lunes, 21 de marzo de 2016

Los sacramentos del mar


 
En la cosmovisión de los navegantes el mar es a la vez sendero y tumba. Por eso, quien arriba a puerto es siempre  un sobreviviente a los asedios de  Neptuno.
Emilio Palacín Yance pertenece  a esa estirpe. Anarquista y militante del movimiento obrero, como fugitivo de la guerra civil española llegó a las costas de América con la esperanza de hacerse a un destino. En esa  búsqueda pasó por República Dominicana, Cuba y Puerto Rico, hasta llegar a Cartagena de Indias, donde la muerte lo esperaba con su puñal aciago. Pero antes, tuvo tiempo de  dejar su simiente sembrada en el vientre de una mujer que fue su amor durante cien días y en el de otra  marcada por el sino de la melancolía.

A buscar los rastros de ese abuelo indómito consagran su vida algunos de sus descendientes. Entre ellos está Viviana, residente en  Washington D.C.  Es una de las protagonistas de la obra  titulada Ritmo, aroma y Tiempo de Palacín, escrita por Guillermo Gamba López y ganadora del premio nacional de novela Aniversario  Ciudad  de Pereira, en 2015.
 
 

La historia  empieza con un llamado de auxilio:
“Busco mis raíces familiares. Mi abuelo salió de  España a buscar refugio en República Dominicana. Se llamaba Emilio Palacín Yance. Mis bisabuelos murieron en la guerra; se llamaban Carmelo Palacín y  Ponciana Yance, de Murcia.
“Mi abuela salió una tarde bajo los bombardeos y cuando regresó en la noche no lo encontró, se escabulló entre el miedo porque Emilio Palacín Yance, su compañero, estaba amenazado. Huyó porque lo creía muy implicado y temía por sus vidas. Estaba embarazada y quería proteger a su criatura, pero él ignoraba que ella estaba esperando un hijo suyo. Después, cuando nació mi padre, jamás   pudieron hallar a mi abuelo para avisarle.

¡¡¡Por favor!!! Si alguien tiene  o encuentra datos, por favor comuníquese conmigo.

Vivo en Washington D.C  PBX  895777

Gracias a todos

Viviana”
 
 
Nada como el género epistolar para emprender la búsqueda de las raíces  perdidas. A él  han apelado poetas y cronistas, desde el Antiguo  Testamento hasta nuestros días. Enviar y recibir cartas equivale a hurgar en viejos baúles. El curioso no tarda en encontrar un dato, un objeto, que empiezan a  darle pistas. En los terrenos de la memoria las cosas  hablan. Por eso la carta de Viviana empieza a recibir respuestas. Entre ellas está la de su primo Emiliano Palacín, residenciado en Colombia. Juntos empiezan a desenredar una madeja llena de nombres, de lugares: Teruel, Maceo, Marianao, Cartagena de Indias, Medellín. En ellos transcurrió la vida de los abuelos, pero también la de otros seres que se cruzaron en su camino: Hilario Quincozo, Mayita, Sara, Zenaida, Cecilia la muñequera, Thomasa Barros. Todos son puntadas de un  tejido en el que destacan los hijos del abuelo, huérfanos a temprana edad y absorbidos por esa  vorágine de violencias  que es la esencia misma de la historia de Colombia.

Sobre ellos planea una suerte de ángel guardián: el músico José  Bendito Barros, trasunto, por supuesto, del compositor de “La Piragua”, ese otro himno nacional de muchos colombianos. Tocados por el don de la ubicuidad, el cuerpo  y el espíritu  del músico están  presentes donde quiera que alguien necesite deshacer un entuerto.
 
