jueves, 9 de abril de 2020

El fin de un mundo




Después  de la caída del Muro de Berlín, el teórico norteamericano Francis  Fukuyama  sentenció El  fin de la  Historia y postuló al capitalismo  no sólo como el mejor sino como el único de los mundos posibles.

Se refería, claro, al capitalismo en su más pura versión norteamericana y la de sus  aliados. Es decir, la basada en los principios liberales que en el plano económico lo dejan todo en manos de unas hipotéticas “ Leyes del mercado”.

Porque existían- y aún sobreviven-  otras versiones : las de las social democracias que  conciben la acumulación de capital no como un fin en si mismo sino como un medio para  elevar el nivel de vida de la sociedad en su conjunto.

Lo que sus detractores bautizaron  con el sobrenombre de Estado Bienestar.

Los promotores de la socialdemocracia insisten en que se puede y se debe conciliar la indudable capacidad del capitalismo para producir bienes materiales con el espíritu socialista de la distribución de la riqueza.

En realidad, Fukuyama no planteaba nada nuevo. Mas bien resumía en un libro  las claves  del espíritu de una época, traducido en los planos político y económico en dos gobiernos que supusieron un punto de quiebre en el orden surgido después de  dos guerras mundiales.

Hablamos de las administraciones  de Margaret Thatcher en Inglaterra y de Ronald Reagan en  los Estados Unidos de América. La primera transcurrió entre 1979 y 1990 y la segunda  tuvo lugar  de  1981 a 1989.

Es decir, que sus ejecuciones se adelantaron de forma paralela y casi siempre  concertada. Por esos días se hablaba de un teléfono  abierto entre Londres y  Washington que acabó por determinar el destino del planeta entero.

Porque muy pronto, encandilados por las estadísticas y una muy bien orquestada campaña de propaganda, el resto de países grandes, medianos y pequeños se consagraron  a copiar a pie juntillas un modelo que bien podemos definir como el catecismo neoliberal : el decálogo para construir un mundo feliz basado en el consumo y el derroche.



El primero en desaparecer de la escena fue el concepto de justicia, tan valorado desde    los orígenes del cristianismo. La siguiente víctima fue  el prójimo. En el mercado no hay personas. Solo productores y consumidores.

El código  ético  basado en el reconocimiento  del valor de las personas fue arrojado al tiesto de la basura.

En términos de política real, los gobiernos de Tatcher, Reagan y sus áulicos en  todas partes se consagraron con ahínco a  tres tareas  fundamentales : la privatización de las empresas estatales, de la educación y de los sistemas de seguridad social.

Dicho de otra manera: al desmonte del Estado mismo como gestionador  de los intereses de la sociedad.  Quedaba así abierta la puerta para un fenómeno anunciado por muchos pensadores  varias décadas atrás: el control del planeta entero por parte de las grandes corporaciones y por el capital financiero- distinto del productivo- que acabaron por hacer de los gobiernos nacionales meros  amanuenses suyos.

Domesticados por el lenguaje de la corrección  política, intelectuales, políticos y académicos empezaron  a hablar de  globalización. En realidad se trataba del viejo imperialismo puro y duro, disfrazado con la sofisticación  de las tecnologías.

El capitalismo se volvió así, viral. El centro comercial devino templo. Principio y fin del espíritu de una época. Por eso los centros  comerciales son los mismos- idénticas mercancías, idénticos consumidores encandilados- en todas las ciudades del mundo, de  San Francisco a  Shangai  y de San Petersburgo a  Buenos Aires.

No es casual que por estos días de pandemia y cuarentenas  todos luzcan igual de vacíos: si los paraísos artificiales son planetarios los infiernos reales lo son en grado sumo.



De paso, la dupla Reagan- Thatcher revalidó una vieja discusión protagonizada por dos de los más brillantes  economistas del siglo veinte, ubicados en dos frentes que al final se revelaron irreconciliables:  John  Maynard Keynes, británico y Friedrich Hayek, austriaco.  El primero defendió hasta el final  la necesidad del Estado como agente  dinamizador del desarrollo económico y social. Prestos a poner etiquetas, algunos lo definieron como un conservador.

Del otro lado,  Hayek se hizo vocero de las facetas más radicales del liberalismo: aquellas que consideran cualquier intervención exterior como  una amenaza para el  potencial del individuo. En esa cosmovisión,  impulsado  por sus intereses, el individuo produce riquezas que irradian hacia el resto de la sociedad.



