jueves, 16 de octubre de 2014

El armadillo ilustrado



                                                                 
                                                                               Para Juan Carlos Pérez
                                                              
Como todos los humanos mi vecino, el poeta Aranguren, huía de algo y se dirigía hacia algo cuando   llegó a Pereira en 1994, proveniente de  su   Santa Marta natal.
Al  finalizar el mundial de fútbol de Estados Unidos, que nos dejó para el recuerdo  un fracaso deportivo y un  deportista muerto, el hombre empacó  en su maleta  un par de pantalones de dril, las obras completas de Marcel  Proust, una provisión de ron blanco calculada para durar un año y un  paquete de marihuana Santa Marta Gold, con el que esperaba curarse sus nostalgias del mar Caribe.
Dice que tomó el volante de su Land Rover, que para entonces ya era viejo  y escapó de las que consideraba tres plagas exclusivas de la costa: los mafiosos, los turistas y las reinas de belleza... solo para encontrárselas multiplicadas en su tierra de acogida, porque bien sabemos que esos especímenes son legión, como los demonios del Antiguo Testamento.
Dejé para el final lo más importante: Aranguren viajó en compañía de Nicanor, un armadillo entonces niño que rescató a puñetazo limpio de las garras de unos gringos contrabandistas de animales. Lo alimentó con yucas, ahuyamas y plátanos que  a veces empapaba de dosis prudentes de ron blanco cuando necesitaba de su conversación silenciosa para aliviarse de los recuerdos del viento de la Sierra Nevada, lo único  que echaba de menos en su refugio de La  Gramínea, una vereda  situada a media hora del centro urbano de Pereira.


Conocí al poeta y a Nicanor en una de las mesas de la biblioteca pública Ramón Correa Mejía, cuando funcionaba en el edificio de la antigua estación del ferrocarril, a un costado del parque Olaya Herrera.
El primero leía en jornadas de tiempo completo las novelas de Robert Musil y James Joyce, los tratados de Mircea Eliade sobre historia de  las religiones y los poemas puros y diáfanos de Odysseas Elytis. El segundo dormitaba una siesta eterna escondido en una mochila arahuaca que, por alguna razón insondable, nunca fue requisada por los gendarmes encargados de cuidar la biblioteca. A  lo mejor admiraban la paciencia de ese animal capaz de  aguardar  horas y horas mientras su amigo leía con  una voracidad solo posible en los desesperados.
Una tarde de tragos, Aranguren me soltó de golpe el secreto que lo asaltaba en la alta noche: de tanto visitar la biblioteca, Nicanor llegó a ser  la única criatura viviente capaz de comprender la teoría de los números transfinitos, la misma que condujo a  la locura a su autor, un cruce entre místico, poeta y matemático llamado  Georg Cantor.


Traigo todo esto a la memoria porque, aparte de sabio, Nicanor resultó ser un armadillo longevo. Acaba  de morir  de viejo en su madriguera de La Gramínea.  Desolado y ebrio, el poeta  Aranguren golpeó a mi puerta a las tres de la madrugada para comunicarme la noticia.  Incontables mujeres pasaron  por su cama, pero solo  el armadillo permaneció en su sitio, inconmovible  ante  las protestas de algunas, que abandonaron a su dueño acusándolo de depravado , zoofílico y cosas peores.  Ustedes dispensarán, pero con su muerte, de manera inexplicable una parte de  mi vida también  acaba de despojarse de sentido y no me quedó otro remedio que sentarme a escribir esta elegía.

6 comentarios:

  1. Esta noche descorcharé una botella de mi mejor malbec y brindaré a la memoria de Nicanor, el más paciente y fiel de los armadillos, testigo de lecturas y amores, experto en números transfinitos y partícipe en vaya uno a saber cuántas confidencias.

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  2. Emotiva historia, y a pesar de ser una elegía ciertamente me alegró el día, amigo Gustavo, sobre todo en estos días que una parte de los bolivianos estamos de luto por la suerte de nuestro país y por lo que se nos viene como futuro ominoso. Este entrañable animalito (‘quirquincho’ le decimos en la zona andina y ‘tatú’ le llaman en el oriente), acá hasta hace poco se lo cazaba para usar su caparazón como cubierta de charangos y especialmente para el carnaval de Oruro se fabricaban matracas con su piel para el baile de la Morenada que artesanos aymaras no tenían ningún inconveniente en sacrificarlos (y después viene el canciller aymara con el cuento de la vida armoniosa y respeto a la Pachamama). Desgraciadamente casi han sido exterminados, apènas quedan.

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  3. Salud , mi querido don Lalo : un buen bourbon estará bien. Según las cosmogonías de varios pueblos indígenas, la historia cifrada del universo está escrita en la caparazón de algunas especies de armadillos. Imagínese entonces de qué tamaño será el duelo.
    Un abrazo grande.
    Gustavo

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  4. Apreciado José : en Nariño, una provincia colombiana limítrofe con Ecuador también exterminaban armadillos para hacerse instrumentos musicales, lo que que lleva implícito un terrible simbolismo : el dolor y la muerte como precios a pagar por la belleza.

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  5. Lástima hombre, al menos estaría bien cebadito como para que sus días terminaran en un sudado de gurre...

    Camilo.

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  6. Ja, Ja. Ya nos adelantamos Camilo : solo que la receta fue distinta.

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