 
Porque una fuerza omnipresente  en las doscientas veintiséis  páginas de la novela es la música. El mar que trae a Emilio Palacín desde España está  impregnado de ritmos sembrados allí por miles de navegantes embarcados por múltiples razones.  En sus olas alienta el cancionero gitano,  sabedor de   olvidos y destierros. En  sus aguas se agita la rebelión de  miles, millones de esclavos desarraigados de unas selvas donde los tambores eran sangre y corazón. En esas naves  viajaron los dioses africanos cuyo  espíritu, en un esfuerzo de supervivencia, hizo nido en los altares del santoral católico.
El narrador de la novela sabe que, en últimas, cartas y canciones apuntan en la misma  dirección: la búsqueda de la memoria extraviada. Por eso hace uso de unas y otras para iluminar las insondables tinieblas  de unos personajes que no pueden escapar al laberinto de una sociedad  roída por la miseria física y moral: los delincuentes que estafan al abuelo, perfumista  y fabricante de jabones. Los traficantes que secuestran a Clarita para curar la extraña obsesión de un niño eterno. Las venganzas  entre  clanes mafiosos de Antioquia. La miseria de las barriadas de Cartagena de Indias. Todo: lo sublime y lo terrible tienen su propio relato y su propia banda sonora.

“Temprano”

“Desde el mirador de la casa de la señora Thomasa Barros, Fisgoneo, asoma un traje de gimnasta al otro lado de la calle, anchísimo. Me da ondas con una mano. Una hamaca de siete colores, típica de San Jacinto, Bolívar, lo columpia anudada en soportes endebles; ese andamiaje pide limpieza y sanear sus fisuras y agrietamientos, se queja desde el dintel. Presiento una caída, una lesión en un culo al momento menos pensado. Lo mece su primera faena cotidiana que parsimonia y toca, crea y modifica  una composición; notas que una a otra quieren saltar, romper el pentagrama y volar con el viento que ondea papeles. Un ensayo en clarinete cuelga con gancho de atril. Infla unas mejillas y la hamaca acomoda en forma y hechura del arpa de unas costillas que empujan acompasadas al ritmo  con soplidos”.
 

Colgadas de dos cocoteros en la costa,  o de dos árboles bosque adentro, las hamacas evocan las cadencias del mar, convertidas en  acordes por los compositores de sones y boleros.  A ese ritmo está contada la novela de  Guillermo Gamba López. En ese cruce de cartas uno advierte el aroma del ron,  las danzas de los Orishas y el destino  del abuelo Palacín anclado  en la memoria de sus nietos como una manera de eludir los sortilegios de la muerte.
 
Guillermo Gamba López
 
 
PDT: Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:
 

 

6 comentarios:

  1. Agradecimientos Gustavo por la presentación y conceptos emitidos sobre "Ritmo, aroma y tiempo de Palacín". Me enaltecen sus palabras. Ha sido escrita durante varios años y trajinada para salir, tuve la suerte de estar y ganar el reconocimiento.

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  2. El lector agradeciado soy yo, apreciado Guillermo. De hecho solo escribo reseñas sobre los libros que me gustan. De los demás que se encargue el tiempo.

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  3. Esa “búsqueda de la memoria extraviada” y ese sentimiento de desarraigo que parece subyacer en toda la obra-según extraigo de la reseña-, amén de las alusiones a dioses y esclavos africanos traídos al Nuevo Mundo; me hacen evocar automáticamente aquella novela del norteamericano Alex Haley que acometió la monumental faena en busca de sus “Raíces”, remontándose hasta varias generaciones de antepasados. Sospecho que hay ecos, a modo de homenaje, en la novela de su compatriota.

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  4. No le quepa la menor duda, apreciado José: en la búsqueda de la raíces existe un punto del camino en el que todos nos encontramos.

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  5. Gustavo. En las historias donde hay una búsqueda de los familiares desconocidos o perdidos, donde se indaga en genealogías, hay algo de suspenso y mucho de ese género cinematográfico nombrado por los gringos como 'roadmovie'.
    La epístola también es parte de los viajes y de la indagación. Y veo que el juego literario en 'Ritmo, aroma y Tiempo de Palacín' va por ese lado. Felicidades a Guillermo Gamboa. Si no me equivoco, es el autor del blog 'Gran rojo', el cual sigo.
    Saludos.

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    1. En realidad, toda vida es una road movie, apreciado Eskimal. Incluyendo su propia banda sonora.
      Y sí: Guillermo Gamba es el mismo de el blog Grano Rojo, con todo y su impronta cafetalera.

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