jueves, 11 de mayo de 2017

La tentación del vértigo








Los muchachos, llamados Daniela y Julián, convocaron a una charla en uno de los salones del Hotel Soratama de Pereira el sábado  15 de abril.

El propósito: hablar sobre el  creciente universo del mercadeo a través de las redes sociales y las oportunidades  de emplearse y ganar mucho dinero en las tiendas virtuales.

Hasta ahí sin novedad en el frente. Ya sabemos que todas las actividades del  mundo  material tienen su correspondencia en el planeta virtual: el sexo, la política, los deportes, la religión, la rumba y, desde luego, los negocios.

Lo singular del asunto estaba en el discurso. Una suerte de declaración de principios en la que se hizo énfasis en la inutilidad de la educación   frente a las posibilidades de   volverse rico haciendo negocios en la red.

“Fíjense nada más  en nuestros padres y abuelos: se mataron trabajando, para acabar sobreviviendo  de una mísera pensión”. Sentenció uno de los expositores ante un auditorio que respondió con gestos de aprobación. “En cambio yo dejé de trabajar por el salario mínimo y ahora me gano cuatro veces más que cualquier profesional. Pasarse cinco años en una universidad para salir a ganarse dos pesos no es negocio”, concluyó el hombre, no mayor de veinticinco años.



Igual que los mafiosos, pensé. Su código ético al revés insiste en que no vale la pena trabajar y esforzarse, si coronando un negocio alguien puede forrarse en dinero para el resto de la vida.

Por supuesto, lo que estos chicos proponen no es ilegal,  si uno  hace un análisis a simple vista, sin explorar en las profundidades. Pero en esencia se trata de la misma tentación del vértigo, del todo aquí y ahora, con el mínimo esfuerzo y haciendo todo lo posible por eludir los obstáculos del camino.

Pero la vida es mucho más que un negocio.

Porque no solo  se va a las aulas a cumplir con un currículo  a cambio de un diploma que nos permita competir en el mercado. Esa es  apenas una pequeña parte del asunto, o al menos debería serlo. En la escuela, el colegio o la universidad aprendemos a reconocer y valorar a otros seres humanos. Allí  recibimos las primeras claves de la convivencia. Como si fuera poco, los libros nos abren ventanas  al mundo y a  través de ellos nos volvemos diestros  en pensar y argumentar. Adquirimos autonomía, disciplina, rigor.

 Por esa vía nos hacemos más humanos.



Estamos  entonces ante  la negación de todo un sistema de valores gestado y mediado por seres humanos para remplazarlo  por un modelo  en el que solo valen el dinero y la mercancía. El concepto de prójimo,  de ser, de sentido, se desvanece  ante los embates de  una  cosmovisión instrumental: el próximo,  el vecino, el semejante, se  esfuman para ser suplantados por el cliente: el que compra.

Se trata, ni más ni menos, que del desmoronamiento de las bases que nos han permitido sortear los escollos de la vida individual y colectiva.

Porque el vértigo es enemigo mortal de la paciencia y de la persistencia, esas dos virtudes que nos permiten hacer las empresas grandes y pequeñas, independiente de su naturaleza. Es más, son esas virtudes las que nos permiten interiorizar el poder  aleccionador de los fracasos.


  
Eso lo saben muy bien los padres y abuelos de estos muchachos. No cabe duda de que sobreviven- y algunos malviven- con modestas pensiones, pero a lo mejor  han llevado una existencia más plena, más llena de matices, forjada en la lucha sin cuartel por hacerse a un lugar en el mundo. Para muchos de  ellos comprar y vender son apenas una manera de ganarse la vida.

No el sentido de la vida.

PDT. Les enlace a la banda sonora de esta entrada. 

4 comentarios:

  1. Usted lo dice bien, el mundo se ha vuelto tan vertiginoso que ya casi nadie quiere romperse el lomo para progresar de a poco. Urge ser prospero lo más pronto posible, sin importar casi nada la manera de obtenerlo. Eso de ganarse la vida es un concepto prácticamente obsoleto, hasta tiene su significado peyorativo para muchos. La dignidad no se come, dirán algunos cínicos.

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  2. Ganarse la vida. " Ahí está el detalle", diría el filósofo Cantinflas, apreciado José. La vida como ejercicio diario de la imaaginación, como construcción constante. Eso es lo que vamos perdiendo mientras " Todo lo sólido se desvanece en aire", según la certera frase de Marx.
    Para refutar a los cínicos podriamos remitirnos a la contundente respuesta del coronel ante la insistencia de su mujer al final de El coronel no tiene quien le escriba:
    - y mientras tanto qué comemos?
    - Mierda.

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  3. A veces el afán por huir del desencanto no nos permite tener una buena lectura del entorno. Lo digo por los de mi generación y las más recientes, maestro. Es claro que el trabajo como concepto o categoría o descripción ha cambiado, y que ello refleja otras inquietudes entre los jóvenes alrededor de temas como el salario, la educación, la pensión, las líneas jerárquicas, el éxito, la familia, la economía. Sin embargo, esas perspectivas recientes no pueden resumirse en recetas para evadir el fracaso. El miedo y los errores son parte de la vida, y sólo los encontramos cuando somos conscientes de que este presente no está desligado de presentes pasados. También debemos reconocer que somos complejos, y que la tentación del vértigo es una especie escape de la toma de decisiones reflexionadas.

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  4. Por ahí va la cosa, apreciado Eskimal: no se trata de negar el ineludible- y enriquecedor - cambio de los tiempos, sino de reflexionar la manera de asumirlos.
    Si nos sumergimos en el vértigo renunciamos al conocimiento que otorga la experiencia. Y esta no consiste en otra cosa que en recoger, en su debido momento, los frutos del tiempo.

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