jueves, 3 de diciembre de 2015

El espejo invertido




 El tópico es antiguo: la literatura es una  suerte de espejo que nos devuelve el mundo  vuelto de revés. Así, mientras en los cuentos de hadas  la heroína pasa por toda clase de infortunios  antes de alcanzar  la esquiva  felicidad, en la vida cotidiana las cosas empiezan  mal y terminan peor: del altar a la  audiencia de divorcio media cada vez menos tiempo. El relato sería así una especie de  compensación ofrecida por Dios, o el azar, para ayudarnos a corregir la realidad.
Pero al espejo le ha surgido un  poderoso competidor: las selfies, ese curioso ritual en el que los hijos  de la sociedad post industrial se aferran al último credo posible: la contemplación de sí mismos.
 Como disponía de tiempo, observé la escena de principio a fin. En una de esas ceremonias en las que gradúan de no sé qué cosas a niños que a duras penas pueden caminar, un pequeño disfrazado de pollo deambulaba por ahí, mientras su joven madre se consagraba a fotografiarse a  sí misma  durante al menos dos horas.  Cada vez más  insatisfecha, se  pasaba el pelo de un lado a otro del cuello,  se encrespaba las pestañas y alisaba el vestido en busca de la siempre elusiva perfección. Luego descansaba unos diez minutos  y reiniciaba la tarea.  Entretanto, sus padres- los abuelos del pequeño pollo- la miraban como quien vigila una estrella a punto de  apagarse en la noche.


Conjeturo que estos  chicos  ya no leen cuentos de hadas porque el relato son ellos mismos y los destellos de la pantalla de su teléfono son las páginas del libro. Quién sabe  qué  fábulas puede urdir  sobre su propia vida la muchacha que se toma cientos de fotografías  en una sola jornada. A lo mejor su media naranja hace a lo mismo  a unas cuantas cuadras de distancia y las pulsaciones de los teléfonos crean   entre ellos una red de comunicaciones  que los mortales no alcanzamos a sospechar.
Hay algo de metafísico en ese empecinamiento. A lo mejor  la gente, agobiada por el vertiginoso paso del tiempo y el talante inasible de los sucesos, trata de aprehender el instante como una prueba de  existencia. El destello de una prenda en la vitrina, la mirada del extraño que pasa,  el automóvil desde el que la miran, el plato servido  en el restaurante: todo puede ser una prueba a la hora de la disolución.


Así que, mientras  los profesores  le damos vueltas a la cabeza en busca de las claves para “promover  la lectura” resulta que estos chicos ignoran los libros porque solo tienen tiempo para leerse a sí mismos, en una suerte de  ritual narcisista en el que la pantalla del teléfono hace  las veces de  agua cristalizada. Va uno a saber qué miedos, qué anhelos, qué sospechas alientan los practicantes de esa liturgia mientras  intentan atrapar la imagen perfecta: el momento exacto en el que la princesa encantada  despierta de su sueño y el sapo se convierte en príncipe. La realidad por fin puesta a salvo de las miserias del tiempo.


Jorge Luis Borges anhelaba un paraíso de libros y temía un infierno de espejos. Por eso volvía una y otra vez a las páginas de Alicia en el país de las maravillas. Los  hijos de la burbuja  digital sueñan distintos paraísos y temen otros infiernos. Al  menos eso es lo que sospecho cuando veo a esta chica  poseída por el desasosiego emprender por enésima vez la tarea de fotografiar su propio cuerpo, como si temiera su inminente desintegración. Acaso en la alta noche,  ante la certeza de que nadie la mira, acepte que, como el resto de los mortales- jóvenes o viejos-  ha perdido otra batalla.

5 comentarios:

  1. Siento llegar algo tarde a su magnifica reflexión de hoy. Tanto nos hemos obsesionado con los espejos que hasta los coches tienen dónde mirarse (imagen 3), según yo los he visto frecuentemente cuando vivía en la isla de Mallorca. En mi país tales vidrios no durarían ni una noche ya sea por puro vandalismo o por acción de los cacos que se llevan cualquier cosa. Cierto, hay una motivación inconsciente para la autocontemplación a través del espejo de la fotografía. Pero esa inconsciencia lleva muchas veces a extremos aberrantes como tomarse selfies junto a cadáveres (una enfermera posando junto a una anciana fallecida) o el de un periodista español posando imbécilmente justo delante de las velas y ramos de flores depositados por la masacre de Paris, y cuántos otros casos absurdos que no llegamos a saber. Es más creo que no hay espejo invertido, ni nunca lo ha habido. Lo que se invierte es la realidad, la forma de percepción de las cosas que nos rodean. O tal vez el mundo está de cabeza y no nos hemos dado cuenta.

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    1. Ah, se me olvidaba que hace poco un joven ruso se precipitó al vacío por tomarse una selfie mientras apenas se sujetaba con un brazo en la azotea de un edificio. Quería alcanzar la fama el chico, pero lo logró de otra manera.

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  2. Esa es otra variante, apreciado José: la de las selfies como una forma de asomarse al vacío, en el sentido literal de la expresión. Sospecho que no están lejos los días de las selfies con fulanos posando frente a su propio cadáver.

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    1. Ja, ¡qué coincidencia!, justo cuando intentaba hacer ingresar mi segundo comentario usted se me anticipó con su respuesta que hasta parece que yo estuviera fotocopiando su comentario, a modo de espejo. Vea la diferencia del par de minutos y el queda retratado como redundante soy so, jeje.

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  3. Ja,ja : el fatum, llamaban a eso los antiguos romanos, apreciado José.

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