jueves, 14 de junio de 2018

El gol olímpico que extravié en mi infancia





 Antes de la historia

En asuntos de fútbol los de mi generación vivimos durante cuatro décadas de un recuerdo prestado: el del empate a cuatro goles contra la Unión Soviética de Lev Yashin. “Triunfó la libertad sobre la esclavitud del comunismo”, tituló un periódico conservador de la época, chapoteando entre la ingenuidad y la paranoia.

Empezando por ahí, por la geopolítica, los jóvenes del siglo XXI se preguntan qué carajos era eso de la Unión Soviética, aunque del comunismo se enteran cuando los mayores quieren meter miedo en alguna campaña política. Qué viene el comunismo, dicen para justificar sus decisiones electorales.

Fue el domingo 3 de junio de 1962 en el estadio  Carlos Dittborn de Arica, Chile. Colombia y la Unión Soviética  disputaban el segundo partido de la fase de grupos.

Colombia perdía 4 a 1 y el mundo era triste como las noticias que llegaban de más allá de la cortina de hierro.

Hasta que un costeño llamado Marcos Coll inició el relajo: le marcó un gol olímpico- el único en la historia de los mundiales- a  “La araña negra”, el inefable  Lev Yashin.

                                            Lev Yashin

De ahí en adelante el espíritu del juego se adueñó de los colombianos, dirigidos por el gran Adolfo Pedernera y acabaron logrando lo imposible: un empate frente a los soviéticos.

Al finalizar el juego se desató la primera oleada de histeria colectiva en los registros del fútbol nacional.

Quienes lo vivieron dicen que fue algo comparable a lo provocado  por el  uno a uno frente a Alemania en el Mundial de Italia o el cinco a cero ante los argentinos en las eliminatorias  hacia el Mundial de Estados Unidos.

                                                          Marcos Coll  


Rosendo Marín, un jubilado que no se resigna a  colgar los botines, se sabe de memoria la alineación de ese equipo de fábula. Cada vez que necesita reconciliarse con el mundo la recita entre murmullos: “'El Caimán' Sánchez, Marcos Coll, ‘Charol’ González, Rada, Klinger, Serrano, Alzate, López, Aceros, Echeverri, Jaime González”.

Para él siembre fue como si un pequeño  escuadrón de once combatientes venciera al Ejército Rojo en pleno.

Adolfo Pedernera, el gran timonel, era uno  de los muchos argentinos que llegaron a Colombia  con el fin  de ponerle pausa a la creatividad desbordada de nuestros  talentos silvestres.

A su manera, nos enseñaron a jugar. Dicen que después del célebre cinco a cero, algunos de los argentinos que vinieron al país en los años cincuenta, sesenta y setenta exclamaron al unísono como una manera de conjurar la humillación. “¡Y pensar que nosotros les enseñamos eso!”

De ese tamaño es la épica del fútbol.

Tiempos de oscuridad

De modo que  entre 1962 y 1990 el mundo fue triste como una eterna   tarde de domingo sin “Ruido de pelota”, para utilizar una expresión feliz del cronista uruguayo Diego Lucero.

“Marcos Coll, el que le marcó el gol olímpico a  La araña negra”.  Crecí oyendo repetir esa frase como si se tratara de un  mantra.

De niño  pateé   cientos de veces el balón desde la esquina, con la ilusión de que se  metiera en la portería rival  sin ser tocado por nadie más.

Creo que alguna parte de mí sigue esperando que el milagro se cumpla.

De hecho, creo  que es mi última oportunidad de ser feliz en este mundo.

Luego empecé a ir a los estadios y a descubrir prodigios:

El Atlético Nacional de Navarro, Santa, Osorio, Moncada y- sobre todo- un  argentino portentoso llamado Jorge  Hugo Fernández. Me disculpan el lugar común, pero ese hombre tenía la cancha  en la cabeza: poseía el don de  intuir hacia donde iban a moverse sus compañeros y sin pensárselo dos veces les dejaba el balón  en el lugar preciso para marcar el gol.

                                                        Jorge Hugo Fernández


Goleadores como Javier Tamayo y Hugo Horacio  Lóndero pueden dar fe de eso.

Y estaba el Deportivo Pereira de los paraguayos: Eliseo Gaona, Mario Rivarola, Aurelio Valbuena, Apolinar Paniagua  y Julio Gómez, que nació en la frontera  con  Argentina pero jugaba como el más brioso de los guaraníes.

Y cómo olvidar  ese  Millonarios de Willington Ortiz, Alejandro Brand y Jaime Morón, un trío que hizo sufrir hasta  al imbatible Independiente de Avellaneda en su época dorada.

                                                 Willington Ortiz


Pero seguían siendo goces domésticos.

Hasta que llegó Francisco Maturana, discípulo aventajado de Oswaldo Zubeldía, el primero que les dio la oportunidad a los futbolistas jóvenes en Colombia.

