jueves, 18 de mayo de 2017

Los frutos difíciles





Cuando llegan las vacaciones, Diego Hernán  Ardila dedica  tres días a revisar su viejo campero  Land Rover modelo 1967 y prepara sus bártulos con minuciosidad de relojero: picos, sogas, botas, guantes, arneses, linternas, pasamontañas, calcetines, cinturones, recipientes para el agua y muchas variedades de chocolate.

Entonces pone a funcionar el viejo motor y parte carretera abajo rumbo a alguna montaña entre  Popayán y la Tierra del Fuego.

Como tantos viajeros  solitarios- que son los únicos viajeros de verdad- va en busca de su reino perdido.

Para ello tendrá que evitar las hordas de turistas, emisarios naturales del ruido y el tumulto.
  
Su  destino esta vez son los Andes a la altura de Mendoza, entre Argentina  y Chile.

Pero a lo mejor tome un desvío y se dirija  hacia Puno, en los límites entre Perú y Bolivia. Allí  donde  el  sol y el hielo  reanudan cada mañana su vieja charla.



 Ardila ama una vieja  palabra inglesa: Serendipity. Algunos la traducen como error afortunado. Yo pienso que en realidad quiere decir revelación, reencuentro. Es decir, la fuerza que mueve a los andariegos de todo el mundo.

Y   ese es, en últimas, el propósito de este profesor de matemáticas que ama la perfección de las ecuaciones y el misterio de los números transfinitos.

Después de muchos días de escaladas y de sentir las agujas del frío clavadas en la piel, Diego  Hernán Ardila, de cuarenta y cinco años, obtiene  la recompensa, que en su caso va mucho más allá de coronar la cima o superar una marca: En realidad su premio es  alguna  de las múltiples formas del silencio.

Quienes lo valoramos sabemos que el silencio  no es uniforme. Al contrario: se  presenta bajo  diversas manifestaciones. A veces es un rumor de agua. En otras aparece como un murmullo  de viento y arena. En días especiales nos  habla con el elocuente y preciso lenguaje de  las piedras.

Por  eso es un fruto tan difícil.



Somos una especie ruidosa. Más ruidosa incluso que las cotorras y los monos aulladores.

Nos gusta el ruido porque nos permite escapar de nosotros mismos. Nos ayuda a no escuchar los latidos del propio corazón.

¡Súbale, Súbale! Les dicen a sus oyentes los programadores de música en las estaciones de radio, en una abierta incitación al estropicio auditivo.

¡Goooooooool! Ladran  los narradores de fútbol, y los fanáticos les responden en un coro de treinta mil voces.

¡Compre ya el último juego de sala! ordena un energúmeno en una pieza publicitaria.

Y  así se nos va la vida, sin poder escuchar lo esencial, porque a lo anterior se suman las bocinas de los automovilistas frenéticos, los amplificadores instalados en bares y almacenes , así como los pregoneros de cuanto cachivache venden para ser feliz en el más allá y en el más acá.

Nos negamos a admitir  que al final del camino nos aguarda el silencio. Una reserva  infinita  de silencio.

A millones esa perspectiva los aterra.

Por eso arman el bullicio cada vez que se presenta la oportunidad.


  
Y por eso cada semestre Diego Hernán Ardila suspende por un mes sus diálogos  con Bertrand  Rusell y Georg Cantor, esos poetas de los números, y se va en busca de su viejo amigo. Ese con el que puede conversar sin palabras.

El poeta Paul Simon también sabía de esas cosas. Por  eso compuso The sound of silence, una canción  despojada de sentido con el paso de los años y convertida en tonada de púlpito por pastores de todas las sectas.

Se acercan las vacaciones de mitad de año y Ardila ya empieza a consentir su viejo Land Rover. Ese vagabundo de la tierra, ese guerrero del camino que no lo abandona ni en las circunstancias más hostiles.

El sonido de su motor es lo único que escucha en sus largos recorridos. Después de dos décadas ha aprendido a entenderse con  él. Al fin y al cabo, el campero es su única familia.

El jeep y las ráfagas de  viento que  le anuncian la proximidad del silencio.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.

2 comentarios:

  1. En definitiva, un espíritu libre. Parece un personaje afín a Mad Max en el fondo, más allá de las diferencias de estilo y personalidad. Aunque siempre me ha parecido que los viajeros solitarios emprenden la aventura para huir de sí mismos, para encontrar un antídoto al hastío. En los periplos del viaje, quizás tropiecen con eso que otros autores llaman hallazgo afortunado o descubrimiento inesperado.
    Ah, y los viejos Land Rover ya no se ven mucho por estas tierras, quizá alguno en manos de un jubilado, aquí mandan los jeeps Toyota setenteros.

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  2. Yo lo veo al revés, apreciado José : se buscan a sí mismos en el camino y el silencio, que son, por definición, los únicos escenarios en los que resulta posible aproximarse a lo que en otros tiempos llamaban " La esencia del ser", esa noción desterrada por el homus consumidor, que solo es capaz de encontrarse en los objetos a través de una secuencia infinita que solo conduce- esa sí- al hastío sin remedio.

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