miércoles, 27 de julio de 2016

Extraños en la noche




 Como  dos extraños que en mitad de la noche contemplan un montoncito de huesos resplandeciendo bajo la luz de la luna: de ese tamaño es la  desolación que atraviesa las doscientas páginas de Stoner, la novela del escritor norteamericano John Williams, publicada por primera vez en 1965.
William Stoner es el único hijo de una pareja  de granjeros pobres de Booneville, a unas cuarenta  millas de Columbia, la sede de la  Universidad. Con la esperanza de que un día regrese para ayudarlos a administrar mejor la tierra, lo envían a estudiar allí una carrera relacionada con las ciencias del campo. Pero la literatura se cruza  en el camino del muchacho y con el paso de los años acaba convertido en profesor de  lengua inglesa.
Muy pronto,  descubre que la vida académica es  en realidad una letrina de ambiciones, intrigas, envidias y pugnas por el poder. Pero al mismo tiempo comprueba que no tiene  salida distinta a la de seguir adelante, como quien camina en  línea recta hacia el desfiladero que le ha sido asignado. Destino, llaman a  eso algunos poetas.

                                                John Williams

Para distraerse de esa certeza lee a los clásicos- sobre todo a Shakespeare-  y camina por el campus. Un día descubre que siente una curiosa mezcla de respeto y compasión  por sus alumnos y ese sentimiento le ayuda a mantenerse vivo.
Empujado por su propia inercia, se cree enamorado de Edith, la hija de una familia de banqueros puritanos venida a menos y termina casado con ella. Ese es el otro capítulo del desastre que algunos llaman “su vida”.
“Y  así, como la de tantos otros, su luna de miel fue un fracaso, aunque no lo admitieran,  y no se dieran cuenta del significado hasta mucho tiempo después”, leemos en la página  setenta y dos. Mucho  antes de  llegar allí ya sabíamos que en Stoner, el  infierno conyugal es apenas  la metáfora  de otro más grande: el de la Historia entera, como bien nos lo hace saber el narrador cuando nos describe su estado de ánimo  ante la muerte de un amigo en la Primera Guerra Mundial y el solo aparente éxito de otro en la segunda. En el intermedio acontece  la gran  bancarrota financiera de los años treinta, en la que miles de hombres, entre ellos el padre de Edith, se suicidan como única salida digna ante el descalabro.


Entretanto, a modo de colofón,  William  y Edith tienen una hija, Grace, cuyo nombre encarna en sí mismo la ironía. La  niña no tardará  en convertirse en espejo de su propia alma atribulada. Como desenlace ineludible,  a temprana edad  empieza a chapotear en  el alcohol y termina embarazada. En la descripción que el narrador hace de la madre en la página ciento ochenta y cuatro  adivinamos las razones de la desazón sin remedio  que rodea a la muchacha  como un halo heredado desde el comienzo de los tiempos:
“En su año cuadragésimo, Edith Stoner estaba tan delgada como lo había estado de niña, pero con una dureza, una fragilidad, que provenía de su actitud  inflexible y que hacía que cada uno de sus movimientos pareciese desdeñoso y resentido. Las facciones de su rostro eran afiladas, y la piel fina y pálida se estiraba sobre ellas como sobre un armazón, por lo que las arrugas de su cara eran tensas e incisivas. Estaba muy pálida y usaba grandes cantidades de polvos y maquillaje de manera que parecía que cada día dibujase sus propios rasgos sobre una máscara blanca. Tras la piel dura y seca, sus manos parecían de hueso, y las movía incesantemente, retorciéndolas, arqueando los dedos y cerrando los puños hasta en los momentos de más calma”
Desde hace muchos años, por lo menos desde Melvillle  y Hawthorne, los escritores norteamericanos se acostumbraron a mirar de frente la tierra yerma donde acontece el Apocalipsis y han vuelto  para contarlo. Thomas Pynchon, Ernest Hemingway, Jhon Dos Passos, William Faulkner, John Updike, Saul Bellow, Raymond Carver, John Cheever  y Sam Shepard  nos han enviado  sus  postales del fin  del mundo, como un vinagre para escaldar las heridas de la propia incertidumbre. John Williams no deshonra esa tradición. De hecho, en Stoner nos invita a la vivisección de un condenado  a muerte, como todos.

Por las páginas de la novela desfila  un grupo de personajes- de almas en pena- cuya única  seña de identidad es el fracaso... aunque veces, entre botella y botella, o en el destello de la cópula, experimenten  la ilusión de que las  cosas podrían ser de otra manera.
Pero no hay redención posible  para estos condenados. En venganza por haberla sustraído a la farsa de su seguridad familiar, Edith se encarga de recordarle cada minuto  al marido su condición de perteneciente a una clase social inferior. Durante un breve verano, Stoner vive una aventura con Katherine, una joven estudiante que se le antoja una promesa de salvación.  Muy pronto, el mundo se encargará de  enseñarle que la dicha es apenas  un estremecimiento fugaz, del que se regresa con el cuerpo y el alma rotos.
Al final de la novela nos encontramos  a William Stoner, más derrotado que nunca, enfermo de cáncer y  mirando a los ojos de su propia muerte con la fascinación esperanzada de  los grandes desesperados. Sabe que en sus brazos lo aguarda la calma que no conoció cuando araba los terrones duros  y pardos en la granja de sus padres, ni cuando acariciaba el cabello castaño de su hija. Mucho menos   en sus clases de literatura o   en el momento de penetrar el cuerpo rígido de Edith. Ni siquiera durante las mañanas infinitas en las que besó la piel de su joven amante. Cuando el sol  se oculta y la luna llena se eleva en el horizonte, Stoner cree ver en la distancia un  montoncito de huesos resplandeciendo sobre la arena. Contemplando ese  fulgor experimenta un sentimiento inefable, pues intuye  que allí se oculta la clave entera de su errático destino.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

5 comentarios:

  1. Apreciado Gus, esta es una novela donde el frío, aterrador y más incisivo, se adentra en el lector. Pocas veces he sentido ese espasmo desolador como en esta novela o en Las uvas de la ira. No es una obra dirigida a la esperanza, pero es tan descarnadamente humana que apenas queda aceptarla y callar mientras el túmulo final nos espera acechante.

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    1. Menudo epitafio acabas de fajarte, apreciado Abel: no sé si para la novela, el autor o para todo posible lector.

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  2. Apreciado Gus, esta es una novela donde el frío, aterrador y más incisivo, se adentra en el lector. Pocas veces he sentido ese espasmo desolador como en esta novela o en Las uvas de la ira. No es una obra dirigida a la esperanza, pero es tan descarnadamente humana que apenas queda aceptarla y callar mientras el túmulo final nos espera acechante.

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  3. Ajá, veo que usted tomó la previsión de publicar su entrada un dia antes de lo acostumbrado, seguramente para festejar por todo lo alto otro titulo grande de A. Nacional que, si mal no recuerdo, usted deslizó por ahí que era uno de sus hinchas, asi que enhorabuena por el fútbol colombiano. Yendo al asunto, con toda franqueza no conocía ni el nombre de este escritor, espero ponerme al dia.

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  4. Ha dado usted en el clavo, apreciado José : no podía escribir el texto en medio de la taquicardia que produce una celebración de ese tamaño. Así que opté por acometer la escritura antes del acontecimiento.
    Ah... no importa si no conoce la novela en cuestión: son muchos los libros buenos que ya no habremos de leer.

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