Fue Maturana quien con el título de la Copa  Libertadores de 1989 para Nacional abrió las puertas para la fiesta que vendría. El gol de Rincón frente a Alemania; la clasificación a Estados Unidos, aunque después viniera el desastre conocido. Sumo y sigo : El mundial de Francia y la Copa América de 2001.

                                            Francisco Maturana

Y otra vez se hizo la oscuridad: dieciséis años y  tres mundiales de abstinencia.

Los designios del corazón

Fue otro argentino – ¿De dónde más iba a llegar?-  el encargado de devolvernos la esperanza.

Don José Pékerman había jugado en el Deportivo Independiente Medellín  a mediados de los setenta.  Durante su estancia engendró una hija colombiana. Y bien sabemos cómo funcionan las cosas cuando están mediadas por el corazón.

Claro, encontró la más brillante camada desde los días de Pedernera y sus alegres pillastres. Ospina, un gigante bajito en la portería. Yepes, exquisito  como sus predecesores: Chonto Gaviria, Miguel y Andrés  Escobar.

Cuadrado, un juguetón  anarquista y por lo tanto indescifrable.

                                          Juan Guillermo Cuadrado

Y el gran James Rodríguez, forjado en el fútbol argentino y por eso mismo a prueba de complejos de inferioridad.

Ese gol frente a  Uruguay en Brasil 2014 es una de las escasas formas de la dicha terrenal.



Por eso  espero con ansias  que ruede el balón en Rusia.

Por  los treinta días que vienen no me importa que el crimen organizado se haya apoderado de lo  que un día fue el jogo bonito.

Ignoro el hecho de que cada vez haya más mercenarios y menos jugadores.

Me preocupa, sí, que el tal VAR y los demás artificios de la tecnolatría amenacen con  despojar al fútbol de su magia, es decir, de su relación con el azar.

Puedo pasar por encima de esos albures si en una de esas  me doy de narices  con el gol olímpico que extravié en mi infancia.


PDT  les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada.




6 comentarios:

  1. El titulo de su entrada me hace recordar una frase sugerente de Javier Marías cuando decía que el fútbol era el retorno semanal a la infancia. Y después de leer su magnífico repaso de las peripecias colombianas con el balón, llego a la conclusión de que el escritor tenía razón, referida a esa felicidad 'infantil' que experimenta todo un país con algunas hazañas futboleras. Nosotros así lo sentimos el 94 con nuestra clasificación y esa euforia todavía dura pero plasmada en nostalgia.
    Ps:ja, parece que la fiebre mundialista le ha pegado fuerte, pues el exquisito golazo de James lo vivimos en Brasil 2014.

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  2. Apreciado José : El poeta Joan Manuel Serrat dijo alguna vez que los niños son apenas un pretexto para llevarnos al circo a nosotros mismos.
    La misma premisa vale para otras instancias decisivas de la vida, incluido el fútbol.

    Ps : y sí, mi fiebre ya alcanza los cuarenta grados. Mil gracias por la corrección.

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  3. Esta entrada se lee como la letra de una canción, de nostalgia, de esperanza. Y te remontas a una época en que los jóvenes aprendían a recitar la formación titular de su equipo como si fueran poemas. Los jóvenes de ahora también se la saben, pero no suena igual, no tiene música ni ritmo ni métrica. Son datos, simples datos.

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    1. Desde luego, mi querido don Lalo : la alineación del equipo amado es, de hecho un poema. Y cuantas más veces fracasa, más bello suena. Es una épica de la derrota que jamás conocerán los vencedores consuetudinarios.

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  4. El incipiente Mundial de Fútbol de Rusia, le disputa a los mayores taumaturgos de todos los tiempos proezas como la METAMORFOSIS del cronista Gustavo Colorado: de escéptico, pesimista -Benedetti advirtió que «Un pesimista es un optimista con experiencia»- y atormentado como su maestro Sàbato, deviene un ser capaz de la dicha que corre envuelta en la redondez del balón.
    Admirable la capacidad de Colorado de sintetizar en unos pocos párrafos la historia de pasión y dolor del fútbol colombiano en los mundiaales;la primera por la participación de la Selección Nacional en dichos torneos,el segundo por las ausencias prolongadas por los altibajos en los resultados y el individualismo rasgo predominante de la identidad cultural colombiana (por más que se resalte la «diversidad cultural»).
    Gracias, ante todo,
    por dar un lugar a las inolvidables figuras del Millonarios de los años 70, que siguen nítidas en la memoria sonora con la voz de Armando Moncada cantando los goles del viejo Willi,Brand y Morón.
    Solo el fútbol logra el prodigio de igualar a los hombres y a las feministas, sin discursos.

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    1. Tu lo has dicho, viejo Edison : solo el fútbol es capaz de prodigar esa clase de milagros.
      Amén

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