jueves, 4 de mayo de 2017

Pedro el Grande





El santo de  esta historia cayó a la tierra en medio de una nube de peces que salían de una nave envuelta en llamas. De ese modo se entronizó  en los altares  que sus fieles devotos  labraron para él entre el sur del  Río Grande y  Buenos Aires, dando un rodeo por  la España de Franco y su legión de damas enlutadas.

A sus ochenta y tres años, tres matrimonios, siete mozas, catorce hijos y otras proezas,  don Eliécer  Suárez, natural de Ebéjico, Antioquia,  para servir a usted, es  el sumo sacerdote de la cofradía en Pereira. Y acaso el último, porque de lejos es el más vital de los feligreses que se han congregado en su casa del barrio Alfonso López  el 15 de abril  de 2017, Sábado Santo en la liturgia católica.

Los objetos de culto están  desplegados sobre una mesa de madera antigua ubicada en el  patio de la casa: películas en blanco y negro, recortes de prensa,  varias botellas de  vino y muchos discos en  vinilo que traen desde el otro mundo la voz del motivo de sus desvelos.



Uno a   uno, y por distintos  caminos, han llegado Oralia, de ochenta años;  Bertina, de ochenta y dos; Obed, de setenta y ocho; Gabriel, de  setenta y cinco; Carlina, de ochenta y  tres;  Jacinto, de ochenta y cinco; Doralba, de ochenta y Chucho, de ochenta y siete.

Como  vienen haciéndolo desde  que se pensionaron, los peregrinos llegan a la casa de Eliécer a las  dos de la tarde y luego de hacerle una reverencia al anfitrión, ocupan la misma silla de siempre. Solo les falta santiguarse para que el rito alcance la cima de la religiosidad.

Todos tienen razones de sobra para acudir  a la cita:  un 15  de abril de 1957,  Pedro Infante, el puro macho, el novio de América, el ídolo  de los pobres, el que nunca  cambió las tortillas por pan ni el tequila por whisky, volaba a bordo de un vetusto bombardero de la  Segunda Guerra Mundial convertido en carguero de pescado.

Se acercaban a su destino en Mérida luego de una travesía sin contratiempos.

Y entonces  el aparato  se vino al suelo. Con el cantante murieron también el piloto, el mecánico y una muchacha que estaba  tendiendo la ropa en el  patio de su casa.



Caer a tierra en medio de una multitud de peces: como si le faltara algún detalle al  mito que empezaba a nacer.
  
Don Eliécer, con una voz que intenta abrirse paso entre el  estropicio dejado por setenta años de  tabaco y  aguardiente, da inicio a la homilía:

Todos los aquí presentes nos enamoramos, nos casamos, nos descasamos,  engendramos hijos, rompimos corazones, nos rompieron el propio, enterramos a los padres, a las esposas, a los esposos y a los amigos al ritmo de las canciones de Pedro Infante. Muchas  personas nos preguntan por qué mantener esta tontería durante tantos años. Yo callo, porque creo que no entienden: basta con ver  películas como Dos tipos de cuidado, Nosotros los pobres, Ustedes los ricos o escuchar con atención las canciones para darse cuenta de que Pedro  era distinto a otros grandes de  la  época y posteriores a él: ni Jorge Negrete, ni José Alfredo Jiménez ni Javier  Solís supieron ser fieles al pueblo, al barrio, al amigo de la esquina. No sé, a medida que se vuelve famosa la gente toma distancia: cambian, aunque hacen lo posible para que no se les note, pero este hombre era otra cosa. Por eso estamos aquí.

Y yo, que nací  tres años después de la muerte de Pedro el  Grande, estoy aquí por otras razones:

Mientras lavaba la ropa de sus diecisiete hijos, Mi abuela  Ana María cantaba en un murmullo: Allá en el rancho grande/ allá  donde viviaaaaaaa/ vivía una rancherita/ que alegre me decía /que alegre me decía.

Por su lado, cuando  plantaba el maíz  y el fríjol en su finca de El tigre, el  abuelo Martiniano hacía vibrar el aire con su mejor voz de arriar mulas: Siento que no soy el de  antes/ y a veces mi vida desprecio yo mismo/ siento que estoy en las nubes/ y a pesar  de todo recuerdo el abismo.

Y si no bastaba con  eso, mi mamá Amelia enhebraba la aguja y le daba pedal a su máquina  Singer al tiempo que cantaba- a veces entre sollozos- : Yo quiero ser/un solo ser/y estar contigo/te quiero ver en el querer/ para soñar.



Con esos tres recuerdos pagué la entrada a la casa de don Eliécer Suárez  el sábado 15  de abril de 2017, y de paso recuperé   esos momentos quizá esenciales de mi infancia.

El demiurgo y razón de ser de la ceremonia era  ese mexicano adoptado por toda Hispanoamérica, nacido en Mazatlán, Sinaloa, el 18 de noviembre  de 1917  y caído- ya que no muerto-  en tierra de Mérida en medio de una lluvia de peces el 15 de abril de  1957.

Así son las historias de algunos santos paganos: caen  a tierra en lugar de subir al cielo. Por eso echan raíces y tardan más en sumirse en el olvido.

PDT : les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada








3 comentarios:

  1. Les comparto este aporte de un amigo que prefiere ser anónimo:
    " Medellín, jueves 4 de mayo 2017
    Dear Martiniano
    Ahora recuerdo. Ese 15 de abril fue como un sábado santo, las emisoras entraron en duelo y sólo se escuchaban canciones de Pedro Infante y detalles de aquel "nefasto accidente".
    Casi un mes después, cayó Rojas Pinilla. No recuerdo cual de los dos sucesos fue más sentido. Creo que el primero.
    En fin, no creo que alcance para pagar mi entrada, pero, también me tocó.
    Salud y alegría"

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  2. Emotivo homenaje al, bien dicho, Pedro el Grande. Ah, la cantidad de veces que habré visto de niño sus peliculas, junto a las de Cantinflas. Por eso ya no las he vuelto a revisionar para no estropear tan entrañables recuerdos. Como no soy afecto a las rancheras, sin embargo me quedo con que su voz sonaba natural y genuina , muy distinto a la legión de imitadores que llegaron despues. El destino aciago se ceba, definitivamente, con los grandes (no sabia que habia perecido en accidente aereo), sumándose a Gardel, Ritchie Valens y la prodigiosa banda Lynyrd Skynyrd, entre otros infortunados casos.

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  3. Caen del cielo, apreciado José. Digo,esa clase de santos. su destino es terrestre, aunque se valgan de medios aéreos para alcanzarlo.
    Ah... y una sana medida eso no ceder a las tentaciones de la nostalgia, esa suerte de enfermedad del espíritu que siempre conduce al desencanto.

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