue desapareciendo, a resultas de políticas erráticas y de la imposibilidad de competir con la avalancha de productos llegados de China. Sectores como la confección y el calzado, tradicionales generadores de empleo, libran una agónica batalla por sobrevivir. En el medio, las familias desplazadas por la expansión urbanística esperan algo más que discursos para que de verdad se muevan las industrias capaces de brindarles  opciones frente a las nuevas formas del destierro.

6 comentarios:

  1. Si señor.. y esa expansión urbanística tiene apellidos muy sonados y hasta presidenciables como Gaviria o Santacoloma. Pero ¿de qué sirve saberlo después de todo? Ay samba... Ay vida...

    "Polvo de los caminos ocultan el llanto de ausencias tan largas"

    http://www.youtube.com/watch?v=Mn2rhUjU_ns

    Camilo.

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  2. Apreciado Camilo. La pregunta podría ser también : ¿De qué sirve escribirlo y publicarlo? Y la respuesta ya la dio un día el poeta turco Nazim Hikmet en sus cartas desde la cárcel: "La poesía es lo que nos queda a los hombres cuando todo lo demás ha fracasado".

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  3. La vieja aventura, o desventura, de la gente decente y sencilla, que no advierte la llegada de la malicia y cuando ésta se hace evidente no tiene medios para oponerse. Me ha conmovido profundamente lo que cuentas. Es el lado oscuro del progreso, que trae consigo a estos pajarracos insaciables. Aciertas cuando hablas de nuevas formas de destierro. Y qué cruel…

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  4. Mi querido don Lalo : en alguno de los bellos textos de su libro Fama y Oscuridad, Gay Talesse cuenta la historia del desplazamiento de los vecinos por parte de los tiburones interesados en la construcción del puente Verrazano en Nueva York. Lo cual quiere decir que en todas partes y en todos los tiempos se cuecen destierros.

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  5. Aleccionador texto, amigo Gustavo, hace poco vi el mismo drama en un pueblo rural de EEUU cuando los granjeros eran tentados para que vendan sus tierras ricas en bolsones de gas, el negocio del Fracking y todo lo relacionado a las grandes petroleras. Esa imagen de gente sencilla con carretas ofreciendo productos de la tierra me hizo recuerdo a un documental que vi hace muchos años de su país y se me hizo de nuevo agua la boca como aquella vez cuando vi a unas señoras ofreciendo de casa en casa el fruto de una palmera (chonta, creo que llamaban) que a pesar de los parecidos geográficos no tenemos en Bolivia. Por demás, fue interesante la descripción de cómo tantas familias de campesinos dependían de ese cultivo. Mil perdones por el retraso.

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  6. Chontaduro se llama el fruto, apreciado José. Aparte de ser delicioso, está rodeado de toda suerte de leyendas sobre sus propiedades afrodisíacas, al punto de que a su jugo se le conoce también con el nombre de "quiebracatres".
    A propósito de Estados Unidos, no es casual que un significativo número de películas del oeste estén centradas en el drama del desplazamiento forzado de miles de pequeños granjeros a manos de los magnates de la minería y los ferrocarriles

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