jueves, 8 de octubre de 2015

El testigo





Qué cosas no habrá visto el Bolívar desnudo de Pereira. Instalado en su pedestal y cagado a perpetuidad por las palomas, lleva medio siglo viendo pasar el mundo con su carga de prodigios y miserias.
Si es cierta la creencia aquella de que por cada fotografía que le tomen un hombre pierde parte de su alma, la  de este Bolívar al galope debe ser inconmensurable. He visto gringos, españoles, chinos, escoceses, australianos, ingleses, coreanos, nigerianos, argentinos, mexicanos, uruguayos, y colombianos de todas las regiones tomándose instantáneas frente a la estatua del prócer, como testimonio de su paso apresurado por estas tierras. Los turistas son así: coleccionan fragmentos de eternidad, de los que se olvidan una vez regresan a casa.


En tiempos de las viejas cámaras de rollo, un enjambre de fotógrafos se ganaba la vida en esta plaza registrando imágenes de niños recién bautizados, estudiantes acabados de graduar, emigrantes retornados y amantes recién enamorados o en trance de estarlo.  Durante al menos tres décadas un hombre llamado Lorenzo tomaba fotografías, mientras su loro del mismo nombre sacaba de una urna de cartón los papelitos de la suerte. “Lo espera una rubia en su camino”, rezaba el mío, lo que no era gran cosa: más o menos a todo varón heterosexual lo aguarda una rubia  en el camino, aunque al final resulte estar  teñida hasta el último pelo. 


Hoy, una suerte de demencia anida en los ojos de bronce de este Bolívar tan nuestro. Sospecho que esa locura tiene menos relación con el fracaso histórico del original que con el delirante trajinar de quienes pasan por aquí. Una panda de hinchas del Deportivo Pereira se  trenza  en una batalla a  navajazo limpio, sin respeto alguno para con el ilustre testigo. Un par de travestis adolescentes atracan a un anciano que acaba de cobrar su pensión. Diez perros de razas distintas asedian con ladridos  y lametazos a la mujer que pide  limosna en  el vecindario para comprarles comida. Un político promete el cielo en la tierra a una veintena de desempleados. Un sesentón  ataviado al estilo ranchero mexicano desafía las leyes del mercado y trata de convencer a los padres de familia   para que  le compren una fotografía de sus pequeños hijos a lomo de un caballo de cartón.
Bolívar no  se mueve, pero toma nota: a las cinco de la mañana un tipo bien trajeado degusta un café caliente, mientras espera la llegada del compinche con el que jugará a las cartas  hasta las ocho en punto. A la misma hora, una decena de feligreses recién bañados aguardan a que el sacristán  les abra las puertas de la catedral, para rezar al unísono el rosario de la aurora. En la otra esquina, el gurú de una secta nueva era contempla  el azul furioso del cielo  y espera con ansia la llegada de  sus fieles seguidores: tres hombres  y tres mujeres  que parecen depositar el resto de sus esperanzas en ese encuentro mañanero.


Mientras eso sucede, los mangos maduros caen sobre los transeúntes como una imprevista lluvia dulzona. A su vez, las palomas de la plaza comen y cagan. Cagan y comen como corresponde a su destino milenario. Contemplándolas, el Bolívar de bronce se pregunta por su destino de héroe inmovilizado por tantos segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años y  décadas que se  anudan a  su alrededor como una corona de penas y olvidos.

PDT: les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
 https://www.youtube.com/watch?v=SVOdT1v5ENo

9 comentarios:

  1. Sí, las palomas son esas eternas acompañantes del intranquilo cambio de esa broncínea figura. Ratas voladoras, las lloman algunos, y algo de razón les asiste.

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  2. Sí, las palomas son esas eternas acompañantes del intranquilo cambio de esa broncínea figura. Ratas voladoras, las lloman algunos, y algo de razón les asiste.

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  3. Desde hace años lo descubrí: el desasosiego también inquieta al bronce. Y las palomas lo saben.

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  4. Poseído por mi imbecilidad permanente,que sospecho se ha convertido en crónica, yo siempre que paso prefiero fijarme en la cara del caballo (¡se llamaba palomo!). Los ojos casi desorbitados, al borde de un paroxismo tan bestial como el de su amo... los huecos de la nariz dilatados en una respiración mortífera... el gesto de la boca y la mandíbula y los músculos del cuello y la crin completamente retorcidos, sufriendo, gozando, delirando porque Bolívar va encima vergonzosamente en viringa. La imagen que le describo deja ver precisamente lo que no se ve, y uno acaba pensando ¡pobre palomo, pobre!

    Cami.

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    1. Por fortuna se ha convertido en crónicas, y muy buenas, apreciado Camilo. Digo, por lo de la "imbecilidad".
      Y, por favor, no les dé más ideas a los animalistas, que pueden organizar un plantón en la Plaza de Bolívar, en defensa de los derechos del caballo de marras.

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  5. ¿Un Bolívar cabalgando desnudo, al pelo?, eso sí que es nuevo para mí. En mi país también abundan sus estatuas, pero siempre con chaqueta guerrera y espada, ya sea de pie o a caballo, sería impensable que alguien se animase a representarlo aunque sea en traje de paisano. Suculenta crónica, de un plumazo me ha hecho conocer su ciudad más que la información extensa de una web oficial. Por los mangos, deduzco que hace más calor en Pereira que en mi valle otrora florido, aquí a lo sumo lo más tropical que llega a madurar son las guayabas y pare de contar. Cojonudo también el grupo rockero que me hace conocer. Por cierto, para la plaga de las ratas aladas, no hay mejor antídoto que la “lagartija arborícola boliviana”, nomás dígame cuándo quiere que le envíe una caja y me la devuelve con mangos a manera de pago, jeje. Si no cree en su eficacia, observe el video.

    https://www.youtube.com/watch?v=PfETdvpVi0Y&feature=player_embedded

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    1. Trato hecho, apreciado José. Lagartijas por mangos. Pero, me asalta una duda ¿ Los bichos no se comerán también los frutos?
      Y si, este Bolívar cabalga en pelotas, como Dios lo echó al mundo. El autor de la escultura es un antioqueño llamado Rodrigo Arenas Betancur, que se especializó en ese tipo de obras monumentales.
      Y se lo garantizo : los mangos de la Plaza de Bolívar de Pereira son exquisitos.
      Mil gracias por la prueba documental.

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  6. Me gusta la idea de Bolívar en pelotas, cabalgando en pelo. Tan diferente de las habituales representaciones de los próceres, especialmente los militares. Pero Bolívar es algo más que un militar, o mucho más que un militar.

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    1. En pelotas escapó más de una vez de la cama de Manuelita Saénz y otras ilustres damas, mi querido don Lalo.
      Creo que , aparte del evidente simbolismo libertario, fue esa parte visceral de la vida de Bolívar la que quiso ilustrar el escultor con su polémico desnudo

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