jueves, 15 de agosto de 2013

Lejos del mundanal ruido



                                                                          
                                                                Para M.V.H, sin más señas.

Aparte de ser el título de una película del norteamericano John Schlesinger fechada en 1967, la expresión lejos  del mundanal ruido obedece a una vieja  necesidad humana: la de hacer un alto en el trasegar entre la  multitud para reencontrarse con uno mismo, vale decir, con sus más secretos temores y anhelos, respondiendo de ese modo al antiguo consejo de los filósofos: “conócete a ti mismo”. Y conocer implica  ante todo hacerse preguntas a las que solo puede responder en solitario la persona que se piensa.  De allí la inutilidad de las fórmulas vendidas en serie por los autores de libros   y talleres de auto superación : solo yo puedo recorrer mi camino y emprender el aprendizaje del mundo con base en mis yerros y aciertos ¿o no se han fijado ustedes en la reiteración de la palabra cómo en todos esos textos y discursos? “ Cómo ganar amigos” , “Cómo volverse millonario”, “ Cómo conquistar a una mujer”, “Cómo ser feliz” y un catálogo infinito de fórmulas para lo  que carece de fórmula: la vida misma en tanto aventura individual aunque compartida.
Pensé en todo esto  después de contemplar la escena  en una de  mis caminatas dominicales por las montañas, en las que suelo ser testigo de acontecimientos bellos y tristes a la vez, como un zorro  gris desplazado por la expansión urbanística, por ejemplo. En este caso se trataba de otra cosa: cinco ciclistas ascendían a ritmo lento pero firme por una pendiente  veredal. Les faltaría un kilómetro  para el final de la cuesta cuando uno de ellos se detuvo de repente.  Hurgó en un pequeño maletín atado a su cintura  y extrajo un teléfono móvil.   En un principio intentó hacer   dos cosas  en simultáneo : conducir la bicicleta  y sostener la conversación. O  a lo mejor era al revés: conducir la conversación y sostener la bicicleta.  Desentendido de sus compañeros de aventura, el hombre se apeó de su vehículo y comenzó una discusión con  un interlocutor invisible pero bastante audible.  La disputa subió tanto de tono que no tardé en enterarme de sus detalles básicos.  Por lo visto, el frustrado escalador  era dueño o responsable de una distribuidora de materiales de construcción. Uno de sus proveedores incumplió la entrega y se generó  una cadena de insatisfacciones  traducida en este caso en un súbito ataque de cólera. El  tipo  enlazó una serie de insultos, su rostro se pintó de azul Prusia  y sin avisarles a sus cuatro camaradas emprendió la retirada cuesta abajo. Su  intento de situarse lejos del mundanal ruido, aunque fuera  durante el breve paraíso de una  mañana de domingo se había echado a perder.
Pudo no haber respondido,  pero lo hizo, atendiendo acaso a   un reflejo condicionado. Así andamos todos, atados  a una roca que, con fines tranquilizadores, optamos por llamar comodidad. En este caso, la “comodidad” de estar en contacto perpetuo  con el exterior le impidió a nuestro ciclista  ponerse por un momento a salvo de las tribulaciones del mundo... como si no dispusiera de toda la semana para angustiarse. El  motivo es indistinto : la llamada pudo provenir de  una esposa desconfiada, una amante desairada, un vendedor obsesivo, un vecino quejoso o un hijo controlador. El resultado final es el mismo : otro intento trunco de estar solo por un rato, o de dialogar con el propio yo, si  ustedes prefieren llamarlo así.
Sitiados por los llamados  de la publicidad, los asedios de la información,  el bombardeo del mercadeo y agobiados por nuestros propios miedos y ambiciones nos volcamos hacia el exterior como quien salta de un edificio en llamas. Centros comerciales, discotecas, balnearios, estadios, playas , terminales de transporte y aeropuertos  abren sus puertas para millones de peregrinos que van  y vienen en busca de un asidero para olvidarse de lo inútil de  sus afanes y sobre todo de su condición  perecedera y mortal. Compro, derrocho , vuelvo  comprar  y olvido así que el minuto pasado es irrecuperable. Giro al ritmo de una tonada electrónica y creo escamotearle a la muerte  unos segundos preciosos mientras esta hace su trabajo sin prisas ni pausas. Grito ¡Gol! Y ese mantra  parece  anular toda incertidumbre... hasta que el equipo contrario anota y  las cosas vuelven a su punto de partida.
De regreso volví a cruzarme con los ciclistas. Charlaban  con aire desprevenido, satisfechos de su breve pero impagable goce. Pero entre los cuatro  pedaleaba un vacío, una suerte de sombra que desde esa mañana  se  convirtió para mí en el símbolo de la incapacidad de los hombres de este tiempo para ponerse, aunque solo sea por un instante, a salvo del mundanal ruido.

4 comentarios:

  1. No soy de andar en bicicleta, pero intuyo, como tú, que el ciclista es una persona que se siente bien en soledad. No hablo tanto del ciclista urbano, sino del que se aventura en la montaña, por ejemplo. Aunque vaya en un grupo, es un grupo de cuatro o cinco personas solas. Con la soledad de compañía, digamos, es feliz. Y es cierto que la presencia de un teléfono en este cuadro es un poco anómala, ¿no? Como rara, no encaja bien. Una intrusión, una violación del derecho a disfrutar de la soledad. Es como si atendieras el teléfono durante tus vacaciones con tu nueva novia en un bungalow en las Seychelles y es el patrón con la noticia de que debes regresar para atender una emergencia. Tengo la impresión de que el ciclista de tu narración, el que atendió el teléfono y tuvo la bronca, no es un buen cultor de la soledad, o no es un buen ciclista. Vaya uno a saber.

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  2. Tiene toda la razón, mi querido don Lalo: de tratarse de un buen cultor del silencio y la soledad no llevaría teléfono en sus travesías por las montañas. A propósito del paseo con la nueva novia, recuerdo una noticia en internet ( apócrifa o real, el sentido último del relato es el mismo) sobre un sujeto que interumpió un polvo para atender una llamada en su móvil. Como correspondía a la situación , su compañera de cama fue presa de la indignación y a modo de represalia lo abandonó en el hotel sin ropa, sin dinero y sin documentos de identificación.

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  3. Ja, ja, muy buenos, el coitus interruptus y el rostro enrabietado azul de Prusia, esta ultima descripcion me hace recuerdo a un espléndido articulo de Gay Talese donde hablaba de un dia "gris acorazado" o algo similar, que mi memoria anda bastante convulsa. Cierto, el celular es como un invento del demonio, ya no se puede andar sin él, como si fuera un apendice mas de nuestra anatomia. Vivimos pendientes de cualquier asuntillo por muy banal que resulte, y si tampoco nos llama alguien, tambien incurrimos en la desesperacion. Ya no podemos con nuestro silencio, necesitmos de ruido de fondo aun cuando efectuamos una caminata, llevando el reproductor de mp3 a todo volumen. Hemos perdido la capacidad de contemplacion. (disculpas por la falta de tildes, el teclado que se me descompuso).

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  4. Apreciado José: el filósofo Jean Baudrillard propone una serie de imágenes para ilustrar el fin del mundo. Una de ellas se parece bastante a la evocada por usted: un tipo ataviado con prendas deportivas, corriendo a la orilla del mar. Pegados a sus oidos van- cómo no- los auriculares de su aparato reproductor de sonido. Entre tanto, las gaviotas revolotean sobre su cabeza, preguntándose tal vez por las razones de tan absurda estampa.

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