miércoles, 18 de enero de 2017

Las formas del mal





“Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió”.

Con muchas variaciones de esa frase empiezan todas las historias. Y así  comienza también su relato el Doktor Aue, narrador de  Las benévolas, la novela del escritor norteamericano Jonathan Littell que, en múltiples sentidos, pone patas arriba todo lo que hemos leído sobre  el horror  perpetrado por los nazis durante la  Segunda Guerra  Mundial.
Acerca de esa guerra se ha escrito de todo y desde diversas perspectivas: militar, política, económica, cultural, ética, sicológica, moral y unas cuantas clasificaciones más.
Pero Littell y su personaje- o Aue y su escritor- nos proponen otra cosa: un viaje sin regreso al fondo mismo del infierno. Una parábola  metafísica en la que el mal puro es único protagonista.


El entramado todos lo conocemos: Europa intenta rehacerse de la devastación provocada por la guerra de 1914. Alemania se lame las heridas y busca en sus propios mitos las claves de un destino  siempre esquivo. Las  secuelas de la bancarrota de 1929 se advierten por todas partes.
Un sinuoso  y oscuro cabo del ejército Alemán  empieza a darle voz y rostro a ese malestar.
Tendrá que pasar una década para que su nombre quede grabado con la sangre ajena y la de su pueblo en la antología de infamias que llamamos Historia Universal. Hablamos, claro, de Adolf Hitler.
Pero este último  a duras penas alcanza a ser comparsa de la obra: ya les conté que  el narrador nos propone  compartir su experiencia  personal del mal. Y el escritor Jonathan Littell nos conduce , paso a paso, a  cada uno de los círculos sugeridos una vez por Dante y perfeccionados a través de los siglos por la infinita capacidad humana para  ahondar en el sufrimiento propio y el ajeno.
Para conseguirlo, Littell crea un mundo en el que no puede existir el concepto  de piedad, porque entonces se desmoronarían los cimientos sobre los que el poder- en este caso el poder nazi, pero podría ser cualquier otro- levanta sus monolitos de oprobio: la nación, la patria, el dinero, la raza, la tradición, el honor.


Alcanzar esas simas demanda un lenguaje seco, despiadado y sin fisuras, como un puñal de obsidiana.
Con ese lenguaje que corta el aliento están tejidas las 978 páginas de una novela que , al final, nos abandona cuando Aue asesina a Thomas, uno de sus camaradas- la palabra amigo no cabe en su mundo sin afectos- y se dispone a inventarse otra vida con los restos que ha dejado el holocausto.
Para llegar hasta allí el Doktor Aue ha servido durante la guerra en distintas dependencias del aparato de muerte creado por el régimen. Se ha cruzado con nombres  que a todos nos son familiares: Bormann, Speer,  Goering, Himmler, Goebbels y otros funcionarios de una cadena de exterminio que los nazis pusieron en marcha para descubrir, demasiado tarde, que en realidad su odio   hacia los judíos no era otra cosa que una manera de descargar en un pueblo entero la animadversión que experimentaban hacia si mismos.
En ese tránsito asistimos, sin poder cerrar los ojos ni interrumpir la lectura, a la progresiva degradación de víctimas y victimarios, atrapados en un sistema que  para garantizar sus propósitos no duda en aplicar los métodos  de la ingeniería  y de la producción industrial  con el fin de garantizar mayor efectividad en  la contabilidad de la muerte: menos raciones para los enfermos desahuciados y un poco más  para quienes pueden ser explotados como fuerza  de trabajo  en las fábricas alemanas comandadas por Albert Speer, uno de los hombres de confianza del Fuhrer  durante los días del delirio.

                                              Jonathan Littell

Mientras esas cosas pasan, en sus momentos de tregua los  administradores del poder se abandonan a  los viejos trucos forjados por los humanos para olvidarse de la muerte: la propia y la ajena. Por eso escuchan a Bach y a Bruckner, beben coñac  y  fuman tabaco importado, al  tiempo  que gozan de los cuerpos de muchachas seducidas no tanto por ellos  como por el resplandor de la leyenda que las  hace partícipes de una incierta misión de la raza. En realidad no son mujeres ni hombres: son hembras y machos  destinados a perpetuar la simiente de una fantasmagoría conocida como “El pueblo alemán”.
Y aquí se despliega el otro frente de batalla de La benévolas: el de los demonios interiores   del Doktor Aue, tan obstinados como los de afuera.  Obsesionado con el sexo de su hermana gemela desde los juegos  de la infancia, es incapaz de  experimentar  deseo  frente a otras mujeres y por eso prefiere ser  sodomizado por jóvenes cadetes o  por adolescentes  rudos en  un baño público o en  hoteles de paso. “La verga  como una estaca para  cegar el ojo de Polifemo”. Así define  Aue, hombre culto y lector de Flaubert, sus encuentros  sexuales que, lejos de abrir paso a alguna clase de afecto, solo le dejan un fugaz escozor en el culo.

Por más que intentemos  alejarnos, la vida siempre nos trae de vuelta al viejo y conocido tópico del sexo y la muerte como dos caras de una misma moneda. Littell lo sabe y por eso nos empuja sin pudores hacia las oscuras y pegajosas cavernas interiores de este Doktor Aue que con limpieza matemática lleva su contabilidad de muertos y sueña con el cuerpo desnudo de su hermana, mientras intenta espantar los demonios que lo acusan del asesinato de su propia madre.
Si. Son cientos, miles los libros y películas que nos han  llevado, por  uno u otro camino, hacia las entrañas de la Segunda Guerra Mundial. Pero pocos supieron eludir la tentación de las moralejas y las  ideas fijas. Y ninguno como esta novela de Littell, que  nos deja en la estacada cuando Auen, solo frente  al espejo, y chapoteando en un charco de alcohol, le recita a su propio reflejo envilecido: “En esto me han convertido: en un hombre que no puede ver un bosque sin pensar en una fosa común”.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

https://www.youtube.com/watch?v=x_IbwlSXHpQ

4 comentarios:

  1. Gracias por esta reseña, Gustavo. Aciertas al mencionar a Dante en relación con los crímenes del nazismo. Estamos frente a historias como columnas, de esas que no pueden ser descartadas, olvidadas. Son eternas. Elocuente esta relación en el comentario del libro de un autor relativamente joven, como Jonathan Littell, a quien no conocía. He mirado su biografía e invito a todos a hacer lo mismo. En mi caso me cuesta abordar un libro sin saber sobre su autor. ¡Il mio peccato!

    ResponderEliminar
  2. Mi querido don Lalo: en mi caso confío en el instinto... y en el de mi hermano Juan Carlos. Así he descubierto algunas de las grandes joyas cuyas reseñas he compartido con ustedes en este blog.
    Ah... y cuidado con esos pecados, porque ir a parar a alguno de los círculos del infierno.

    ResponderEliminar
  3. De entrada, el título de la obra es muy sugestivo, como diria alguien, "tiene gancho" y mucho más si la trama tiene que ver con la guerra. Sexo y horror, dos "pecados" que siempre tienen atareada al alma humana.Contagiado de ese morbo, ya mismo me pongo a investigar sobre ela sunto. ¡Tremendo olfato que usted tiene para semejantes libracos!

    ResponderEliminar
  4. Bueno, no le sobra llevarse un tanque de oxígeno a esas profundidades abisales, apreciado José. No vaya a ser que se quede allí una buena temporada.

    ResponderEliminar

Ingrese aqui su comentario, de forma respetuosa y argumentada: