jueves, 23 de octubre de 2014

Esos viejos rollos



                                                     Fotografía :  Yadith Ávila

Fernaín Hernández, el último sobreviviente de los viejos proyeccionistas de cine, cuenta una anécdota deliciosa. En alguna ocasión le tocó  proyectar una película para un colegio  religioso en el teatro de su pueblo natal. La escogida por las monjas rectoras fue Superman, que por esos días batía todas las marcas de taquilla. El teatro se  llenó de adolescentes  y la función empezó, pero no duró más de un minuto: el tiempo que necesitó Fernaín  para descubrir que, en efecto, se trataba de Superman pero... en versión  porno. De inmediato las monjas se lanzaron hacia la cabina y ordenaron  suspender la proyección,  indiferentes a la protesta de las muchachas, que ya empezaban a entusiasmarse.
Esas   cosas pasaban a menudo cuando los  teatros utilizaban los viejos proyectores de 35 milímetros, hoy en vía de extinción ante la avanzada de la tecnología digital.  Muchas veces los  funcionarios de las distribuidoras confundían el material y a un cinéfilo que empezaba  viendo las obsesivas imágenes de  Persona, de Ingmar Bergman, le tocaba conformarse con el final de  Zorba el Griego, pues así lo determinaban las prisas de los despachadores. Los rollos venían  numerados y para una persona encargada de remitir películas a todos los rincones del país era muy fácil  confundirlos. Otras veces acertaban el título y  el número preciso de rollos pero  enviaban  el material al lugar equivocado: mientras  en Santa Rosa de  Osos esperaban con ansia la cinta, esta llegaba puntual... pero a Santa Rosa de Cabal.


Podría escribirse una crónica completa sobre las aventuras y desventuras de esos viejos rollos.  En un retén ilegal de la guerrilla, a los muchachos del Cine Club Borges les robaron una copia de El mártir del  calvario, que esperaban pasar durante la Semana Santa en el Teatro de Comfamiliar. Ya me imagino a los hombres de Tirofijo, desconcertados ante la repentina  irrupción de lo religioso, encarnado en la figura de  Enrique Rambal, en un mundo tan descreído como  el suyo.  A lo mejor se trataba de algún mensaje del cielo que prefirieron ignorar.
Por la misma época,  cada vez que se sentían al borde de la  quiebra, los  responsables del Cine Club  Vamos Juntos proyectaban Nueve semanas  y media, el culebrón erótico de Kim Bassinger y  Mickey Rourke. Era lleno seguro: durante  una semana  los mirones hacíamos filas que le daban la vuelta a la manzana, hasta que la copia estuvo tan destrozada que los pezones de la estrella femenina se confundían con las fresas utilizadas por  el seductor Rourke para sus faenas sexuales.
El viejo Efraín, ya fallecido, fue durante muchos años proyeccionista del Teatro Caldas,  ubicado en la carrera  octava entre calles dieciocho y diecinueve de Pereira.  En la edificación contigua a la sala funcionaba una escuela de secretariado y  mecanografía en la que estudiaban muchas bellezas de la época. Pues bien, el hombre se las arregló para abrir  un portillo a través de la pared y entre rollo y rollo de la proyección hacía estragos en las muchachas que acababan seducidas  por el poder mágico del dueño de las imágenes.


Evoco estas cosas cuando el cine en 35  milímetros desaparece de las salas para ser reemplazado  por las mismas historias proyectadas desde un servidor digital.  Con los antiguos rollos se esfuma, por supuesto, la figura del hombre encargado de recibir las películas, revisarlas, proyectarlas y devolverlas al distribuidor. En medio de esa tarea pasaban muchas cosas: visitas femeninas furtivas, copas clandestinas y va uno a saber qué otras  aventuras. Porque la cabina de proyección era algo así como un territorio de  transgresiones vedado a  los mortales... o al menos a quienes  no pertenecían a la cofradía.
Algunos nostálgicos  todavía   se niegan a  aceptar esa realidad.  “Esas proyecciones digitales no son cine” me espetó a la cara un sesentón convertido en vocero de los cinéfagos  vieja guardia. Pero qué le  hacemos- le respondí-   Si ya pasaron los tiempos en que ir al cine era todo un rollo.

6 comentarios:

  1. Es notable el poder de sugestión que tiene la tradicional cabina de proyección, Gustavo. No hace falta ver Cinema Paradiso para entrever la razón: la cabina y el proyeccionista representan el otro lado del sueño, algo así como la imagen invertida de nuestras fantasías. Deliciosas las anécdotas que cuentas... y como nos hubiera gustado a todos vivir una vida como la de Efrain, con su portillo, sus aspirantes a secretarias y su control de las emociones de la parroquia.

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  2. " Una vida como la de Efraín", cómo no envidiarlo, mi querido don Lalo, si vivió aventuras acaso más apasionantes que las protagonizadas por Kirk Douglas, Marlon Brando, Charles Bronson y Al Pacino juntos. Y eso sin pagar las inevitables tarifas que estos últimos debieron sufragar por cada minuto vivido.

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  3. Mil perdones por la tardanza, amigo Gustavo, perderse de la Red unos días suena a demasiado tiempo. Ah, de un plumazo me ha devuelto a los tiernos años de la infancia cuando en el pueblito familiar, en aquellos tiempos de generador a diesel y escasas horas de iluminación, los chavales nos reuníamos en la única plaza y decidíamos que hacer para divertirnos. En ese ínterin, llegaba algún forastero como con su caja mágica a ofrecernos las primeras imágenes en blanco y negro que a falta de pantalla, las proyectaban en la fachada de una casa céntrica. Un alborozado rito festivo que solo era interrumpido por las risas y las interjecciones de sorpresa de los pequeños espectadores. Nunca la oscuridad había sido tan agradable y el ruido del rollo dando vueltas era el sonido que presagiaba felicidad por un par de horas. Era impagable todo aquello. Ahora todo es ruido de mandíbulas e infernales cuchicheos en esos dichosos multicines. Dejémonos de rollos: eso no es cine.

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  4. Apreciado José : no por casualidad el negocio de esas salas ya no es la proyección de películas sino la venta de comestibles. El cine es apenas otro eslabón en una cadena de consumo que pasa por tiendas de ropa, joyerías, acceso a puntos de internet, perfumerías y otros tantos centros de venta de chucherías.

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  5. Mi retorno maestro. Estaba por fuera de la red de redes a causa de algunos inconvenientes migratorios. Pero ahora que vuelvo me encuentro con la nostalgia del cine y de personas como Fernaín. Mi cine en Pereira, de chico, fue el Calle Real (1 y 2). Sé que aún tenían el rayo azul de los proyectores y la tranquilidad del espectador al saber que era una persona quien se encargaba de la artesanía al poner la película. Esos saltos en las imágenes, los destellos de luz, el desenfoque, las rechiflas cuando el lugar quedaba oscuro por un bajón en la "luz", los pedazos del celuloide que parecían hoyos negros mientras se proyectaba, todos los errores eran parte de ir al cine y de disfrutarlo. Ahora ya ve usted que en la limpieza digital el cine se traslada a la casa con los llamados "Teatro en casa".
    Abrazos.

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  6. Bienvenido a casa, apreciado Eskimal. Hace poco supe de una señora que le solicita a Fernaín dejar la ventana de la cabina de proyección abierta ¿El motivo? ella dice que disfruta tanto de la película como del sonido de la cinta al pasar por los engranajes de la máquina. De esas pequeñas cosas está hecho el disfrute de los placeres mundanos.

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