jueves, 10 de marzo de 2016

El jardín sumergido




 Durante años mis prejuicios me llevaron a ver la Crítica de la razón pura, de Immanuel Kant, como una suerte de desierto intransitable, imposible de cruzar sin dejar los huesos a mitad de camino. Hasta que hace  unos seis meses  mi vecino, el poeta Aranguren, me sedujo  con una  metáfora feliz :“ Anímate”- me dijo-  “ Es como sumergirse sin escafandra en un  mar  de aguas profundas y hallar al fondo un jardín de flores imprevistas”.
Aunque  lo de sumergirse sin escafandra  resultaba tan  temerario como cruzar el desierto, la imagen de las flores imprevistas me condujo hasta el fondo, y aquí estoy de vuelta  para contarlo. Ustedes conocen la sentencia aquélla de que clásico es un autor que todo el mundo cita pero  nadie lee. Nunca mejor  aplicada esa idea que a la obra de Kant. He escuchado  hablar de él desde mis quince años, en esas extrañas clases de “Filosofía” en las que un profesor por completo ignorante del asunto resumía la obra toda de un pensador en una frase sugestiva y se quedaba muy orondo mirando al infinito: “La religión es el opio del pueblo”, “Sólo sé que nada sé”, “Dios ha muerto”. Cosas de esas. Pues  bien, a medida que pasaban los años, más temor me daba de adentrarme en los meandros de Kant. No sabía lo que me perdía.


Para empezar, conseguí la edición completa de Editorial Losada de  Buenos Aires, traducida en la parte I por José del Perojo  y en la parte II por José Rovira Armentol, en edición cuidada por Ansgar Klein, introducción  de Claudia  Jauregui y nota  preliminar a cargo de Francisco Romero.
Nada más llegar al jardín sumergido empezaron a aparecer las flores imprevistas prometidas por mi amigo: “Los escépticos, especie de nómadas  que  detestan toda clase de obra que sobre el suelo parezca sólida”, nos dice el filósofo de  Koenigsberg antes de emprender la aventura que lo llevará desde  el pensamiento de la Grecia clásica  hasta sus mismos predecesores y contemporáneos. Epicuro, Demócrito, Parménides alientan sus reflexiones, al tiempo que Hume  Leibniz y Jhon Locke siembran el camino de postulados que Kant se encarga de interrogar. Lo que de sólido  y deleznable  hay todos ellos será también objeto  de su crítica de la razón pura.
Si pudiera definirse una obra en una sola palabra, la de Kant sería lucidez, entendida esta última como la capacidad para adentrarse en las  propias tinieblas  interiores  para salir de allí con un rayo de luz capaz de iluminar al menos una parcela de las exteriores. Escéptico frente a las pretensiones  de la metafísica, nuestro  pensador  apela a la  razón criticándose- interrogándose- a sí  misma, para recordarnos que en el camino del entendimiento la sicología se ocupa del ente que comprende, la cosmología se encarga  de los fenómenos y la teología de lo trascendente. Con esos elementos va de una  respuesta que es en realidad un haz de preguntas, hasta concluir que nunca podremos conocer lo que somos en realidad, porque  a duras penas nos conocemos  como aparecemos ante nosotros mismos. Vale decir que  somos nuestra propia representación. Poco menos que una fantasmagoría.


Si eso pasa con el yo, el universo exterior  no corre mejor suerte: imposible conocer las cosas en sí, porque solo nos es dada la comprensión de los fenómenos desde un ente que establece relaciones entre ellos.  De ahí que solo  nos quede apelar a la posibilidad de lo trascendente. A una entidad  capaz de contener a  todas los demás. Si el tiempo  y el espacio son apenas  convenciones para ubicar lo interior  y lo exterior- es decir, el yo y los fenómenos-, entonces habrá que buscar a partir de la razón una causa primera de todo. Algunos lo llaman Dios; otros lo nombran como la nada; los de más allá aluden a lo infinito, los de aquí prefieren hablar de lo indeterminado, todos ellos plantas de ese jardín que Immanuel Kant  sembró en el siglo XVIII y cuyas flores podemos  disfrutar  los hombres de estos  días como un regalo llegado de más allá del tiempo.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de estaentrada
 

6 comentarios:

  1. Y yo sigo siendo víctima de mis prejuicios, pues me he figurado que Kant es un autor inabordable o pesadamente engorroso como la mayoría de los filósofos de lengua alemana: me atraganté con Heidegger y me dormí con la densidad de Wittgenstein. Pero me agradan Schopenhauer y Nietzsche por su pesimismo inquebrantable y lúcido cinismo, sobre todo el último (de viejos neuróticos los calificó una amiga alemana cuando le mencioné). Pero fue el siempre socarrón Umberto Eco quien me previno de Kant, sugiriendo que era un autor apolillado, pues concluía jugando al editor que él “no cerraría trato con gente de esa calaña, que las pilas de libros se iban a dormir en el almacén”. Y es que los peluquines de esa época tampoco son buena señal para el abordaje a sus obras.¿será que me estoy perdiendo mucho?

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    1. Ja, ja: no había pensado en los peluquines, apreciado José. Creo que nuestro vecino de abajo ( El Eskimal) tiene razón: es mejor esperar a volverse viejo para disfrutar este tipo de lecturas... si uno tiene el tiempo y la paciencia para emprender la aventura.

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  2. Gustavo:
    ¿Será que para leer a autores como Kant, autores que en sus textos reflejan una carga conceptual muy rica, habrá que llegar a cierta edad lectora? Un profesor de la maestría me advirtió que filósofos de tal talla, aquellos que emprenden una travesía metafísica para desarmar al hombre y su realidad con el fin de encontrar respuestas, no son disfrutados por el lector si no tiene experiencias, un bagaje filosófico e histórico. Por eso, supongo, las personas extraemos frases sin sopesarlas, una especie de efecto teleológico.

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    1. Pienso que su profesor tiene toda la razón. Igual que en literatura no se puede llegar a El Quijote o a la obra de Shakespeare sin haber recorrido un largo camino, en autores como Kant puede afirmarse lo mismo... aunque eso tampoco garantiza que el aventurado lector no se lastime la nariz contra una tapia.

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  3. Bueno, estimado, has sido tan elocuente que me dan ganas de leer a Kant, algo que yo había dejado de lado bien calladito, sin pregonarlo ni negarlo. A propósito de lo que apunta el Eskimal, encuentro esta cita del viejo: "Experiencia sin teoria es ciega, pero teoría sin experiencia es mero juego intelectual".

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    1. Mi querido don Lalo: de cualquier manera, salvo toda responsabilidad sobre lo que pueda sucederle en esa peligrosa travesía.

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