Por  eso no se necesita de la justicia: las fuerzas del mercado  acaban siempre por equilibrar las cargas. Pura cinética ciega.

Pero…¿ Realmente ha sido así?

A  esta altura del camino, cuando a raíz  de la pandemia del Coronavirus, muchos hablan de  apocalipsis mientras la cuesta se hace  cada vez más empinada, vale la pena detenerse al menos en un par de de cosas.

La primera : en su acepción más honda, apocalipsis no quiere decir destrucción o aniquilación.

En realidad, la palabra alude a la renovación necesaria para que los ciclos de la vida vuelvan a  empezar. La vieja rueda de la vida y la muerte en su girar incesante.

Si traducimos esa evidencia  cósmica a términos  terrenales  y, por lo tanto, políticos podemos vislumbrar  las cosas de otra manera,  aunque por el momento la zozobra nos rodee.

Resulta que, a despecho del profesor Fukuyama, la Historia no terminó. Es más: para muchos ni siquiera ha comenzado, porque hasta ahora han vivido una  historia prestada :  las migajas que la metrópoli les permite recoger.



Para ellos, acostumbrados a plagas y  pestes sin cuento -la violencia, la corrupción y la miseria entre ellas- el fin del  Neoliberalismo- o de la Historia, si seguimos al profesor-  plantea en realidad la alternativa de  forjarse otros caminos a la  medida de su cultura, de sus recursos materiales, de  su recuperado sentido de la solidaridad.

Así las cosas, El Apocalipsis no es su final: es su comienzo.

En el  otro punto, resulta claro que la pandemia nos dejó desnudos, como al rey de la fábula.

Millones de pobres y marginales que durante décadas- acaso siglos- hicieron del rebusque en la calle su medio de supervivencia tuvieron que ser confinados.

Eso  obligó a contarlos y entonces la realidad   desagradable nos saltó a la cara : la fabulosa    riqueza acumulada por una oprobiosa minoría  a lo largo de   la era Reagan – Thatcher fue amasada, como siempre, con la miseria y la sangre  de millones.

Ahora no tenemos donde esconderlos.



Y  lo último, pero no menos importante. En medio de la emergencia, los gobiernos han  soslayado  un drama de fondo:  que en buena medida la mortandad es el resultado, no tanto de la virulencia de la peste como de la debilidad de un modelo de salud pública reducido a  su mínima expresión por las privatizaciones.

 Desde esa perspectiva, es imposible ocultar el canceroso crecimiento de la salud como un negocio de  enormes proporciones en manos de particulares. En esa lógica, quienes se lucran no tienen pacientes sino clientes.

De otra forma no se explica que el país más poderoso entre los más ricos tenga uno de los sistemas de salud más precarios del mundo.  El coronavirus ya empezó a pasarle cuenta.  Al sistema y al conjunto de la sociedad toda.

Así que lo mejor es aprender a vivir de otras maneras.  Aligerar el equipaje es una de ellas. Comprender que asistimos al fin de una era es otra.

Esa certeza nos obliga a inventar cosas aquí   y ahora. Y en  eso somos expertos todos, sin excepción. Por eso estamos  todavía en el camino.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada

2 comentarios:

  1. Necesaria reflexión en estos tiempos apocalipticos, se podría decir. Y es que la pandemia no solo ha visibilizado a millones de pobres, que en muchos casos se han visto en medio de un forzoso dilema, dadas las circunstancias: o se mueren de hambre o se mueren por el virus; sino que también ha mostrado a los más ricos y poderosos como seres muy vulnerables. Uno de los más patéticos ejemplos de esa metáfora del rey desnudo, ha ocurrido singularmente en Nueva York, la que se dice Meca del capital financiero, donde se ha oído de muchos millonarios intentando huir desesperadamente del epicentro hacia islas de veraneo u otros sitios para hallar refugio antes que descanso. He visto titulares que muestran esa desesperación, con gente ofreciendo cientos de miles de doláres a empresas o promotores particulares para los saquen o ayuden a huir de la pandemia. El sálvase quien pueda, como consigna silenciosa pareciera marcar la agenda para ellos.

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  2. Lo mismo hacían los millonarios durante las viejas pestes, apreciado José: escapar a toda prisa hacia sus villas campestres. Y allí los alcanzaba el mal, exterminando a familias enteras, con todo y su servidumbre.
    Frente a este panorama, cobran de nuevo vigencia las palabras del poeta: " Decidle a mis hermanas/ Edna y Ariadna" que yo ya no tengo donde esconderme".
    Espero que usted y los suyos se encuentren bien.

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